Con la venta de periódicos, revistas y libros en la esquina Comercio y Genaro Sanjinés, Rodolfo Vega logró convertirse en un cotizado empresario de espectáculos de los años 60, 70 y 80.
Texto: Jorge Quispe • Fotos: Ángel Illanes
En los años 70, el rostro tras la máscara del luchador mexicano Huracán Ramírez era un verdadero misterio. Nadie diría que don Rodolfo Vega Ugarte, quien atiende un modesto puesto de revistas entre las calles Comercio y Genaro Sanjinés de La Paz, fue uno de los pocos conocedores del secreto.
El famoso enmascarado azul, cuyo verdadero nombre era Daniel García, falleció el año pasado en su país, pero continúa vivo en el recuerdo de Vega Ugarte, de 75 años, con quien almorzó infinidad de veces en su casa de Villa Victoria, cuando el comerciante paceño era un próspero empresario de la lucha libre. Del pequeño imperio que se gestó desde un puesto callejero, hoy sólo quedan memorias y un puñado de fotografías. “Huracán Ramírez era como mi hermano”, recuerda la voz cansada.
Los nombres de las revistas y periódicos no sólo invitan a recordar el pasado. Para él fueron —y aún son— su medio de subsistencia desde que tenía cinco años, cuando llegó desde su natal Oruro junto a su madre Cornelia.
“Vendía periódicos con abarcas en la plaza Murillo con mi mamá. Así empecé”. Un par de lágrimas resbalan por sus arrugas.
No todos sus recuerdos son tristes. Así testimonian fotos con los ex alcaldes Armando Escóbar Uría y Raúl Salmón de la Barra, y los presidentes René Barrientos Ortuño, Hugo Banzer o Jaime Paz.
¡Tribuna! ¡Última Hora!...
Rodolfo Vega Ugarte vio la luz un 17 de abril de 1932 en la ciudad de Oruro, pero a los tres años ya vivía en La Paz. Comenzó a vender desde los cinco años los periódicos El Diario, El Pueblo, Última Hora, Tribuna y la antigua La Razón.
“Don Vega” jamás se imaginó que a tres cuadras, en la puerta del Legislativo, encontraría al amor de su vida: Rosa Espinoza. Entre periódicos, revistas y libros, la familia creció hasta tener seis hijos.
En aquellos años 50, Memín, Latinoamericana y Ecran fueron las revistas más esperadas en La Paz, pero hubo otras que no se podían ofrecer fácilmente al público.
“Salió el libro de Mao Tse Tung, que lo vendíamos a escondidas. Aun así nos decomisaron, porque decían que era de los comunistas”, recuerda Rosa en su sala.
Contra viento y marea, la empresa de Rodolfo creció y en 1960, junto a otros compañeros, formó el Sindicato de Revisteros. “Sólo éramos 10 y ahora hay 35 socios”, añade y luego señala un pequeño santuario en su sala donde “El niño revistero” comparte la mesa con las Vírgenes de Guadalupe, Copacabana y el Socavón, además del Niño Doctor, El Señor de las Lagunas y San Antonio.
Pese al éxito en la venta de periódicos y revistas, había una asignatura pendiente. La lucha libre.
El ring y las cuerdas
De joven fue atleta, voleibolista, jugador de pelota frontón y boxeador, pero nada le llenó tanto como la lucha libre. Animado por la popularidad de esta práctica, “Don Vega” inició contactos con luchadores de otros departamentos y se metió de lleno en el negocio.
Desde 1965 armó las temporadas internacionales y trajo a grandes luchadores de Argentina, Perú, Estados Unidos y México.
Centenares de fotos en blanco y negro junto a otras en sepia retratan a luchadores libres de antaño en el hoy coliseo Julio Borelli. Al hablar de su pasión, parece recobrar su juventud y energía. “Huracán Ramírez era el más completo, pero tampoco puedo olvidar a Lucas Valiente, que causó toda una sensación en La Paz”.
Sus hijos traen los pasaportes que testimonian cinco viajes a México, además de Estados Unidos, Argentina, Uruguay y Perú. De sus visitas rescata una dedicatoria que le dejó el inmortal Cantinflas y una foto con el cómico Capulina.
Entre 1965 y 1988, fue el empresario de espectáculos más próspero de La Paz, porque también promocionó a estrellas de la música de la talla de Los Ángeles Negros y Los Embajadores Criollos.
Un duro golpe llegó luego. En 1988 se animó a contratar a cuatro luchadoras mexicanas, pero la clausura de radio Metropolitana, con una audiencia más popular, causó el fracaso del espectáculo por falta de la debida promoción.
“Perdimos como 20 mil dólares. Fue un desastre, pero logramos pagar la deuda, mas nunca volvimos al negocio”, recuerda.
Pasó el tiempo. Su hijo Juan, de 31 años, murió el 2006 y terminó de derrumbar el mundo de Vega. Eso sí, nunca dejó de vender sus revistas... y sigue haciéndolo. Vega quisiera parecerse a “Kalimán, el hombre increíble”, el personaje de la revista más popular de los 70, pero el tiempo no perdona, menos los problemas cardiacos y la poliglobulia. Este año le dijeron que debía operarse. No quiso y tuvieron que sedarlo para intervenirle.
Camina con dificultad, pero anuncia con energía que pronto hará un contacto con México para traer luchadores. Luego, con un dejo de resignación, agrega: “Estoy cansado, me estoy retirando”.