Un poquito de historia. Durante la Guerra Federal, una facción con heridos del Ejército Constitucional se refugia en Ayo Ayo. Los heridos fueron dejados en el templo. Todo estaba tranquilo. De repente aparecieron los originarios federalistas de Zárate Wilca. Estimulados por el consuetudinario odio en el corazón, la coca y el alcohol, convirtiendo al pueblo en una hoguera. Un alfonsista que se había refugiado en el templo fue arrastrado hasta la plaza. Allí lo tendieron sobre las piedras, como un antiguo sacrificio humano. Le cortaron la lengua y las orejas, le arrancaron los ojos y le golpearon hasta la muerte. Luego volvieron al templo. El cura Fernández de Córdoba salió al atrio con un crucifijo en alto. Los aimaras alzaron al cura hasta la plaza, le cortaron el pecho, le arrancaron el corazón y se lo comieron. Los curas José Rodríguez y José Gomes fueron también asesinados.
Durante la misma guerra, los federalistas envían al escuadrón Pando en una expedición a Cochabamba. Al pasar por la población de Mohosa, se produjo una pelea con el Corregidor del lugar y la autoridad es azotada en la plaza pública. Al día siguiente fueron invitados los soldados a comer con los indígenas. Se les pidió dejar sus armas como señal de paz y confraternización. Ya en la noche, en el templo de la localidad, 120 hombres desarmados fueron brutalmente asesinados. Es necesario destacar que los originarios masacraron en Ayo Ayo a sus enemigos y en Mohosa a sus amigos.
La masacre de Terebinto fue uno de los vejámenes que se cometieron contra el pueblo cruceño durante las luchas del 11%. Fue realizada por tropas de milicianos mineros y “originarios” de Ucureña, con la protección de nuestro “glorioso” Ejército nacional.
Después de entrar con ráfagas de ametralladora a la ciudad, toman por asalto la propiedad montenegrina. Fueron allí anoticiados de la presencia de presuntos revolucionarios, en una propiedad cerca de Terebinto. Días después lanzan contra ellos una horda 150 originarios, al mando de Jorge Solís, con las instrucciones de “no traer prisioneros”. Durante el trayecto fueron exacerbando su tradicional odio, bebiendo alcohol y mascando coca. Asesinaron salvajemente, les vaciaron las vísceras a machetazos hasta la muerte. El destino les tenía preparada una muerte digna de los originarios. Al pasar por la Posa de la Liras les rayaron con machetes la planta de los pies, les arrancaron los ojos, les cortaron la lengua y los ultimaron.
Estas tres espeluznantes masacres republicanas, conjuntamente con los execrables genocidios y etnocidios precolombinos de los originarios, muestran que no hay inmaculados en esta viña del Señor.
Así como los originarios tienen cosas que perdonarle a la historia, la historia también tiene cosas que perdonarle a los originarios. La paz de este país, sólo será posible con el perdón. El camino de Mandela es mucho mejor que el camino de Mugabe. Caso contrario, la destrucción es la hipótesis con mayor probabilidades de ocurrir.
*Jimmy Ortiz S. escribe desde Santa Cruz.
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