Existen circunstancias en que los hombres —y las mujeres— deben ocupar su lugar con firmeza y no cederlo a nadie, tanto peor si representan, por el voto popular, a una nación. Aquellos que ceden su investidura, que se dejan dominar por extranjeros, ya sea a cambio de dádivas o por simples complejos, tarde o temprano tienen que pagar los favores, que, a veces, son muy caros.
De ahí que la actitud del presidente colombiano Álvaro Uribe ha sido acertada al negarse a que Hugo Chávez aparezca de intermediario —más todavía de salvador— en un presunto intercambio de ciudadanos secuestrados por las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que lidera, desde hace décadas, el homicida Manuel Marulanda, Tiro Fijo.
Las autoridades colombianas acaban de exhumar, con mucho dolor, a once parlamentarios que habían sido asesinados a tiros, de manera salvaje, por las FARC. Y Marulanda tiene en su poder a muchos otros secuestrados, con los que desea extorsionar al presidente Uribe amenazando con darles muerte. De que puede asesinarlos, no cabe la menor duda. Ya lo ha hecho. Pero de ahí a que Uribe acepte la mediación de Chávez en Caguán, pleno territorio colombiano, la situación es distinta. Ya se sabe que Chávez busca popularidad a cualquier costo y es por eso mismo, por ególatra, que le ha hecho un llamado a través de la televisión a su colega colombiano, para que le permita reunirse con las FARC y liberar a una indeterminada cantidad de rehenes. La respuesta de Uribe, la de un gobernante con pantalones y responsabilidad, ha sido: no.
Si fuera cierto que el presidente Uribe le pidió ayuda a Chávez en esta materia, sería para una operación reservada, de colaboración, pero no para que el parlanchín venezolano haga una solicitud formal “ante el mundo” para reunirse con Tiro Fijo. ¿En qué queda entonces Uribe ante su pueblo? ¿En qué situación queda si, según AFP, hasta el presidente Evo Morales estaba “dispuesto” a participar en la mediación? Esto parece chiste y es dramático: no hay derecho de que Chávez quiera arrastrar a Evo Morales hasta en estas aventuras tan atrevidas y fuera de lugar. No existe una razón válida para que Morales tenga que reunirse con Marulanda en Colombia prendido a la leva de Chávez. ¿Por qué no se reúne más bien con el presidente Lula y ve qué va a suceder con el gas? ¿O con Kichner para hablar de asuntos de utilidad para el país?
No tenemos la menor duda del dolor que sentirá Álvaro Uribe sabiendo que las FARC van a seguir matando a quienes tiene secuestrados. Sabemos que medio mundo se va a volcar contra él. Pero admiramos su coraje y su personalidad como gobernante, de poner las cosas en su sitio, y no permitir que de un drama tan grande como el que sufren los colombianos se quiera hacer un show con grandilocuencias mussolinianas.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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