Entre 1989 y 1993, el debate en torno a la concesión de las reservas de litio del Salar de Uyuni a la transnacional FMC Corporation ocupó las primeras páginas de los periódicos. Muchos políticos se rasgaron las vestiduras cuando el 15 de enero de 1993 la FMC decidió retirarse de Bolivia y optar por depósitos menores existentes en la República Argentina. Desde entonces, se ha utilizado el supuesto “fracaso del litio” como un mal ejemplo de negociación con inversionistas extranjeros en el país. Sin embargo, en un extenso artículo y entrevistas publicadas en los principales medios de prensa escrita de la época, unos días antes de que la empresa norteamericana hiciera conocer su determinación, el autor de este trabajo argumentó que las causas de la negativa de la transnacional a venir a Bolivia se relacionaban con las intricaciones del mercado del litio a nivel mundial y muy poco con las contradicciones y desaciertos del proceso de negociación con la FMC. En este contexto, la tendencia a la baja en la demanda potencial de litio para los siguientes años habría tenido que ver, principalmente, con la decisión de la General Motors en diciembre de 1992 de reconsiderar sus planes estratégicos iniciales de introducir la primera línea de vehículos eléctricos producidos en serie al mercado norteamericano para mediados de los noventa por limitaciones presupuestarias y una enorme reestructuración derivadas de la recesión económica que Estados Unidos enfrentaba en ese momento. Esto habría generado un “retraso tecnológico” que podría durar entre 20 y 30 años.
Con el reciente anuncio de la General Motors, reportado por la revista The Economist el 16 de junio del 2007, de apostar a las baterías de ion-litio para activar el próximo “Volt” de Chevrolet, un carro híbrido “enchufado” con rango máximo de activación en el modo completamente eléctrico, que será lanzado al mercado el 2010, todo indica hoy que el mundo estaría muy cerca del fin del “retraso tecnológico” identificado por este autor hace más de 14 años.
Asimismo, de acuerdo con las predicciones realizadas a principios de 1993, se tiene evidencia de que entre 1990 y 2006 la producción de litio creció moderadamente. Sin embargo, en opinión del prestigioso Centro de Investigación Internacional Meridian de Francia, esto podría revertirse definitivamente; la industria automotriz global estaría a punto de emprender el mayor desafío de su historia: la transición hacia la propulsión eléctrica. Dos exigencias del mundo habrían influido en esta decisión: (1) que la demanda de petróleo debe reducirse en forma significativa en los próximos 10 años, en función de la disminución de la oferta; y (2) que se deben reducir las emisiones de CO2 para evitar el calentamiento global. En los últimos años, la tecnología de las baterías ion-litio ha aparecido como una gran alternativa frente al resto de las baterías avanzadas que han estado en el mercado por lo menos durante las dos últimas décadas. Al presente, dicha tecnología constituye la única opción para la activación viable de carros eléctricos en los Estados Unidos. Adicionalmente, la investigación desarrollada en el resto del mundo está concentrada casi completamente en ion-litio. Una ventaja del litio sobre el petróleo y otras fuentes de energía es, por supuesto, que este metal es reciclable. Como se sabe, los vehículos eléctricos han dejado de ser un cuento de ciencia ficción y han empezado a circular en las carreteras de Estados Unidos y Europa cautivando la imaginación y los gustos de la gente. En las actuales condiciones de la oferta disponible, el aumento de la demanda de litio en el mundo podría producir un alza significativa en el precio del material estratégico, haciendo factible la explotación las reservas del Salar de Uyuni. Al precio del litio correspondiente a 1998, último dato disponible en el Servicio Geológico de los Estados Unidos (es decir, $us 95,44 el kilo de contenido metálico), los 5,4 millones de reservas métricas finas existentes en el “mar de sal” más alto del planeta equivaldrían a la elevada suma de $us 515.000 millones. Por último, según la citada fuente de información, todo lo anterior convertiría a Bolivia en la nueva Arabia Saudí del mundo, que podría jugar un rol protagónico en la correlación de poder de la Tierra, con inconmensurables implicaciones geopolíticas para el país y la región.
*Juan Carlos Zuleta C. es economista.
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