El título de este artículo es una locución verbal coloquial que se aplica cuando alguien manifiesta “necia y vanamente ira o enojo contra persona o cosa a la que no se puede causar daño alguno”. Se aplica, además, a las provocaciones de quienes saben que la violencia verbal será ignorada, despreciada…
Para muchos resulta incomprensible que los insultos, las acusaciones infundadas y los ataques amargos se reiteren sin límites, arriesgando a la nación a represalias. La pregunta, entonces, se repite: ¿Hasta cuándo los “gringos” van a tolerar la agresión verbal, las amenazas y las provocaciones del “bolivariano” de Caracas y de nuestros segundones, en una campaña contra un sistema de vida del que los estadounidenses están orgullosos? ¿Será que no habrá consecuencias por tantos desafíos irresponsables a un coloso que tiene el poder de ocasionar graves dificultades, sin usar la fuerza? Lo cierto es que las reacciones de Washington, afortunadamente para nosotros, por ahora son débiles y cautas ante las arengas de odio cerril.
Habrá que hacer algunos esfuerzos para intentar explicaciones sobre este fenómeno sin precedentes en las relaciones de Bolivia con un país con el que tiene relaciones diplomáticas. ¿Será que los gringos esperan que la reacción venga por inercia, como la que provocará las estúpidas exigencias para exigir visas a los turistas norteamericanos que deseen visitar Bolivia? En efecto, la inercia podrá resultar en un “tiro por la culata”, perjudicándonos a todos, en mentís a la ingenua y boba —¡hay inefable e iliterato Choquehuanca!— declaración oficial de que esta actividad no se verá dañada. Este resultado sería la mejor respuesta a un régimen desorbitado, pero nos va a afectar.
Hay otros dos elementos a considerar que, seguramente, orientan al Gobierno de los Estados Unidos en el tratamiento de los “problemas” que se originan en Venezuela y en Bolivia (Cuba ya se acerca al final de su desenfreno extremista).
El primer elemento: no hay en Sudamérica mejor socio comercial para los Estados Unidos que Venezuela. Y los venezolanos, que venden petróleo a los gringos, quieren preservar ese mercado seguro y cercano. Por el otro lado, Venezuela es el mayor comprador en Sudamérica de productos norteamericanos. Así es como mandan los negocios: la provocación resulta “de dientes para afuera”, o es la muestra de una doble moral. La sangre, mientras los beneficios económicos mutuos estén a la vista, no llegará al río.
La segunda consideración: la cháchara agresiva del Gobierno de Bolivia no es audible para el público estadounidense, ni representa peligro para su seguridad o su salud económica. Estas provocaciones inocuas no justificarían duras reacciones de Washington ya que, si éstas se producen, podrían dañar más aún su imagen prevaleciente de supuesta potencia abusiva, que usa su preponderancia política, militar y económica para forzar a todos a someterse a sus designios.
No actuar ante estos “ladridos a la Luna”, para los Estados Unidos es ignorar ataques —se reitera— sin efectos en la práctica, ni destino en lo moral. Mientras tanto, en medio de esos ladridos, continúa el vaivén de emisarios oficiales del Gobierno a Washington, sin consistencia ética en sus propuestas y declaraciones.
*Sergio P. Luis es profesional independiente.
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