Conversando con Maytee Sepúlveda reflexionamos sobre la palabra respeto, tan de moda. La escuchamos en el mercado, en los discursos, en las conferencias, en las iglesias, en todas partes. Todos hablamos de tolerancia y respeto, queremos sentirnos personas tranquilas y comprensivas, que no reaccionamos con violencia ni grosería cuando alguien piensa o actúa de manera distinta a nosotros.
Pero, en la práctica ¿cómo reaccionamos cuando alguien nos afecta a nosotros directamente? ¿Dónde quedan la tolerancia y el respeto cuando el carro de adelante no arranca inmediatamente después de que ha cambiado el semáforo? ¿O cuando aquel desesperado, porque está en una emergencia, nos corta el paso en el tráfico? O para ser más realistas, cuando nuestra hija decide salir con alguien que no nos gusta: un indio o negro, t’ara o ricachón.
El respeto exige la comprensión del otro, ponerse en sus zapatos, implica tratar de comprender su posición. No basta solamente con no agredirlo o ignorarlo, implica escucharlo con atención y sin el ánimo de cuestionar sus ideas y abiertos inclusive a aceptar la posibilidad de replantear las nuestras.
El respeto hace una diferenciación total entre la persona y lo que ésta piense o diga en un momento dado. Nos lleva a aceptar nuestras diferencias personales, recordando que cada uno de nosotros tiene derecho a ser quien es. Miremos con respeto a todas las personas que se cruzan en nuestro camino, detengámonos unos segundos para saludarlas o simplemente démosle las gracias con sentimiento.
El que cree que ya lo sabe todo está estancado. El mundo cambia continuamente y nosotros con él, y cada persona o situación que se presentan en nuestra vida son oportunidades para aprender y crecer. Nadie hace cosas por fastidiar al otro; no sabemos la situación difícil que otros pueden estar viviendo. De vez en cuando es necesario que tratemos de pensar y sentir cómo lo está haciendo la otra persona; es decir, desde su punto de vista.
Que alguien tenga un defecto, que diga o haga cosas improcedentes, no lo condena como
persona, siempre podemos recapacitar o cambiar nuestra actitud o comportamiento. Por lo tanto, no rechacemos, discriminemos o maltratemos a otros porque no hacen lo que deseamos o esperamos, tengamos más paciencia y comprensión.
Nadie es más ni menos, sólo somos diferentes en lo personal. Llegamos a este mundo con limitaciones y condiciones más o menos difíciles para superar, resolver y de las cuales aprender, en eso radica todo. Aceptemos a los demás con sus defectos y cualidades, sin juzgarlos con ligereza.
Debemos enseñar a los hijos en la tolerancia. Recordemos que es durante nuestra primera infancia cuando comenzamos a incorporar los valores esenciales. En el proceso de enseñar a nuestros hijos cómo vivir, nuestro ejemplo es determinante. Somos nosotros quienes enseñamos a nuestros hijos a través del respeto hacia ellos, de qué manera ellos te respetarán a ti y a otros. Recordemos que cómo gobernamos nuestra casa, gobernaremos la cosa pública. Un hogar basado en el respeto producirá líderes respetuosos, tolerantes, comprensivos y sin resentimientos que sólo busquen la venganza.
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