Los escritores de manuales no suelen ser reconocidos por sus lectores. Así mueren sin que sus estudiantes ni siquiera se enteren y menos la sociedad que a veces les debe mucho. Raymond Barre, autor de un conocido texto de introducción a la economía, tan popular en los países de idioma francés como Samuelson, en los de habla inglesa, falleció hace tres semanas en París, sin que ningún medio de comunicación, entre nosotros, dé cuenta de la noticia y eso que Barre fue muy familiar para muchos de nuestros profesores, banqueros y políticos.
¿Por qué este silencio con un escritor de textos universitarios? Quizá porque el público, en general, considera esos libros como obras menores, útiles en una etapa formativa de la vida en la cual se requiere de guías para el viaje, pero nada más. Luego se avanza por cuenta propia. Pocos lo hacen. Aquellos autores que con un texto encaminan el desarrollo de sus discípulos son los verdaderos maestros. Algo similar ocurre con los traductores, los profesores cuyo trabajo se rebaja, como si se limitara a reproducir las ideas de los demás, suerte de gramófonos con cornetas más pequeñas. El común de la gente pasa por alto que en las traducciones, en la enseñanza, hay un auténtico acto creativo, novedoso, que recrea, que interpreta el sentido del pensamiento ajeno, por medio del cual el conocimiento, la cultura, se difunden, se profundizan.
Hasta hace poco la tarea del traductor de una obra se consideraba como banal, en algunos libros ni siquiera se lo mencionaba o se los ponía en letra menuda en el revés de la página del título. Ahora sabemos que hay un Shakespeare
barroco, otro romántico o modernista, según el traductor. No corrieron mejor suerte los profesores, los autores de obras destinadas a la enseñanza. Con frecuencia el alumno se refiere a éstos con cierto desdén como si a través de ellos hablaran otros sabios, ajeno al esfuerzo de apropiación, de presentación, manifiesto incluso en los casos en que aquéllos intentan seguir un modelo con fidelidad. El énfasis o los matices son de ellos, por decir poco y mucho. No en vano un aforismo italiano pregona: traduttore traditore. Hoy esas tareas comienzan a recibir el crédito que merecen. G. Steiner, uno de los pensadores actuales más importantes, se define a sí mismo no como un maestro de pensamiento a la francesa sino como un profesor de lectura, obviamente de los grandes filósofos, escritores de la humanidad. Modesta declaración.
Cómo no sentir pena cuando la muerte de R. Barre no recibió ni una nota al margen en la prensa local, él que nunca fue un marginal. Pero ¿quién fue este señor? preguntarán los lectores. Un profesor de economía, autor de un manual en dos tomos, muy popular entre los estudiantes de ciencias sociales de los años 60. Se lo llamaba “el Barre” a secas.
Cuando por esos años llegó a Lovaina, la Vieja o tal vez la viuda, el primer contingente de estudiantes latinoamericanos, dentro del cual nos encontrábamos varios bolivianos, luego vinieron muchos más que después desempeñaron cargos de todo tipo en la administración pública y privada incluida la presidencia de la República, aquél era un mundo académico en ebullición, apasionante y apasionado. Las secuelas de la segunda Guerra Mundial aún se dejaban sentir, los académicos acababan de descubrir la penosa realidad del subdesarrollo e intentaban contribuir a superarlo, forjando instrumentos conceptuales, métodos de investigación, políticas. Las nuevas miradas a los hechos se mezclaban, chocaban con un viejo transfondo humanista, filosófico imponente, serio que constituía la cultura de la Universidad. Los aprendices nos afanábamos, con la ayuda de los profesores, en ordenar las novedades y nuestras prácticas siguiendo las inclinaciones propias. Algunos confiaban más en los conocimientos para cambiar a los hombres y a las instituciones, otros impacientes por obrar entregaban su confianza y voluntad a la acción directa. El tiempo mostró a unos y a otros la obstinación de las sociedades. Desde entonces la idea de progreso se resquebrajó. Si bien es cierto, para no dejarse arrastrar por un escepticismo radical, que muchas cosas han cambiado, que la democracia, la justicia, la equidad han avanzado, que la salud, la educación, el saneamiento han mejorado, tal vez no tan rápido ni con la profundidad que se hubiera querido. Ahí estamos. Por un lado, un mundo de comunicaciones extendidas, de mercados globalizados que despierta nuestros recelos, por otro los individuos, las culturas relegadas en sí mismas, sin que nadie junte los cabos.
En ese entonces leíamos al “Barre” interesados en la distribución diferente de bienes y salarios en economías abiertas y centralmente planificadas, discutiendo en las horas libres las ventajas de unos y otros, de la revolución mundial que a muchos les parecía a la vuelta de la esquina, sólo quedaba por escoger la vía.
Pero R. Barre no fue sólo un profesor, el autor de un manual de economía, fue el Primer Ministro de Francia durante la presidencia de Valéry Giscard d’Estaing entre 1976-1981, quien lo consideró como el mejor economista francés o al menos uno de los primeros. Alcalde de Lyon entre 1995 y 2001. Tuvo una infancia difícil; su padre, a raíz de una quiebra, abandonó a la familia cuando Barre no había cumplido los tres años. Nunca más se vieron. Fue un político no político; siempre estimó, gracias a su saber, hallarse por encima de los conflictos partidarios. Poco a poco quedó aislado, abandonado de sus seguidores, extrañando la cátedra universitaria que fue probablemente la vocación de su vida. El hábito de la enseñanza tal vez responda por sus declaraciones en las cuales primaba su juicio sobre los hechos antes que la búsqueda fácil de popularidad, a la que con frecuencia el político cede. No dejó pues de ser maestro jamás, aunque los medios de comunicación franceses y europeos a su muerte le dedicaron artículos conmemorativos al primer ministro, al alcalde antes que al profesor. Esta nota recuerda al autor de un manual con el cual se formaron generaciones de estudiantes donde hubo varios bolivianos.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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