Ésta es la interrogante que nos tendríamos que plantear todos los bolivianos, porque lo que está aconteciendo últimamente nos pone en pie de duda si en realidad queremos desarrollar nuestra industria minera o no.
Ya han escrito, repetitivamente, varios connotados analistas de la temática minera, sobre la gran pérdida de oportunidad en la que estamos incurriendo (una vez más), como país, al dejar pasar esta época de buenos precios en los mercados internacionales de nuestros principales productos mineros, sin aprovechar para un verdadero desarrollo del sector. Ya se han enviado variados mensajes de alerta a las autoridades afines, sobre la desinteligencia de adoptar medidas inadecuadas, al pretender introducir cambios radicales en “las reglas del juego”. Colocando a Bolivia entre los países que espantan a las inversiones, en lugar de atraerlas en un momento en que el resto del mundo, incluyendo países comunistas como China, hacen todo lo posible para atraer mayor flujo de inversión extranjera.
Cómo es posible entender que en un departamento minero como es Oruro, el señor Prefecto, en su condición de primera autoridad, declare públicamente que: “su gobierno no autorizará la actividad minera en Challapata”, bajo presión e influencia de pequeños grupos de alto poder económico, y en desmedro de la mayor parte de la población que demanda fuentes de trabajo. Cómo es posible que, so pretexto de “distribuir mejor los ingresos”, estemos pretendiendo incrementar, desmesuradamente, las bases impositivas; lo cual según muchos analistas, disminuirá, considerablemente, la inversión en nuevos proyectos. Es muy posible que a largo plazo nos quedemos sin tener qué “distribuir mejor”.
Cómo es posible que, luego de varias décadas de espera para desarrollar las reservas de hierro en El Mutún, y luego de varias licitaciones fallidas, demoradas negociaciones, y apenas otorgado un contrato a la empresa Jindal Steel & Power, nuestro Presidente pretenda entregar sin mayor antecedente, “la otra mitad del yacimiento” a los venezolanos en clara y desigual competencia a los nuevos inquilinos.
En fin, son muchas las interrogantes que nos planteamos, los que estamos cotidianamente preocupados con el estado de la industria minera en nuestro país. Sólo guardamos la esperanza de que nuestras autoridades sepan “escuchar la voz del pueblo”, y como plantea el periodista Oppenheimer en su exitoso libro Cuentos Chinos no conduzcan al país a la lista de países espanta inversiones.
*Enrique Arteaga es ingeniero geólogo.
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