Tiempos de cambio. Tiempos de oportunidades. Tiempos bienvenidos. Se habla de revolución con mucha facilidad. En el discurso oficial y oficioso, toda acción de política pública es clasificada como revolucionaria, desde el bono Juancito Pinto, bendecido por el Banco Mundial, pasando por la política antiinflacionaria neoliberal, hasta la nacionalización de los hidrocarburos. Tal vez todos tengan razón y estamos frente a una revolución fragmentada en el tiempo. Se está completando la revolución de la inclusión que debía haberse hecho en el siglo XIX o la revolución nacional que quedó inconclusa en los años 50.
Mucha simbología, ideología, propaganda; pero cuando uno se pregunta si alguna de las revoluciones le está llegando al bolsillo de la gente, la respuesta es no. Una verdadera revolución es aquella que llega a la vida de las personas, es aquella que le brinda un empleo digno, con todos los derechos laborales protegidos, además de salud y educación de calidad. Ésta es una asignatura pendiente de la economía. En Bolivia, en los últimos 100 años, ni liberales, ni estatistas, menos aún neoliberales, peor aún neo estatistas, han propiciado el cambio del chip del rentismo, que vive del maná de los recursos naturales, por el chip de la producción y la competitividad, que genera miles de empleos.
Anualmente, alrededor de 120.000 jóvenes entran al mercado laboral. De éstos, en el mejor de los casos, sólo el 40% consigue un empleo sostenible que respete todos los derechos sociales. Bolivia tiene una pirámide poblacional muy joven, quiere decir que en los próximos 10 años se incrementará la muchachada que
buscará laburo, fácilmente sobrepasará las 200.000 almas. Si el modelo económico no produce una inflexión revolucionaria en la oferta de nuevos trabajos, estaremos frente a una bomba social.
La revolución productiva aún está por hacerse en Bolivia. Debe adquirir la dimensión de la urgencia absoluta, de la prioridad nacional, de la lucha por la vida. El empleo es la mejor política social; ésta es una consigna que debería ser repetida 24 horas al día, siete días a la semana y 12 meses al año, tanto desde el gobierno como desde la sociedad civil. El empleo es paz y solidaridad. La creación del empleo productivo debe ser el centro de la revolución y tener un estatus más elevado que la nacionalización, que apenas es un medio. Deberíamos impulsar una masiva movilización por el empleo y la producción, entre todos los bolivianos. Para lograr esto se requiere de un diluvio de acciones.
De manera preliminar, como sólo permite el tamaño de esta columna, me atrevería a decir que tiene los siguientes desafíos:
1) La sociedad civil y su Estado deben impulsar el espíritu emprendedor, individual y colectivo, que ya da sus primeros pasos en nuestro país. Comunidades productivas, empresas de todo tamaño, e individuos tienen el desafío de transformar ideas innovadoras en proyectos empresariales y sociales. Para coadyuvar a ello, el Estado, local y nacional, conjuntamente el sector privado deben multiplicar las incubadoras de proyectos productivos y reinventar las formas de financiamiento. Capitales ángel, capitales semilla, microcrédito, capitales de aventura o capitales de origen estatal deben entrar en acción.
2) El desarrollo local es el espacio geográfico, por excelencia, de la revolución productiva. Cada vez son más los desafíos de la productividad y el empleo que están a nivel regional. Además, el desarrollo se debe basar en una mayor participación de la sociedad civil, tanto en la búsqueda de los objetivos como en su implementación. La producción competitiva y el crecimiento sostenible tienen más de autodescubrimiento que de imposición. Las sociedades productivas aprenden a generar riqueza, a través de sus errores y aciertos desde sus comunidades.
3) Otro desafío es la conversión del capital social en Bolivia hacia actividades productivas y competitivas. En el campo y las ciudades del país circula una enorme energía social en sindicatos, en juntas de vecinos, comités cívicos, asociaciones de productores, organizaciones comunitarias y gremiales. Es nuestro stock de capital social, que es fundamental reencaminar hacia el crecimiento y la promoción de mayor generación de riqueza. En la actualidad buena parte de este capital está volcado a defenderse de un Estado hostil y/o buscar beneficios corporativos. El capital social debe mostrar su rostro productivo.
4) La política industrial contemporánea es más de señalización hacia el sector privado y de coordinación entre pequeños y medianos empresarios, antes que acciones microeconómicas o de intervención directa en la provisión de bienes o servicios por parte del Estado. La experiencia internacional muestra que la política industrial debe buscar corregir tanto las fallas de Estado como las del mercado. Las primeras se presentan tanto por omisión del gobierno (falta de regulación, clima desfavorable para la inversión, inseguridad jurídica, debilidad en infraestructura, entre las más importantes) como por intervención equivocada (tasas de interés elevadas debido a la política fiscal expansiva financiada con crédito interno, políticas de regulación que inhiben el desarrollo del espíritu emprendedor, impuestos inadecuados). Esta política industrial debe ser local y nacional al mismo tiempo.
5) Finalmente, para encerrar estas acciones se requiere que la sociedad boliviana, su gobierno nacional y local construyan una visión productiva que nos acompañe en el largo plazo. En este caso, la nueva Constitución es una gran oportunidad para señalar el futuro, dejando el pasado rentista y creando el chip de la revolución productiva. En la Universidad Católica Boliviana nosotros estamos haciendo lo nuestro para apoyar la revolución productiva. Se ha creado la primera Escuela de la Producción y la Competitividad.
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