Dentro de las cárceles de Bolivia, algunos internos se reúnen para intercambiar experiencias o escuchar las confesiones de delitos cometidos, entre ellos de sicarios.
Raúl (nombre convencional) está privado de libertad por haber participado en el asesinato de personas; él y sus amigos cometieron los delitos luego de recibir una paga para “hacer el trabajo sin delatar a nadie”.
“La mayor cantidad de sicarios que conozco está en el oriente”, relató y continuó indicando que son los jóvenes, quienes tentados por el dinero y el regalo de un arma, aceptan eliminar o asustar a alguien.
El joven, dijo, ubica a su víctima; algunas veces, cuando el contratista lo pide, la elimina en público, pero suele hacerlo sin dejar rastro y arrojándola al río.