Tres maestros y un aprendiz vencen al tiempo y la tecnología para perpetuar la magia de los rodillos, cintas y palancas.
Texto: Liliana Carrillo V. Fotos: Miguel Carrasco
Luis Miguel Ayllón Ochoa no tiene dudas acerca de su futuro. “Voy a ser técnico en máquinas de escribir y voy a ser el mejor”, comenta sonriendo hasta con los ojos. Tiene 15 años y desde hace tres es el aprendiz oficial de los maestros del Taller Ormachea.
¿Y si este oficio desaparece con el tiempo? No se mosquea ante la impertinente pregunta. “Las máquinas de escribir siempre van a existir”, responde convencido.
“Son los mejores, no hay problema que ellos no solucionen”. Luis habla con admiración de sus maestros. Marcial Ormachea, José del Castillo y José Rubín de Celis, con 40 años de experiencia, son los sobrevivientes de una estirpe de especialistas que poseen hasta los más mínimos secretos de las maquinarias de rodillos y teclas.
El reino del teclado
La primera patente mundial de un aparato, abuelo de la máquina de escribir, data de 1714 y consigna al inglés Henry Mill, como su padre. A Bolivia, el invento llegó con el nombre de “tipógrafo” poco después de la Independencia.
“La más antigua que he conocido es esta Odell\'s type de 1830”, cuenta Marcial Ormachea y enseña un aparato de metal pequeño y pesado, más parecido a un telégrafo o a una trampa para osos que a una máquina de escribir. “Tenía otro sistema, todavía no se aplicaba el rodillo ni el teclado”, explica.
Ormachea y su colega José del Castillo aprendieron el oficio hace medio siglo, en su natal pueblo de Caracato (provincia Loayza de La Paz). “Nos enseñó don Guillermo del Castillo; mi tío era un experto. No dejó nunca las máquinas y trabajó hasta el 2005, cuando murió a los 93 años”, relata José.
La especialización llegó para esta generación en los años 60 y 70. “La Casa Grace, que era una gran importadora de máquinas —Royal, primero y Olympia, después— dio cursos”, recuerda José Rubín de Celis mientras lava con gasolina el armazón de una IBM.
Tiempo era lo que necesitaban los técnicos del taller Ormachea en los años 60 y 70, cuando apenas podían con la cantidad inmensa de trabajo. “Cada día recibíamos entre 50 y 60 máquinas sólo en el taller, sin contar que hacíamos el mantenimiento de todos los bancos, empresas estatales y mineras”. “Donde hay papeleo, hay máquinas”, complementa Del Castillo.
La interminable caída
Cuando la máquina de escribir manual (Royal, Underwood, Olympia, IBM) expandía su imperio de las empresas a los hogares; la tecnología trajo novedades. “El 85, llegaron las máquinas eléctricas y con ellas, todo un cambio. Las estudiamos, aprendimos y cuando ya éramos expertos aparecieron las computadoras”, relata Marcial Ormachea. Sin embargo, su taller continuó resistiendo firme la embestida de las pantallas luminosas y las impresoras a color.
Hubo que adaptarse a los tiempos. El taller que trabajó en la Genaro Sanjinés y luego en la calle Mercado, tuvo que comprimirse en un local de la calle Cochabamba 179, donde funciona desde hace cinco años. “Todavía hay trabajo, cada día nos llegan unas cinco o seis máquinas manuales y a todas las salvamos”, relata el dueño.
“Ahora quedan unos 60 técnicos en todo el país, no hay más y todos ya somos mayores. En los años 70 y hasta los 80, éramos más de 1.000”, evalúa José del Castillo.
Los fieles dactilógrafos
“Hay personas que tienen cariño a sus máquinas, no se acostumbran a las computadoras y siguen tecleando en sus Underwoods o sus Olympias”, comenta Rubín de Celis mientras sostiene las partes, ya limpias y flamantes, de la IBM.
“Los más asiduos son los abogados. Tenemos algunos clientes que no nos dejan hace 30 años; a ellos y a sus máquinas los conocemos bien”, añade Ormachea.
En cuatro décadas no sólo leguleyos, sino también escritores acudieron al taller. “Varios escritores venían, uno se da cuenta porque son los que más cuidan a sus maquinitas”, cuenta Del Castillo y recuerda especialmente a uno que atendió hasta los años 80: “Era un señor muy elegante, de barba, muy educado. Tenía una Underwood con una tipografía preciosa”.
El poeta paceño Jaime Sáenz (1921-1986) escribió su novela “Felipe Delgado” en una máquina Underwood que atesoraba.
Un museo vivo
En la trastienda, olor a gasolina y grasa, carcazas de colores, teclados, rodillos y herramientas. Allí reviven las máquinas. “Cada marca tiene su secreto, hay que conocerlo”, revela José Rubín de Celis mientras termina de armar la IBM, que tras un cambio de rodillo y posterior limpieza, luce flamante.
En la parte delantera del taller-tienda Ormachea hay una colección histórica. “Las máquinas de tres hileras son las antigüitas, las de cuatro ya son sesenteras”, explica don Marcial que en cuatro décadas ha logrado reunir medio centenar de piezas. “Ojo, que todas funcionan muy bien”.
Según catálogos internacionales, algunas se valúan hasta en 5.000 dólares por su antigüedad, pero el propietario no piensa venderlas. “Es más cuestión de cariño, por eso las guardo”, confiesa.
Ese cariño se puso a prueba cuando el técnico persiguió por tres calles a un ladrón y cuando todo el equipo se empeñó en salvar las reliquias. “En febrero del 2002, la granizada arrasó con el local que estaba en la calle Mercado. Nosotros subimos al segundo piso, pero las máquinas quedaron en la mazamorra”, cuenta Del Castillo. Un mes y horas de trabajo después, sólo se registró una baja.
“¿No ve? La gente quiere a sus máquinas”, repite Luis, el aprendiz, que ha escuchado las historias de sus maestros. “Yo las voy a arreglar”, augura y sigue sonriendo.
AUTORES
´La tengo desde 1974, ahora ya más de la mitad de mi vida. Nunca se ha estropeado. Todo lo que tengo que hacer es cambiar las cintas de vez en cuando, pero vivo con el temor de que llegue un día en el que no haya más cintas a la venta, y entonces tendré que usar el ordenador y entrar en el siglo XXI”, escribe testimonialmente el autor estadounidense Paul Auster en “La historia de mi máquina de escribir”, a propósito de su entrañable Olympia. Busca “convertir un objeto inanimado, una máquina de escribir, en un ser con una personalidad, con una presencia en el mundo”. No fue el único, como él, el mexicano Juan Rulfo valoró hasta el último día de su vida su máquina Remington Rand con la que redactó “Pedro Páramo”, su única novela, que cambió la literatura.