En la región cruceña de Guarayos, la comunidad de Cururú ha transformado su saber ecológico ancestral en una rentable empresa maderera que ha logrado certificación para sus bosques.
Texto: Liliana Carrillo V. Fotos: Nicolás Quinteros
Muchas preguntas surgieron en Ambrosio Yaboó la primera vez que escuchó el término “manejo sostenible de los bosques”. “¿Qué será?, ¿para qué servirá?”. 15 minutos y una explicación después, el presidente de la Central Comunal de Cururú no tuvo más dudas. “Los guarayos cuidamos los bosques y los animalitos que viven aquí. Los árboles no piden comida, no piden ropa, no se deben matar así nomás; sino se puede acabar el mundo”, dice.
Esa sabiduría ancestral floreció en Cururú, ubicada a 75 kilómetros de Ascensión de Guarayos, hasta convertir a la comunidad indígena en la pionera en obtener una certificación internacional que avala la excelencia de su producción maderera. A estas alturas y con los resultados como prueba, don Ambrosio ha respondido a todas sus primeras interrogantes con una certeza: “los guarayos sabemos de manejo sostenible”.
La comunidad
“Lo importante es que los chicos estudien. Gracias a Dios y a la Virgen nos va bien, pero necesitamos ítems de profesores”, pide el cacique Reyes Macué (52) ante una asamblea del pueblo en pleno. Mujeres, hombres y niños lo escuchan en la sede que inicialmente fue la escuela. Es la mayor construcción de la plaza; desde sus ventanas se divisa la iglesia sin paredes y, en ella, la imagen de Santa Teresita, patrona de Cururú. Alrededor, se levantan 36 casas que siguen un diseño tradicional de aleros, techo de paja y, fuera, la cocina. La población no tiene energía eléctrica ni agua potable. “Ya llegarán”, vaticina el Cacique.
Las reuniones son habituales en la comunidad que forma parte del municipio cruceño de Urubichá. En asamblea se tomaron importantes decisiones, como aceptar la capacitación y el asesoramiento del Proyecto Bolfor (Bolivia Forestal) y postular a la certificación maderera internacional. Hace 15 años fue también grupal la decisión de revivir un antigua misión.
Los dos nacimientos
Dos veces se fundó Cururú en los bosques de la región de Guarayos. La primera, con cruz de madera y sotanas franciscanas, en 1890; la segunda, el 1 de octubre de 2002, como comunidad autónoma. La misión sobrevivió pocos años, fue abandonada y terminó devorada por la selva. La comunidad indígena, en uso de sus tierras de la TCO Guarayos, se ha convertido en una empresa maderera; aunque su nacimiento obedeció a otras causas.
“Fue por los niños —explica Lorgia Nuca (54), una de las fundadoras—. Los chicos tenían que caminar kilómetros para ir a la escuela y nosotros para llevarles comida. Cuando llovía, el camino se convertía en río que había que pasar en canoa”, recuerda la madre de 10 hijos. Su caso no es una excepción, pues en promedio cada mujer tiene una decena de niños.
La situación movió a 14 familias que habitaban en la comunidad Yawarú (a 20 kilómetros de la actual Cururú) a crear un nuevo pueblo que tenga como prioridad una escuela primaria. “Hemos construido la escuela para 48 alumnos. Cuando la hemos terminado, hemos ido a Yawarú a pedir profesores; pero no nos quisieron dar. Incluso el cura nos dijo que si nosotros volvíamos a entrar al monte íbamos a hacer flechas y volvernos salvajes. Eso nos ha impulsado”, relata Reyes Macué, quien entonces fue nombrado Cacique, la autoridad espiritual, y su compañero Ambrosio Yaboó, presidente de la Central Comunal. “Mentira era. Hemos ido a la Cidop (Confederación Indígena del Oriente Chaco y Amazonia de Bolivia) y hemos sabido que teníamos derecho a crear la comunidad y tener profesor, todos somos bolivianos”.
El nombre de la comunidad no se puso en discusión: cururú significa sapo en guaraní. “Cerca de la laguna hay hartos sapitos, en la noche cantan bonito. Por eso así se llamaba este lugar siempre”, cuenta Norberta Yaboó que a sus 76 años es la mujer más longeva.
La comunidad empresa
Tierra, gente y trabajo no faltaron en los primeros años de Cururú. “Los hombres entraban al monte semanas, pero apenas ganaban porque las empresas pagaban mal”, relata Lorgia Cuña. “Nosotros ya estábamos viejos pero los chicos podían aprender, los enviamos a la escuela para que vuelvan y ellos nos enseñen”, recuerda el Cacique. Así, una primera generación de jóvenes, entre ellos Róger Macué, terminaron el bachillerato en Ascensión de Guarayos.
Entonces, llegaron a Cururú los técnicos del proyecto Bolivia Forestal (integrado por el Ministerio del Desarrollo, USAID y The Nature Conservancy (TNC), entre otras instituciones) con ofertas de capacitación y asesoramiento. Y Yaboó y sus vecinos escucharon sobre el “manejo sostenible de los bosques”. “Se corta cuatro de cinco palos en una zona explotable que es un pedazo de nuestro territorio. Los árboles que quedan son el semillero y van a germinar el bosque otra vez. Todo parte de un censo de las especies de la zona”, explica Róger Macué, responsable técnico del Plan de Manejo Forestal de Cururú. A sus 26 años es el primer profesional nacido en la comunidad y especializado en Santa Cruz, La Paz y Quito (Ecuador).
Este sistema, que cumple la Ley Forestal 1700, logró hace tres meses para Cururú la certificación internacional FSC, que exige el cuidado de los bosques, y que avala a la comunidad como proveedora de las empresas certificadas que sólo pueden comprar madera también certificada. “El dueño de todo es el pueblo. Todos somos socios que trabajamos y recibimos jornal —explica Róger Macué. Con las ganancias, después de invertir en maquinaria, la comunidad elige en qué gastar”. Y por decisión grupal, los réditos del 2006, que ascienden a 15.000 dólares, se invirtieron en tejas para las 36 viviendas. Este año, se espera que las ganancias se dupliquen gracias a la certificación y a la venta de maderas blandas (Serebó, Hoja de Yuca, Suijo, Bibose y Cedro) a la empresa CIMAL.
Brújula y motosierra
Antes de entrar al monte —armado con su flamante motosierra, botas casco, protectores de ojos y oídos— Demesio Macué (27) reza: “Dios y la virgen nos han dado los árboles y ellos están vivos, sienten, por eso sólo cortamos los que hace falta”, relata el motosierrista capacitado hace dos años por Bolfor.
Antes, trabajaba en abarcas y sin protección alguna. “Como crecemos en el monte, sabemos qué palo y de qué lado cortar. Hay que mirar la copa, uno sabe cuándo vive en el monte”, afirma mientras sostiene su máquina de dos kilos. “¿Mía? No, es una de las cuatro motosierras de la comunidad”.
Juan Urandura (32), con brújula y GPS en mano, es uno de los encargados del censo forestal. Como él otros 20 comunarios, hombres y mujeres, ganan su jornal levantando registros de las especies existentes en los bosques de Cururú. “Ahora no falta el trabajo”, relata.
Martha Yaboó (28) es la representante de las mujeres en la Central Comunal. “Nos pagan igual que los hombres. Nosotras no cortamos (árboles), pero sí vamos al campamento como cocineras”, explica. “Se hacen turnos, cosa de que todos puedan hacer su jornal”, complementa Róger Macué.
La tierra fértil
Las 14 familias que hace 15 años fundaron Cururú se han convertido en 36 que tienen una escuela con cuatro profesores, una posta médica y una empresa rentable. “En esta tierra todo nace facilito, especialmente los niños”, dice entre risas el cacique Reyes Macué y aún se anima a soñar: “Esto era sólo monte y ahora ya se ve la comunidad. De aquí a dos años la plaza va a estar bien hechita, al igual que la capilla, la posta va a ser un hospital, va a haber un buen camino. Dios y el bosque lo van a querer”.
HISTORIAS
Norberta Yaboó. Nació en la comunidad de Yawarú hace 76 años. Se casó a los 15 años y a los 20 ya era viuda y debía educar sola a cuatro hijos. “He cosechado el chaco, cortado madera, todo he hecho”, recuerda la abuela que no dudó cuando tuvo que abrir el monte con machete para refundar Cururú. “Aquí voy a morir”, dice. Está en casa.
Roger Macué. “En Santa Cruz me han ofrecido trabajo, pero yo tenía que volver”, cuenta el responsable técnico del Plan de Manejo. Con 26 años es el primer profesional forestal de Cururú especializado en Ecuador. Líder innato, explica que no le interesa la política. Trabaja duro para que sus dos hijos “sean felices”.
Ambrosio Yaboó. Vive con sus 11 hijos y su esposa a orillas de la laguna Blanca, “la cuido y a sus animalitos”, explica el dirigente de la Central Comunal. Sus aventuras de cazador experto, con escopeta o machete, son famosas: una vez mató un tigre, otra venció a un yacaré. “Más fieros son los hombres”, bromea.
LA CERTIFICACIÓN
La certificación internacional FSC avala que la producción maderera de una región cumple con los requisitos de calidad ambiental y social. La comunidad de Cururú es la única comunidad boliviana que posee el diploma de Certificación Forestal Voluntaria otorgado por la certificadora internacional Smart Woods debido a su Plan Forestal que se enmarca en el manejo sostenible de bosques y cumple la Ley Forestal 1700. Anualmente, el pueblo aprovecha una veinteava parte (400 hectáreas) de su área forestal total (26.000 hectáreas), de donde extrae sólo cuatro de cada cinco árboles maduros (con diámetro de tronco de 50 centímetros mínimo), dejando un ejemplar como semillero. El área de aprovechamiento rota cada año, de tal manera que el bosque tiene tiempo para regenerarse. Cururú vende Hoja de Yuca, Suijo, Serebó, Bibose y Cedro a la empresa CIMAL. Sin embargo, el rápido crecimiento de la población de Cururú provoca que el terreno quede pequeño. “Empezamos 14 familias y en 15 años somos 36, hay muchos niños y por eso necesitamos más hectáreas”, asegura el dirigente Yabbó.