Armados de rústicos instrumentos, los campesinos e indígenas que habitan en las márgenes del Ichilo mantienen a sus familias con la pesca. Algunos, debido a las inundaciones de enero, sobreviven navegando en sus aguas sin la certeza de un futuro seguro.
Texto: Javier Badani Ruiz Fotos: Pedro Laguna
Hace más de dos meses, una canoa se ha convertido en el hogar de Gualberto Rivas y su familia. Fabricada con hacha y a base de palo María y ochoete, en la precaria nave de menos de un metro de ancho y siete metros de largo habitan Gualberto, su esposa y Sirán, su hijo de dos años.
En enero, las fuertes lluvias provocadas por el fenómeno de El Niño desbordaron las aguas del río Ichilo —límite natural entre los departamentos de Santa Cruz y Cochabamba—, las que inundaron las poblaciones ribereñas de la zona. Una de las afectadas fue la comunidad Tacuaral. Allí, el hogar y el chaco de Rivas quedaron totalmente anegados, lo que obligó al joven de 22 años a aventurarse a vivir navegando en el afluente.
Como sucede con este cochabambino, una gran mayoría de los afectados por el fenómeno de El Niño en esta región sólo cuentan con la pesca como su único medio de subsistencia. Todos ellos esperan a que el barro que quedó en sus terrenos tras las inundaciones se seque para luego iniciar la ardua reconstrucción de sus hogares.
Hasta que ese día llegue, estas familias deberán compartir las caudalosas aguas del río Ichilo con los pescadores —tanto tradicionales como grandes comerciantes— que cada amanecer pueblan sus venas para capturar estos preciados animales acuáticos.
Pescados por tomates
Los primeros recuerdos de Ricardo Vargas Borda tienen la imagen y el olor de los ríos amazónicos. ´Dicen que el que toma de sus aguas queda encantado para siempre´, asegura este beniano, que vive en una comunidad campesina que circunda el río Ichilo.
Cada mes, este productor de arroz, plátano y yuca deja su chaco para iniciar la pesca, con la cual alimentará a sus siete hijos. ´Para muchos de nosotros la carne de vaca es un lujo, así que charkeamos al pescado —con sal— para que nos dure para todo el mes´.
La mejor época para la actividad pesquera comienza en junio y termina a comienzos de septiembre, cuando la Capitanía de la Naval de Puerto Villarroel, como medida de protección, prohíbe esta actividad, ya que los peces comienzan entonces a desovar.
Por cuatro días, Vargas se adentra en las aguas color ocre del Ichilo. Yatoramas, surubís, sábalos, simicuyos, muturos, sabalinos, dorados y sabalinos son algunas de las especies que pueden ser atrapadas en esta región tropical.
De todos ellos, el surubí es el más codiciado en los puestos del mercado de Puerto Villarroel, localidad cochabambina que es habitada en su gran mayoría por benianos y cruceños. Cuando tiene suerte en la pesca, Vargas vende el kilo de surubí a 17 bolivianos. Una vez en el mercado, el kilo llega a superar los 25 bolivianos.
Sin embargo, son raras la ocasiones en las que este hombre de unos 60 años logra pescar más de lo necesario para su familia. Armado tan sólo de un largo hilo de nylon —al que llaman lineada—, que cuenta en uno de sus extremos con un rústico anzuelo y una malla del mismo material, Vargas captura unos tres peces al día.
En cambio, los grandes comerciantes, que navegan en embarcaciones especiales y con mallas gigantes, llegan a obtener más de 2.000 kilos de pescado al día.
´Ellos se llevan lo mejor y nos dejan miserias para alimentar a nuestras familias´, se queja Vargas.
El comandante de la Base Naval de Puerto Villarroel, Widam Torres Pedriel, explica que en muchas ocasiones los pequeños pescadores intercambian en los mercados los peces por otros artículos como azúcar o verduras.
´Les pedimos que guarden las medidas mínimas de seguridad, pero sería imposible, por ejemplo, obligarles a usar chalecos salvavidas. Ellos salen a pescar con toda su familia. Es peligroso´, señala.
Para Gualberto Vargas, el riesgo de un volteo que arriesgue la vida de su esposa y de su hijo es la última de sus preocupaciones. ´Estamos entrando a temporada baja y cada día es más difícil hallar algo que comer´, dice, mientras acomoda el mosquitero en la playa que cobijará sus sueños. Por esta noche, dos blanquillos tendrán que bastarles para distraer el hambre.