La tormenta perfecta, best-seller de Sebastián Junger, fue llevado al cine reflejando la dramática y cotidiana historia de los pescadores que deben enfrentar sus temores, ante las bravas aguas que contienen su preciado tesoro.
La historia relata que en octubre de 1991 el barco de pesca “Andrea Gail”, con extraordinaria temeridad, decidió lanzarse a explorar nuevas posibilidades de pesca en aguas promisorias, pero profundas. De pronto, el desastre: un huracán y dos fuertes tormentas conjugaron la situación más aterradora de la que se tenga memoria, con trágicas consecuencias.
La tormenta perfecta recreó así una historia verídica de aquellos hombres y mujeres valientes que, para hacer su trabajo, deben arriesgar sus vidas sometiéndose a las fuerzas incontrolables y caprichosas de su entorno.
Aunque parezca extraño, en Bolivia parece estarse gestando una “tormenta perfecta”, pero en contra de los exportadores. Aclaro que no se trata de un tsunami, ya que Bolivia no tiene mar. Hablo, por tanto, en sentido figurado.
El aventurarse al “mar de las oportunidades del comercio internacional” para generar empleo y progreso, desafía a los exportadores a adentrarse en las aguas de la incertidumbre y la incomprensión de su solitario esfuerzo, cuando lo correcto sería que la sociedad civil —directa beneficiaria— así como los gobernantes —como servidores públicos— los apoyen incondicionalmente.
Recientemente los exportadores del país hicieron pública su angustia: el gobierno incumple el principio de “neutralidad impositiva”; la devaluación del dólar castiga su competitividad; la subida de precios incrementa sus costos; los mercados externos preferenciales están en vilo; y, no hay buenas políticas ni interlocutores válidos en la administración pública.
Si bien esta sumatoria de incomprensibles situaciones parece ya una “tormenta perfecta” en contra de los generadores de divisas y empleo, lo único que faltaría para consumarla es que a alguien se le ocurra calificar tal reclamo como una “conspiración”.
A no dudarlo, los exportadores bolivianos trabajan día a día en aguas turbulentas para ayudar a llevar a buen puerto este malhadado barco llamado Bolivia. ¿Resultado “de la cabezonería y el orgullo de unos hombres estúpidos y engreídos que causaron una situación evitable, como la del Andrea Gail” —como opinara el crítico de cine Mateo Sancho Cardiel? De ninguna manera.
La titánica labor de quienes invierten, producen y exportan debería verse con un sentido épico y heroico, para evitar que “la tormenta perfecta” los alcance y produzca el sufrimiento de 400.000 personas que trabajan en el rubro exportador, beneficiando a más de un millón de bolivianos y bolivianas que lo único que quieren es vivir en paz, en este país bendecido por Dios, pero históricamente maltratado por sus gobernantes.
*Gary A. Rodríguez A. es economista y gerente general del IBCE.
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