Los británicos, tan estirados ellos, solían decir que en África no había países, sino sólo tribus con banderas. Es decir que las tribus, por más banderas que tengan, no llegan a ser países. Y menos naciones. La propia bandera de los británicos confirma ese prejuicio: no es la creación de un artista, es la superposición de las banderas de las diferentes pequeñas naciones británicas: los ingleses los escoceses y los demás. Una cruz blanca (la de San Jorge), una roja (la de San Andrés) y quedaba pendiente la de San Patricio. Para llegar a la actual bandera, los británicos estuvieron pensando y discutiendo desde 1606 hasta 1801, es decir, 195 años. Suerte la de ellos, que ha surgido una bandera coherente, como su país. La superposición de todas las banderas de las partes en que se divide Bolivia daría como resultado una especie de borrón colorinche, sobre todo por la wiphala, con una cruz de color rojo al centro, aporte de los sucrenses. Sería interesante hacer el ejercicio.
Ahora, cuando estamos en el año 182 de nuestra historia como país, nuestra bandera tiene algunas competencias regionales, que son pocas en comparación con las naciones que ahora se quiere refundar en el territorio desde la Asamblea Constituyente.
Con mucho entusiasmo, así como propone una bandera a cuadritos pequeños, de color degradée, demasiado parecida a la del movimiento gay internacional, pero que fue traída por los españoles de la conquista, el MAS propone ahora crear 34 naciones en Bolivia. A razón de una nación por cada cuadrito de la wiphala, más o menos.
Y del mismo modo ha decidido distribuir el territorio nacional entre 34 naciones. Los “lecos” del norte de La Paz, según descubrió el presidente Evo Morales con sorpresa, son tan pocos que tendrá cada uno de ellos 40.000 hectáreas. O sea, dijo el presidente, “ahora hay otros terratenientes más”. Todavía no oligarcas, pero ya terratenientes.
Los guaraníes del Chaco también recibirán su tierra. Tienen suerte, porque sus antepasados se declararon neutrales en la Guerra del Chaco y se fueron del otro lado de la frontera o se pasaron a Argentina. La paradoja es que el país que ellos abandonaron es el único que les da tierras. Y hay otras “naciones” que ni bandera tienen, como son algunos pueblos nómadas de la Amazonía, pero que están destinados, o condenados, a tener su propio territorio y no moverse de él.
En medio de este frenesí divisionista, hay una marcha que está llegando a La Paz desde el norte del territorio tan grande del departamento: es la marcha de unos ciudadanos que reclaman un pedazo de tierra. No son originarios, no son “k\'aras” ni son “taras”, son ciudadanos que no están de acuerdo con que el Gobierno haya decidido entregar toda la tierra de la región donde viven a los pertenecientes a una etnia que había desaparecido, o casi, pero que fue resucitada por un hábil dirigente cuando vio que llegaba este viento divisionista.
Esta marcha que llega a La Paz, como la de 1990, es de un pueblo desconocido, de una nación desconocida por el debate político actual, una nación olvidada: la nación boliviana. Está compuesta por unos ciudadanos que pertenecen a ese 65 por ciento de la población que se declara mestiza en las encuestas. Llevan una tricolor.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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