Preparan sortilegios, leen el futuro, cambian la suerte. Esta legión milenaria de mujeres practica las artes mágicas desde el inicio de la historia. Las hay profesionales y herederas de los secretos andinos.
Inocente” se declaró Josepha Apasa en su propio juicio. “Nunca he hecho brujerías”, aseguró la india de 38 años aquel 27 de julio de 1702 en el primer “proceso criminal por brujería y hechicería” de la ciudad de La Paz.
Apasa, nacida en la Parroquia de San Sebastián, fue acusada de poseer una calavera a la que encendía velas para pedir la muerte de sus enemigos. “Auían dichos algunas personas que la dicha (Apasa) auía ensendido belas a una calauera que tenía en su casa para que se muriera éste que habla...(sic)”, testificó Cristobal Condori y como él, uno a uno, ocho declarantes se presentaron en la plaza Churubamba según consta en el acta del juicio público, conservada en el Archivo de La Paz.
Josepha Apasa fue hallada culpable y condenada a prisión. Su caso es el de muchas mujeres que a lo largo de la historia, y en todas las culturas del mundo, han sido acusadas de manipular las fuerzas del mal y practicar hechizos: las brujas.
Ellas, las malignas
En las sociedades primitivas, las tareas de la agricultura y la recolección eran femeninas; lo que provocó un histórico acercamiento de la mujer a la naturaleza. Ello, sumado a la incomprensión de algunas de las funciones femeninas, como el dar vida, y la consolidación de las religiones estalló en la Edad Media.
“La mujer estuvo relacionada íntimamente con el pecado, con las tentaciones, con las relaciones sexuales —tratos carnales— con el demonio; por ello las brujas eran las mediadoras entre el diablo y el mundo”, escribe Olinda Celestino en Transformaciones religiosas.
Bruja por herencia
Las escobas voladoras y las varita mágicas le causan gracia. Después de 30 años de practicar la parapsicología y escudriñar el mundo de lo desconocido, Karma sabe que su oficio es “cosa seria”. Lo supo desde los siete años cuando tuvo la primera de las visiones que habrían de acompañarla toda su vida.
“Cursaba el primer grado en el colegio de monjas Nuestra señora del Rosario de Arequipa (Perú). En un recreo jugaba en el columpio y entonces cerré los ojos y vi a mi mejor amiga, Rosemary, tirada en el piso, ensangrentada, boca abajo. Me bajé del columpio y corrí al patio de secundaria y ahí la encontré exactamente como en la visión”, relata la vidente que halló un inquietante consuelo en su madre: “Esto te va pasar siempre; hay personas que, hasta en sueños, vemos el futuro”, le advirtió. Desde entonces Karma ha predecido accidentes, terremotos y hasta el ataque 11-S.
Su nombre es Belinda Marín Díaz; nació en Perú pero vive hace 51 años en La Paz. “Ya soy ch\'ukuta pico verde”, comenta entre risas desde su oficina, ubicada en el edificio Mutual La Primera, que heredó de sus difuntos padres —los famosos videntes Madame Natcha y Marvel—. Belinda, que ha adoptado el nombre profesional de Karma, se define como parapsicóloga, ve el futuro y practica la magia blanca.
“Nada de hechizos y brujerías —aclara— la magia blanca consiste en hacer el bien, darle a la gente lo que necesita, por eso se realizan sortilegios”. Para Karma, que también hizo estudios de Psicología, en todos sus “trabajos” es fundamental el poder de la mente de los clientes. “Todos tenemos energías, sólo que no todos las sabemos aplicar”.
Casos de mala suerte, problemas en el amor, salud o maldiciones se solucionan en su oficina. 100 bolivianos la consulta, previa cita. “A veces la gente sólo necesita ser escuchada, a partir de ello aclara su mente, se llena de energía positiva. Si es necesario, entonces yo entro en acción”, relata.
“Hay que tener cuidado con los sortilegios porque lo forzado no dura en el amor. Una persona puede atraer a otra con un trabajo, pero si no es para ella, no va a durar”, aconseja Karma quien, pese a haber tenido pedidos, no practica la magia negra.
“Los hechizos y la brujería están destinados a hacer daño. Yo conozco bien como funciona esa fuerza oscura, por mi oficio, pero no la practico. El mal sólo acarrea más mal y es Dios quien se encargará de castigar a los hombres, no los propios hombres. Yo tengo la conciencia tranquila”, comenta Belinda y se declara creyente católica aunque sabe que el diablo existe: “A don Sata, todos mis respetos”.
El lado oscuro
En su puesto de la avenida Mirador, cerca a la plaza Corazón de Jesús, en la Ceja de El Alto, “Doña Tomi” lee la suerte en coca, en cigarros y en cartas. También realiza mesas y wilanchas para la Pachamama y, si el cliente lo solicita en martes o viernes, hace “trabajos contra los enemigos”.
“Mil, mil trecientos bolivianos te puede costar, depende qué es lo que quieres que le pase”, advierte la mujer cincuentona que adquirió “el don” en su pueblo de Santiago de Machaca cuando salió ilesa a la caída de un rayo.
“En agosto viene más gente, ahora no hay mucho”, comenta Doña Tami desde la caseta de calamina donde ofrece sus servicios. Dentro, un banco de madera, una mesa y sobre ella, un aguayo, hojas de coca y una urna de vidrio con una “ñatita”. Fuera, un letrero: “Maestra consejera, cura hechizos, mala suerte, luxaciones...”
Hechiceras en los Andes
“El concepto occidental de bruja no existe como tal en el mundo andino; pero se puede asimilar a la entidad del chamakani —explica el antropólogo Milton Eyzaguirre—. El chamakani trabaja con fuerzas malignas y tiene la capacidad de visualizar los ajayus, las almas en las calaveras. Es más poderoso que el yatiri”.
A diferencia de la concepción maniqueísta occidental, en las deidades andinas conviven simultáneamente el bien y el mal. El yatiri trabaja con ambas fuerzas; el chamakani, en cambio, tiene lo oscuro como designio. “Los elegidos son los que han nacido con seis dedos en las manos o en los pies; o son gemelos. Otro mecanismo para tener poderes es haber sobrevivido la caída de un rayo; ésta es una elección del Tata Santiago, patrón del rayo, que con la colonización se fusionó con el dios andino Tunupa”, refiere el experto.
Aunque no abundan en el oficio, las mujeres también cumplen el rol de chamakanis. Ya en 1616, en su Nueva crónica y buen gobierno, el cronista de la colonia Felipe Guamán Poma de Ayala hizo referencia a las hechiceras como las mujeres más viejas de las comunidades andinas del entonces Virreynato del Perú.
“Eran mujeres que a través del conocimiento de rituales y de las propiedades de ciertas hierbas lograron tener ascendiente como curanderas y hechiceras”, explica el antropólogo Eyzaguirre y comenta que estas funciones han pervivido también en las tareas de las parteras y las chifleras.
Las boticarias del alma
Sentada en su puesto de la calle Linares, Martha Guarachi Laime atiende a los clientes con la experiencia de haber crecido entre hierbas y amuletos. “¿Para el amor busca?”, interroga a una joven y, presta, da la solución: “Este warmimunachi es para que encuentre pareja, no falla”, sentencia y le alcanza una estatuilla de piedra en la que se distinguen las figuras de un hombre y una mujer entrelazados en un abrazo.
Guarachi (53) heredó de su madre los conocimientos de chiflera. Sabe cómo se preparan las mesas de agradecimiento a la Pachamama y qué amuletos agradan o disgustan a los sajras (espíritus). “El incienso es importante; ahí se aumentan los sullus y los misterios (dulces de azúcar), que le gustan a la Pachamama”, comenta.
Aunque a veces da consejos, sabe bien que ella no tiene el don del kallawaya de curar almas y cuerpos, ni los poderes del yatiri para realizar ritos. “Preparamos la mesa según lo que dice el yatiri. Él sabe pues, nosotros no podemos inventarnos”, asegura Martha.
“Muchas cosas he visto, hay que tener fe”, añade la chiflera que actualmente cuenta a los extranjeros como sus mayores clientes.
De que existen, existen
“Se teme a las brujas porque nos relacionan con cosas malas, creen que vamos a convertir a una persona en sapo, o que nos valemos de prendas para causarles sufrimiento, y sí, de hecho, algunas lo hacen, pero no todas. Al final, la gente viene para dejar de sufrir y tener prosperidad en amor y salud y nosotros tenemos, podemos ayudar”, resume Belinda Marín.
“¿Hay que temerles?”, pregunto. “¿Y tú que crees?”, responde Karma con una carcajada.
LA SANTA INQUISICIÓN
Tragedias o pestes, inexplicables para el hombre antiguo, eran atribuidas a las brujas. Ya en el siglo IV, la Iglesia, en el Canon de Episcopi, describía aquelarres en los que se aparecía el Diablo en forma de cabra; y llamaba a perseguir y castigar a las herejes, siempre mujeres, hechiceras. En 1484 el Papa Inocencio VIII promulga la bula Summis desiderantes, que fue una declaración de guerra abierta contra las brujas, que “instigadas por el Maligno asesinaban a niños en el vientre de la madre y se daban a los excesos”. A partir de ese momento, se designa a los dominicos Kramer y Sprenger como inquisidores encargados de perseguir estas ´depravaciones´. Éstos serían los autores del Maellus maleficarum o Martillo de las maléficas (1486), un manual de torturas, que provocó cientos de falsas confesiones y hasta psicosis colectivas. El Tribunal del Santo Oficio (1570-1820) perfeccionó la persecución y la tortura. Para la acusación, no eran necesarias pruebas y las sospechosas no tenían opción a defensa. Durante siglos, miles de mujeres en América y en Europa murieron quemadas en la hoguera o a causa de inimaginables torturas.
BRUJERÍA A LA CRIOLLA
Cuentos sobre hechizos abundan en la cultura popular boliviana. “La magia busca provocar y curar enfermedades, hacer aborrecer y amar con pasión o es un método de defensa personal”, escribe Antonio Paredes Candia en el libro Brujerías y tradiciones. De esta obra, sintetizamos un relato recopilado de varios narradores orales, llamado Miguitas de pan: Una joven cholita fue durante años concubina de un joven de familia acomodada. Un día, él le anunció que iba a casarse con una muchacha de su posición social. La cholita lloró días pero finalmente le pidió al amante que la siga visitando los sábados. Y así ocurrió hasta que la situación tuvo cierta normalidad. Entonces, ella le pidió que le lleve las miguitas que dejaba en la mesa su mujer. Él, sorprendido, atinó a darle las migas que la propia amante había dejado. Meses después, la cholita comenzó a hincharse y a sufrir graves dolores. “Dime la verdad —pidió al amante— ¿de quién eran las migas que me has dado?”. “Tuyas, mujer”, respondió él, provocando su desesperación. “Me voy a morir por amarte”, increpó ella y le instruyó que vaya a la laguna de Tembladerani y halle allí un sapo bajo una piedra. Él, asustado, cumplió la misión y encontró al anfibio, hinchado y atravesado por alfileres. Tal fue el susto que dejó caer la roca aplastando al animal. Cuando llegó a casa de su amante, la encontró muerta, aplastada, como si le hubiera caído encima una piedra.