La Feria Exposición de Monteagudo luce cada año las tradiciones del Chaco. Música, juegos y competencias son los principales atractivos.
Texto y fotos: Óscar Díaz Arnau
Hace un buen tiempo que se ha recibido de ciudad, pero todavía goza de la buena salud de los pueblos. Su gente aún puede escuchar misa cómodamente sentada en un banco de la plaza, o tomarse un poro con queso fresco en la puerta de sus casas a cualquier hora del día; privilegios de Monteagudo, ese pueblo ciudad del Chaco chuquisaqueño que desborda en tradiciones y se sostiene a fuerza de trabajo y sencillez.
“Qué importa si para verla a mi linda tierra sauceña tengo que adivinar desvíos en este terreno irregular, y andar a los tumbos”, dice el hombre, cual coplero, perdiendo la mirada en el camino negro que le llevará a Monteagudo. En vísperas del 222 aniversario de la ciudad cuyo nombre se debe al prócer de la independencia americana, ningún sauceño quiere perderse la fiesta.
Desde Sucre, un bus tardará hasta 13 horas para llegar a este destino de verdes parajes, bailes vistosos, sabrosas carnes y mermeladas naturales. Un vehículo chico empleará casi la mitad de ese tiempo, pero desde la ciudad de Santa Cruz sólo se necesitarán cinco horas.
Alejada de la capital de su departamento, Sucre, toma prestados rasgos de la ciudad oriental más próxima: la franqueza de su gente o la belleza femenina, por ejemplo. En alguna de esas dos urbes acaba radicando la mayoría de sus jóvenes, que migran en busca de estudios superiores y luego trabajo.
El profesor Roberto Guzmán, con la autoridad de sus años bien llevados, dice que los jóvenes “cumplen con su obligación de contribuir a su tierra” todo el tiempo que pueden; luego, migran, como una reacción natural frente a las oportunidades que encuentran en otras regiones del país. Pero tarde o temprano vuelven, como él mismo, que de joven estudió en Sucre, en la ex Escuela Normal de Maestros, y retornó para no irse nunca más.
Cita al fallecido maestro Manuel Flores, a quien un día le preguntaron: “Usted, siendo de Uyuni, ¿no piensa volver a su tierra?”. “No”, respondió Flores, “ya vivo 40 años aquí, y aquí pienso dejar mis huesos”. A manera de conclusión, Guzmán afirma que “eso es lo que normalmente hacemos nosotros; ya de determinada edad en adelante, la felicidad de nosotros está aquí”.
Firme a la vera de la pista de motocross, este docente jubilado habla emocionado del pasado, pero igualmente orgulloso del presente. “La fiesta del 20 de agosto ha cambiado mucho, está más o menos grande para tratarse de un pueblo relativamente chico. Ahora las actividades son mayores”.
Gallos en la arena
Los sauceños están empeñados en rescatar sus tradiciones. Hoy en día, casi todas se desarrollan dentro de la Feria Exposición de Monteagudo (Feximont), que ha tenido un crecimiento sostenido desde su apertura, hace 13 años, hasta constituirse en uno de los principales escaparates del chaco boliviano para los agricultores, ganaderos, artesanos, industriales y pequeños productores independientes.
Guzmán vuelve sus años atrás para señalar que, primero, la fiesta cívica se circunscribía en torno a bazares, para recaudar fondos. Por el año 1946, empezaron “con bazares, con kermesses y ahora, con esta feria, el pueblo siempre ha sido el que ha creado su propio progreso”.
Todos coinciden en la afición por las carreras de caballos; luego, de coches y también de motos. En la cadena de competencias, la riña de gallos es una actividad en la que participan los hombres, bajo la efervescencia de un pequeño ring donde, al calor de las apuestas (alguna vez sobrepasaron los 50.000 dólares), confluyen las expresiones verbales más violentas.
“Son las mejores riñas después de las de Santa Cruz”, explica un fanático al cabo de una pelea, con el griterío todavía bajando de las tribunas y el gallo perdedor curando sus heridas en una pileta contigua. “¡Cien a veinte!”, “¡cien a cincuenta!”, se escuchaba en el transcurso del combate en el que el negro, de Muyupampa, derrotó sin atenuantes al colorado local. Así lo dictaminó el juez Rosendo González.
El campo ferial
Mientras varios centenares de sauceños, con la visita de gente de todos los confines del país, vibran con el lento desangrarse de los gallos, a dos kilómetros de la ciudad, la Feximont reúne al resto de la población en un desfile de carrozas que representan a las cadenas de productores que exponen este año.
De entrada, en el campo ferial de 17 hectáreas, don Ponciano Mejía anda concentrado en su trapiche y en el caminar parejo del caballo que lo acciona para extraerle hasta la última gota a la caña de azúcar. Hace cuatro años que ofrece su caldo de caña, para capear el calor, y el trago llamado \'cañazo\', el singani sauceño difícilmente de esquivar antes de irse de esta tierra caliente. “Cuando hace verano bueno, se vende bien; cuando está mal el tiempo, no se vende nada”. Al costado, tres jóvenes se reponen de la resaca con unas tazas de este dulce manjar que cuesta un boliviano.
Más allá, en uno de los pentágonos donde se encuentran los stands, una variedad de dulces, mermeladas y licores de frutas exóticas, como la gargatea y el motojobobo, atrapa a propios y extraños. Algo similar ocurre con los productos derivados del maní y del ají, infaltables en la comida nacional.
Pero los visitantes de la feria apresuran el paso para ver a los corredores de motos levantando polvo en los espectaculares saltos de las categorías 225 cc, Novatos, Promocional 250 cc y Libre súper cross, válida para el ranking departamental. Más tarde disfrutarán de las carreras de autos y de las esperadas monta de toretes, pialadas, carrera de sortija y otras con el exclusivo protagonismo de los caballos.
Mientras el alcalde, Rómulo Serrudo, y el presidente del Concejo Municipal, Guido García, se comprometen a seguir impulsando la Feximont, para el concejal y presidente del Directorio Local de Promoción Económica (Dilpe), Ramiro Baldivieso, uno de los mayores logros del evento es que las pequeñas asociaciones de productores se estén transformando en empresas que mantienen relaciones comerciales con otros departamentos, sobre todo Santa Cruz.
Monteagudo, en su aniversario, se obstina más que nunca en mejorar la productividad del chaco boliviano; pero, en consonancia con el sentimiento sauceño, cumple subrepticiamente con un objetivo del alma: reunir a su gente.
Guzmán, el profesor, lo dice mejor: “Los que han salido —yo les diría: los exiliados— tienen muchos deseos de venir de vuelta a Monteagudo, especialmente a estas actividades que sirven de reencuentro entre paisanos... De todas formas, el corazón lo tienen siempre aquí´.