Existen estirpes condenadas a vivir cien años de soledad. La novela de Gabriel García Márquez nos presenta un colectivo humano maldito. Cien años de soledad es la novela del amor herido por la relación incestuosa, la reproducción endogámica nada creadora ni creativa y la infructuosidad de una estirpe condenada a la soledad. José Arcadio y Úrsula, cabos de dos familias reconocidas, fundadores de la estirpe de los Buendía, viven bajo el miedo de la maldición incestuosa, intentando huir de un destino que los tiene marcados con el sello de la fatalidad.
Escapando de la condena biológica y el miedo al hijo con cola de cerdo, de la condena social traducida en burlas machistas, del crimen perpetuado con el fantasma del muerto en las espaldas, y la negativa familiar a esas relaciones prohibidas, José Arcadio, Úrsula y un puñado de hombres deciden buscar una tierra no prometida. Estos hombres y estas mujeres, acompañados de sus niños, sus animales y sus enseres, emprenden camino en búsqueda de una salida al mar. Después de veintiséis meses, frente al fracaso del proyecto y para evitar hacer el camino de regreso, deciden fundar Macondo. Años después, cuando José Arcadio intenta abrir un camino, para comunicar al pueblo con el resto del mundo, elimina la posibilidad de recorrer nuevamente la primera brecha que buscaba el mar porque esa vía sólo los conduciría al pasado.
Macondo se funda como frustración en la mitad de un recorrido imposible. Los Buendía comienzan a procrear y llenar el pueblo, tensionados de generación en generación por los romances emparentados, el amor sincero y la pasión desenfrenada. Conviviendo insanamente con sus males y sus miedos van desarrollando estrategias de sobrevivencia marcadas por la exclusión, la violencia, el poder y la constante repetición.
El afán de reproducción y de repetición es una lucha contra el destino y contra ellos mismos. En un aparente gozo de fertilidad, al mejor estilo de Petra Cotes, se dan niños a montones: el coronel Aureliano Buendía llega a tener dieciocho hijos. Siete generaciones desde el primer Buendía hasta el último. Los Aurelianos, los José Arcadios, las Remedios, las Úrsulas se van repitiendo de generación en generación. Macondo es el espacio que posibilita aparentemente el escape de la realidad adversa, los fantasmas que atormentan y las maldiciones que persiguen; pero la fatalidad del destino no perdona a los señalados, esos intentos de escape se convierten en mecanismos de autodestrucción.
Poco a poco, el amor desenfrenado de libertad que representaba Macondo se va materializando en el cumplimiento de la condena. De nada sirven los excesos ni las penitencias, las rebeliones ni los ruegos, la pureza ni el mestizaje de la sangre, las empresas propias ni los capitales extranjeros. Los dados están echados, y con ellos la suerte del pueblo. El primero de la estirpe termina amarrado a un árbol; el último, siendo devorado por las hormigas. Entre ellos, el resto de los Buendía viven solos y acaban abandonados. Pese a todos sus esfuerzos, la estirpe familiar no puede escapar de la condena a vivir en soledad. La desgracia mayor de la condena es que estas estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.
*Rafael Berton es seminarista
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