Hace un siglo nació Víctor Paz, un obsesionado por el poder ANIVERSARIO • Eduardo Ascarrunz escribió un libro sobre el ex mandatario. Esta es una parte de su historia en el poder que adelanta el autor de la obra para el periódico La Razón.
EL CUATRO VECES PRESIDENTE • Víctor Paz Estenssoro, sentado en la silla presidencial, durante su último mandato.
´Me habían prometido que no lo iban a matar, pero lo mataron, y al final yo cargué con el muerto´. Esta frase, que no consta haber salido de su boca, bien pudiera, sin embargo, reflejar alguna reacción suya en la época de los campos de concentración y de los abusos cometidos por Luis Gayán Contador y Claudio San Román en las celdas del Control Político. Víctor Paz Estenssoro, ¿era inclemente, despiadado o, al menos, indiferente ante el dolor ajeno? ¿Adscribía a la inevitabilidad de la violencia en una revolución?; las sedes del suplicio, en Corocoro, Curahuara de Carangas y Coati, ¿fueron de la crueldad extrema descrita en publicaciones de ese tiempo?, probablemente.
El mentado affaire de las libras esterlinas, ¿tuvo la magnitud acusada por la oposición de entonces?, quién sabe, pero es evidente que la corrupción no fue, as usual, un rasgo de su comportamiento en la presidencia, lo que no exime de culpa al grueso de sus adláteres en todos sus mandatos. Si acreditamos que la historia pro domo sua juzga y absuelve o condena, habrá que aguardar ese momento, aunque la espera puede prolongarse ad-infinitum en tiempos en que la globalización, y su referente cultural, la posmodernidad, pretenden decretar la amnesia colectiva para todo lo pretérito inatingente al día a día de la era posindustrial, posempírica, posideológica, ¡postiza!, donde conviven la desesperanza con la incertidumbre y el miedo al mañana.
El hombre que desató como ninguno el fervor popular no fue, precisamente, un demócrata tolerante. Sabía poner freno a los excesos, cualquiera fuese su procedencia, aun a los cometidos en nombre de las masas por sus dirigentes. Fue autoritario y temido en la etapa revolucionaria y de mando vertical en su última gestión. Manejaba con destreza los hilos del poder. Con la ley en la mano sofocaba las rebeliones y castigaba a los rebeldes. Juan Lechín Oquendo, el legendario líder sindical, y otros dirigentes de la COB padecieron la furia voraz de zancudos y otros mosquitos, y los miedos que producen en gente extraña las arañas, los alacranes y las víboras, compañero, en los primeros tramos del último mandato de Su Excelencia, el doctor Víctor Paz Estenssoro.
Quienes lo tildan de maquiavélico no están lejos de acertar, aunque el jefe ha sido más maquiavelista que maquiavélico. Otra cosa es que el segundo calificativo haya prevalecido sobre el primero en su andadura pública. Resignarse a vivir con la corrupción, fue un sapo a tragar (indi)gestión tras (indi)gestión. ´Son necesarios, ¿sabe?´, justificaba. Darse cuenta, aceptar que los amorales no son prescindibles, que de los otros no hay dispuestos a hacer lo mismo, ¿jodido, no? El ejercicio del poder pasa por esa incómoda convivencia; Paz lo tenía claro y no era algo que le indigeste: días antes de asumir, por cuarta vez, ya sabía cuántos de esos imprescindibles iban a integrar su gabinete.
Pasada la campaña crucé los dedos para que le fuera bien, para que no se equivoque como otros que al volver defraudaron la confianza que el pueblo volvió a depositar en ellos. Si hay una verdad que puedo endosar es que los actos de su gobierno fueron consonantes con su oferta electoral. Quince años después, quienes trabajamos con él en aquel tiempo nos reafirmamos en las certidumbres de entonces. No siempre ocurre lo mismo con otros protagonistas, en circunstancias análogas, en otros escenarios.
Paz quería ser Presidente. Y lo fue; no una, cuatro veces. Y es posible que su mayor desvelo haya sido sentarse en la silla presidencial, pero, con seguridad, su ideal entero fue el poder. En él, la mezquindad no fue el ethos de sus aspiraciones, ni éstas se coronaban al momento de asumir el mando; iban más allá. A Paz Estenssoro le obsesionaba el poder, llegar a él, ejercerlo omnímodamente, mantenerse en él, sujetarlo si se le iba de las manos..., vivir para recuperarlo cuando lo perdía; lo justipreciaba como el maravilloso instrumento del poder. Pronunciaba la frase y le faltaban lengua y labios para relamerse, pero pocos de los que celebraban su ingenio comprendían el significado y el significante de la metáfora, el sentido cabal que le confería su autor. La Presidencia, que para otros era una meta, para Paz era un medio para hacerse del poder y éste, a su vez, el instrumento ideal-real-maravilloso para alcanzar la realización plena: ejercer autoridad omnipotente, legitimar la representación soberana recibida del pueblo soberano y gerenciar la gestión... a su manera.
Paz Estenssoro, el hombre fundamental. No sólo porque fue el estadista que más tiempo gobernó Bolivia en el siglo XX ni por ser jefe vitalicio del partido de mayor influencia en la segunda mitad de la centuria, sino porque plantó dos hitos en la historia contemporánea de Bolivia: la Revolución Nacional y, 35 años más tarde, la Nueva Política Económica, compendiada en el Decreto 21060, que dio un giro de 180 grados a la estructura económica de Bolivia.
¿Era posible aceptar que el propio conductor de la revolución de abril, cuestionadora de 127 años de vida republicana, oligárquica y excluyente, sea el encargado de darle, per se, el toque de gracia, instaurando una involución neoliberal que, ocho años después, iba a rematar en la capitalización de las principales empresas públicas, con todo lo que ella puede traer aparejado?
Es probable que esta obra no alcance a explicar el porqué de una mutación impensable en un político que hasta el último día de su mandato estuvo en el goce pleno de sus facultades. A un paso de ingresar a la historia por la puerta grande, ¿cómo aceptar que hubiera apelado al suicidio político? Paz Estenssoro no era prosopopéico ni recurría al drama o a la tragedia en situaciones graves.
“Me habían prometido que no lo iban a matar, pero lo mataron, y al final yo cargué con el muerto” Esa frase refleja la labor de Víctor Paz.