Dos cuadernillos muy bien presentados: Kaos y Afuera dan cuenta mensualmente de la actividad cultural en la ciudad de La Paz de la que poca gente tiene conocimiento de su enorme variedad, riqueza, movimiento, pero no se quedan ahí. Traen entrevistas, reportajes, viñetas de calidad e imaginativas. A propósito, en la última entrega de Afuera viene una nota corta acerca de la publicidad de un crematorio, ¿que suscita este artículo?.
Según su anónimo autor, los cartelones del crematorio ubicados en lugares visibles de la ciudad muestran un cambio en el último reducto del eufemismo. Cierto, no son vistosos ni simpáticos, el recuerdo de la Parca nunca lo es, pero son de una simplicidad efectiva. Nadie deja de leerlos. Han hecho tomar un sabor a viejo a las publicidades envueltas en púdicas evocaciones del destino final de los muertos que aluden a sitios del recuerdo, de la paz y tranquilidad. Tal vez van a desaparecer como el añoso médico familiar que anunciaba su fatal diagnóstico con cuidadas palabras a fin de no producir un desenlace anticipado en el paciente.
Sin embargo, los letreros —más que a la muerte— se refieren a las decisiones postreras, forzando a pensar dónde mandar los despojos. Desde que las personas ya no se sienten obligadas a recibir cristiana sepultura en tierra bendecida, todas las fantasías están abiertas. Puesto que el cariño y el recuerdo familiar no pasa de la primera generación y las visitas, las flores, las anécdotas sobre el desaparecido, que le daban una importancia social que nunca tuvo en vida, se hacen raras con el tiempo; nada más triste que las tumbas abandonadas por los deudos. ¿Por qué no imaginar las cenizas dispersas en el pico elevado de una escarpada montaña, el sobrino andinista podría ayudar a cumplir el propósito o echarlas en un ribera torrentosa bordeada de viejos árboles o arrojarlas de una avioneta en vuelo rasante sobre los techos del barrio de El Arenal, donde en sus años mozos visitaba a una vecina?, en verdad las actitudes y sentimientos cambian. Con el concurso del panteísmo de vuelta en el ambiente social, ninguna de estas intenciones resulta insólita. Así se deja también a los próximos tranquilos, entregados a los recuerdos que no exigen cuidados particulares.
La cremación no es nueva ni siquiera en nuestras sociedades, pero hasta hace poco no gozaba del favor social. La costumbre era el entierro. A decir de los antropólogos, con la primera ceremonia de este tipo se estableció la cultura humana. Cuando los hombres se plantaron de pie y fabricaron el primer instrumento de piedra labrada pusieron una distancia entre ellos y los demás seres animados de la creación. Pero la sepultura de sus muertos consagró la separación y la cultura social. Seguramente, la concepción fastidia a C. Levi Strauss quien cree que la distinción entre las mujeres permitidas y prohibidas fue el primer gesto cultural.
Las actitudes y concepciones hacia la muerte han mutado con el paso de la historia. Ph. Aries, un historiador francés de las mentalidades, ha revelado para el occidente cristiano cuatro modelos de sentirla y organizar el duelo. En primer lugar, en los siglos iniciales de esta cultura, la muerte en familia con sus ritos en los cuales participaban los allegados y vecinos, orquestados según los últimos deseos del difunto, antes de pasar la barrera. La ceremonia mostraba la aceptación del destino ineluctable, sin excesos emocionales. Luego entre el siglo XI y XII, la muerte se convierte en un acontecimiento temido por la rendición de cuentas personales y el juicio final, visto más cercano que distante. Las misas por el alma del difunto, pagadas por muchos años, y las donaciones a la Iglesia constituían una expresión de esos miedos apocalípticos. El Renacimiento puso una distancia mundana con la muerte, ocasión para los poderosos de mostrar su genio y su grandeza con monumentales mausoleos que aún guardan su nombre, pero sobre todo recuerdan el del artista. La época romántica sufrió patéticamente la muerte del otro, intentando no pensar en la propia, salvo los amantes consumidos por la pasión y por el bacilo de Koch, que otorgaba un halo particular al romance, se deslizaban al más allá. El sobreviviente sumido en un dolor sin consuelo terreno acaba quitándose la vida.
La modernidad marcada por una urbanización descontrolada, por el avance de la ciencia y el aumento de la longevidad, por el relajamiento de los lazos de parentesco y la secularización ha trasladado la muerte del espacio privado, familiar, hacia las clínicas , hospitales y asilos. Lo mismo sucede con el velorio. De más en más confiado a casas especializadas, aunque entre nosotros todavía no se ha llegado a las prácticas de maquillar al ´querido desaparecido´, tan común en los Estados Unidos. Eso sí los asistentes al velorio, hoy como ayer, siguen manifestando la satisfacción de permanecer vivos expresada en bromas y conversaciones banales dichas con rostro compungido y ánimo diferente.
Los muertos y los vivos compartían en Occidente, en ocasiones con temor, frecuentemente con respeto y discreción, el mismo espacio físico. Ahora los anuncios de los crematorios, escuetos y despojados como la muerte, invitan al difunto a tomar un camino distinto desde la urna en el salón de la casa hasta desaparecer en el viento de tierras lejanas. La muerte no ha dejado de cuestionar a la humanidad aquejada de las miserias mundanas pero, por lo general, poco dispuesta a dejarlas. A los hombres y mujeres les cuesta no saber el destino de sus nietos, aunque tal vez pronto otro anuncio —el congelamiento— les abra la posibilidad de ver la suerte que corren los tataranietos de sus bisnietos. Pero quién sabe si éstos los reconocerán, pues como dijo el poeta tarijeño con dolor: ´ Porque van diez años que dejé mi tierra ya nadie me quiere conocer siquiera...´
*Salvador Romero P. es sociólogo.
Pedro y Pica: maestros de libertad
En la pared de informaciones de Penubol, una resolución, firmada por el Poder Legislativo, decía: "Las elecciones democráticas, por voto universal y secreto, para el poder Legislativo, Ejecutivo y Judicial se realizarán en 30 días.
Evo, utilizado por Irán
Bolivia ha cometido el grave error de establecer relaciones diplomáticas con Irán. La más beneficiada, sin embargo, ha sido la antigua Persia ya que necesita el voto de Bolivia para evitar que la ONU condene su proyecto de armas nucleares.
La política del “affaire”
En un contexto intelectual distinto, Hanna Arendt toma prestada una frase que caracteriza las contradicciones del siglo XX, pero que muy bien podría acomodarse a la centuria que recién se inicia
Cien años
Solamente el paso del tiempo nos permite juzgar con mayor rigor y frialdad cierto tipo de procesos, circunstancias y actores de la siempre turbulenta contemporánea; con mayor razón cuando éstos nos atañen directamente