Solamente el paso del tiempo nos permite juzgar con mayor rigor y frialdad cierto tipo de procesos, circunstancias y actores de la siempre turbulenta contemporánea; con mayor razón cuando éstos nos atañen directamente, y mucho peor si aquello ha afectado de alguna manera nuestros intereses. No me refiero solamente a intereses personales. Sabido es que cuando de intereses se trata, la gama es amplia y variada.
Hoy, cien años después de su nacimiento, se dice muy fácil que Víctor Paz Estenssoro fue el estadista del siglo. Se dice fácil que el Movimiento Nacionalista Revolucionario fue el único partido que marcó con trascendencia los últimos sesenta años de existencia de este país. Y también se describe, como si nada, a la Revolución Nacional, con tres enunciados.
Pero vamos a ver. Mientras todo aquello ocurría, los ´movis´ eran para la pública opinión, unos cholos de mierda que arrasaban con todo lo que se les ponía delante, abusando escandalosamente de su poder y angurria. El cuatro veces Presidente Constitucional de la República, era el mono desgraciado. Las heroicas mujeres de la Revolución no eran más que ordinarias Barzolas, en el más peyorativo de los sentidos. Para no ir más allá: la misma Revolución era un engendro importado, comunista para algunos y nazi para otros.
Y es que en los momentos de la Revolución, obviamente se estaban afectando los intereses y privilegios de los grupos y clases dominantes; y créanme, nada en aquel momento era color de rosa para el establishment. El poder establecido reaccionaba furiosamente ante los cambios, componiendo conspiraciones que a su vez generaban contundentes respuestas represivas; la rosca minero-feudal no se quedó cruzada de manos, y por el contrario, movilizó toda su influencia y poder económico para intentar revertir el proceso revolucionario; los terratenientes latifundistas echaban el grito al cielo al verse ´despojados´ de sus fincas y sus esclavos; la Iglesia Católica resentía su debilitamiento como referente de la vieja sociedad, y se coludía con la conspiración cobijando a falangistas en las iglesias.
En el vértigo revolucionario de excesos y dubitaciones, nada era tan clarito como hoy se lo ve, con la perspectiva del tiempo. En el mismo seno del movimientismo se tejían pugnas y contradicciones ideológicas profundas, agravadas por la lucha interna por espacios de poder y liderazgos personales.
Tuvo que pasar mucho tiempo para que todos los bolivianos comprendiéramos a cabalidad cuáles habían sido los orígenes y las causas del proceso revolucionario del 52. Tuvo que pasar mucho tiempo para que asumiéramos que aquel 9 de abril era inevitable, irreversible, y que en su largo y penoso proceso de victorias y derrotas, sería considerado unánimemente como un momento refundacional de cambios estructurales. Tuvieron que ser, después de todo, los propios frutos de la Revolución, los que la validaran como tal, señalando sus logros, y sobretodo su carácter inconcluso.
Cien años han pasado desde el nacimiento de ese político notable, del que tanto se ha escrito, del que tanto se ha especulado, tanto en sus luces como en sus sombras, hasta convertirlo en un verdadero mito. Desde este tiempo, recién comenzamos a valorar la inmensidad de su legado y del de los bravos hombres que le acompañaron en el heroico desafío de cambiar el destino del país. Cien años que deberían poder darnos respuestas acerca de nuestro pasado, y por supuesto, de nuestro destino.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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