Las ruinas en el valle de Yaco, provincia Loayza de La Paz, datan de la época clásica de Tiwanaku. El destrozo afectó a una pared de piedra con una plataforma. Y para rematar, se talló un burdo monolito.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Pedro Laguna
Instalado en un cerro sobre 4.026 metros sobre el nivel del mar, Konchamarka domina aún el valle de Yaco, en la provincia Loayza de La Paz. La fortaleza tiwanakota, construida entre el año 500 y 900 después de Cristo, todavía está en pie; sin embargo, ahora gran parte de ella ha sido destruida.
El arqueólogo José Estévez Castillo, de la Unidad Nacional de Arqueología (Unar), acompañó a ESCAPE a un viaje que buscaba dar a conocer los atractivos del lugar y que culminó en la constatación del daño estructural e irreparable causado a las ruinas.
Tras cargar las provisiones, la travesía se inicia a las 9.00 del miércoles 19 de septiembre. El coche empieza a devorar los 154 kilómetros que se inician camino a Oruro, para entrar a Konani.
Acaba el pavimento a las 11.15. El ripio con interminables curvas y pendientes recuerda a los Yungas. Sobre las 13.10 y tras 54 kilómetros, el coche pasa un puente que da ingreso al valle de Yaco. “Falta mucho…”, suelta Estévez, de 50 años, detrás de sus lentes.
El descenso es duro, restan todavía 22 kilómetros. De pronto el especialista alerta: —¡Estamos cerca, miren allá!— y apunta a unos cerros. —Ahí están las ruinas—. Vanos fueron los intentos para visibilizarlo. Es buscar una aguja en un pajar en la larga cadena de cerros que circundan aquel sector.
El saludo de los gigantes
Rocas rojizas como grandes guardianes flanquean la ruta a dos kilómetros del ingreso al pueblo. 14.10. “¡Llegamos a Konchamarka!”, exclama Estévez con aire juvenil. Su felicidad es compartida tras cinco horas de trayecto.
Estévez anuncia el ascenso al cerro. “El tiempo es ideal, la luz es perfecta”, lanza el fotógrafo, sin embargo cuatro campesinos salen al paso en la conversación.
“Sería mejor que suban mañana, ahora la comunidad debe reunirse”. Tres días antes del viaje, el concejal de Yaco, Rogelio Cuéllar, dijo que no habría problema alguno para visitar el sitio arqueológico. La espera de dos horas sirve para conocer el lugar, de no más de 50 familias, y recorrer sus sembradíos.
Los lugareños decidieron hace cinco meses que nadie suba a las ruinas en protesta por la falta de impulso para firmar el convenio que permitirá al lugar ser turístico.
No hay respuestas hasta llegada la noche. Se improvisa un albergue en la escuela. Es hora de dormir.
Advertencia en la oscuridad
22.30, tocan la puerta. “Somos los comunarios. Ya hemos hablado y queremos comunicarles nuestra decisión”. Sólo se ve el rostro de Butrón y cinco sombras más. “Decidimos que no suban a la pukara (fortaleza). Discúlpennos, esa es nuestra última palabra”.
No hay tiempo para la réplica. Vanos son los intentos de hacerles cambiar de opinión. Estévez apela a su investidura de autoridad de la Unar. La respuesta es más enérgica: “No suben, y si quieren pueden irse ahora mismo”. Estévez está preocupado. “Por alguna causa no quieren que subamos, algo ocultan...”, revelan sus 20 años de experiencia en la arqueología.
Por la mañana, nuevos campesinos se acercan al grupo y presentan disculpas por el incidente de la noche. “La comunidad se reunirá recién y ahí decidiremos”. El grupo se entera de que ni el segundo secretario, Crispín Mamani, ni Johnny Rodríguez, dirigente de la Subcentral, fueron consultados.
A una hora del mediodía, la comitiva obtiene la autorización, no sin antes conocer los problemas y las necesidades más urgentes de Konchamarka. Entre las preocupaciones de los lugareños está el mejoramiento de su camino, la apertura de otro para llegar al Cruce Luribay, que reducirá las cinco horas de viaje; y que se posibilite un convenio turístico para la zona.
El ascenso se inicia sobre las 11.40. La cuesta es empinada y, tras 25 minutos de camino y a menos de 100 metros de la cima, tres rocas son lanzadas desde arriba y siembran otra vez el temor. La idea de volver suena con más fuerza. Pese a ello, y con la ayuda de otros campesinos, el recorrido continúa.
A menos de 15 metros del final, una pendiente casi vertical con 126 escalinatas talladas en piedra lisa y rojiza dan ingreso a las ruinas junto a una muralla defensiva en un verdadero fuerte desde donde se domina el valle entero. Son las 13.05. La alegría de haber llegado al templo, instalado en una superficie de aproximadamente 80 metros cuadrados, dura poco.
Una desagradable sorpresa
El 2004, fue la última vez que Estévez se dejó impresionar por la belleza de Konchamarka. Ahora estuvo a punto de derrumbarse.
Hace tres años las dos plataformas estaban intactas. Hoy algunos comunarios abrieron en la segunda un hueco de ocho metros de profundidad y encontraron un conjunto de cuatro piezas líticas en forma de caja.
Nadie sabe quién hizo la excavación. “Han debido ser los de la otra comunidad”. En seguida se escucha a otro dirigirse a sus compañeros: “\'Estamos trabajando\', estaban diciendo ellos”. Los comunarios encontraron un hoyo y con pala y picota quisieron abrir un ventanal. “Queríamos limpiar. Además la gente se cansó porque la Alcaldía no da la contraparte”, protestan. El hueco fue abierto con la idea de encontrar un tesoro o una tumba.
Armado de un GPS (Sistema Global de Posicionamiento, en inglés), Estévez mide la altura en la que se encuentran las ruinas y con un flexómetro mide la dimensión del hoyo hecho en la plataforma.
El arqueólogo quiere identificar a quienes hicieron la destrucción, y en ello Quispe cuenta que hace años hubo el anhelo de convertir al lugar en sitio turístico. “Pero parece que la Alcaldía y las autoridades no pudieron coordinar y todos quedaron desanimados”.
Estévez anota y mide todo, saca fotos a piezas de cerámica y algunos huesos humanos hallados ahí. Sin embargo, ahí no acaba todo.
En el lado sur de la misma plataforma, las piedras pulidas que sostenían un muro de contención yacen extraídas y amontonadas. “La pared ya no existe, este daño es irreparable”, masculla Estévez.
A ello se suma que un viaducto, tallado en roca, está también a punto de caerse porque la pared que lo sostenía fue arrancada.
El comunario Rodríguez recuerda que en la década de los años 80, un grupo de 45 campesinos hizo trabajos de limpieza. Sin embargo, en agosto las ruinas fueron otra vez removidas y, según el especialista, de manera colectiva.
Más al sur, un portón hecho en piedra de arenisca de un metro y 30 centímetros de ancho y dos metros de largo sigue firme aún. Pero al lado y sobre una peña fue esculpido un burdo muñeco. “Esa fue una iniciativa de los jóvenes”, admite con ingenuidad Rivero.
“Es horrible y dicen que es para la atracción turística. El daño es inmenso, no sé si podremos trabajar en estas condiciones”, refiere Estévez. “Esto no estaba aquí en el 2001 y menos el 2004”. Los lugareños hicieron labores por su cuenta y destruyeron el patrimonio, algo penado por las leyes.
Sobre las 14.10, el grupo desciende con la tristeza a cuestas. Mientras los campesinos ignoran el daño, es hora de retornar.
Jesús Condori, alcalde de Yaco, municipio al cual pertenece Konchamarka, asegura que no está al tanto de los daños. “A mí no me dijeron nada (los comunarios); como Concejo Municipal, nosotros mandamos una nota para que no hurguen nada. Ahora estamos haciéndolo limpiar y veremos quiénes hicieron el destrozo”.
Al menos, la autoridad promete mejoras en los caminos con la esperanza de que la región atraiga a los turistas. Mientras, el arqueólogo y la Unar notificaron al Viceministerio de Desarrollo de Culturas.
Konchamarka todavía domina el valle, pero gran parte de sus ruinas fueron destruidas. Si hace siglos fue inexpugnable, hoy queda poco de su glorioso pasado.