¿Quién hubiera imaginado en los años 90 cuando el neoliberalismo reinaba sin competidores que una década después Latinoamérica conmemoraría los 40 años del asesinato del Che con varios gobiernos socialistas, y una fuerte retórica antiimperialista que suena hasta en la Asamblea General de las Naciones Unidas? Después del fracaso de las reformas estructurales observamos un rotundo éxito de la izquierda en varios países del continente, que llega con avalanchas de votos a los gobiernos. Así, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, en parte Argentina, Chile, Brasil y Uruguay, se declaran de una u otra forma gobiernos progresistas, nacionalistas o de izquierda, a los que se suma el menos novedoso régimen cubano.
Pero con todo esto, ¿la izquierda salió de la crisis programática de los 90 con el propagandizado socialismo del siglo XXI? ¿Cómo entender la aparente paradoja de que gobiernos guevaristas como el boliviano lleven adelante programas económicos enmarcados en el capitalismo desarrollista, como los que predominaban en Bolivia cuando el alzamiento del Che, más que proyectos socialistas que no recomiendan ni siquiera los asesores cubanos? ¿Hay en marcha un nuevo socialismo o una nueva versión de un capitalismo con rostro humano? ¿Cómo evitar los problemas de la fracasada economía de comando soviética sin caer en el capitalismo de Estado nacionalista de los años 50?
El presidente Rafael Correa dice que el socialismo en Ecuador es distinto al de Chávez y que tiene muchas cosas en común con Michelle Bachelet (quien no es partidaria de ningún socialismo), en Venezuela grandes empresarios y banqueros se han declarado socialistas, en Argentina Kirchner le dijo a Chávez: Hugo, dejate de joder con el socialismo, eso es cosa del pasado y en Bolivia Álvaro García Linera definió el modelo en marcha como capitalismo andino.
Lo cierto es que la izquierda logró recomponer su legitimidad sobre la base de programas económicos tibiamente keynesianos (lo máximo que las sociedades parecen tolerar), muy alejados del anticapitalismo pese a la retórica imperante. Todo ello en el marco de proyectos políticos con tintes neoperonistas y/o neokadafistas, donde la autodeterminación popular choca con formas caudillistas de control estatal (¿por qué, sino, la primera institución del nuevo Partido Socialista Unidos de Venezuela es la comisión de disciplina?). Y, en lo social, se percibe fuertes dificultades para escapar a una nueva versión del modelo asistencialista.
Sin embargo, el socialismo (de cualquier siglo que sea) no debería evadir algunas cuestiones básicas: la construcción de una nueva institucionalidad democrática y participativa, la cuestión neurálgica de la redistribución progresiva de la riqueza (como superación gradual del asistencialismo necesario sin duda en una primera etapa) y la consolidación y ampliación de los derechos ciudadanos y sociales. En los años 70, quien proponía esto recibía inmediatamente el poco simpático mote de socialdemócrata. Hoy, posiblemente el de ultraizquierdista incurable.
*Pablo Stefanoni
es periodista y fue asesor
de Palacio de Gobierno
en la actual gestión.
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