El fin de semana y sobre todo ayer, lunes, 40 aniversario de la ejecución de Ernesto “Che” Guevara en La Higuera (Vallegrande), la televisión, radioemisoras y los periódicos nacionales han dedicado gran parte de su labor a realizar homenajes al guerrillero argentino-cubano, pero nadie (excepción de un programa de Carlos Valverde con el general Gary Prado en Santa Cruz) ha tratado de interesarse del sacrificio y valor que demostraron las tropas de nuestro Ejército en la sangrienta campaña de Ñancahuazú.
Todos estos demócratas de pacotilla que andan dispersos entre el Gabinete, el Congreso, la Constituyente y los medios, no han guardado recato alguno en ensalzar la figura del “Che”, de los invasores cubanos y sus cómplices bolivianos, pero ignorando, a propósito, a las Fuerzas Armadas y recluyendo al Ejército a sus cuarteles para, como si nuestros militares fueran unos indeseables, recuerden solos, a su más de medio centenar de muertos, y además viudas y huérfanos.
Es un desprecio y una ofensa al Ejército Nacional que se haya anunciado la presencia del Presidente de la República en los homenajes a Guevara, junto a guerrilleros que lucharon al lado del “Che”, matando a nuestros soldados. Es una desvergüenza. Estarán por cierto los intrusos de siempre: los embajadores de Cuba y Venezuela; esos embajadores que sí pueden decir lo que les dé la gana en este país sin que el canciller Choquehuanca se mosquee ni les pida cuentas de nada.
Los jefes, oficiales y tropa que enfrentaron la invasión cubana han pasado al más completo anonimato. En eso hay que reconocer que ganó la izquierda. Hasta el general Barrientos, que tenía más cojones que nadie, ha sido relegado de la memoria popular por la acción de los guevaristas. Y así ha sucedido con el entonces coronel Zenteno Anaya y con oficiales como Gary Prado, Mario Vargas Salinas, Selich, Ayoroa, los hermanos Galindo, y muchos más que tuvieron que combatir a la guerrilla.
Pero, además, se han olvidado de la tropa, de aquellos soldados que llegaron de todas las comarcas sin instrucción y con hambre. A esas tropas mal equipadas —que eran como los “repetes” de la guerra con Paraguay— hubo que entrenarlos, alimentarlos, orientarlos, para el enfrentamiento. Y los resultados fueron excelentes porque el Ejército combatió sin tregua hasta arrinconar y luego cercar a Guevara y su gente hasta rendirlos.
¿Y los vencedores no participaron ayer de los actos? ¿Sólo los perdedores se reunieron a festejar en nuestras narices? ¡Hay que tener cuero! Los que no pegaron un tiro están hoy de plácemes, con banderolas y slogans como en un partido de fútbol. Se anuncia la próxima instalación de una estatua de siete metros del “Che” en El Alto. El Cristo de la Muerte recordará a las viudas y los huérfanos de Ñancahuazú que éste es un país de ingratos.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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