Por: Evo Morales Ayma Presidente de la República de Bolivia
Si hoy los bolivianos podemos celebrar 25 años de democracia es gracias a la lucha, a la convicción y a la firmeza del pueblo boliviano y no a las concesiones de la clase política. Históricamente, todos nuestros avances democráticos –desde el voto universal en 1952, hasta el referéndum el 2004 y la Asamblea Constituyente el 2006– han sido conquistas del pueblo y de los sectores más marginados de la sociedad permanentemente lastimados y despreciados por el poder. Por eso –porque nos ha costado sangre, vidas y sufrimiento– tenemos que defender nuestra democracia y nuestras libertades para construir un país sin discriminación, con justicia social y con igualdad.
Hoy, después de 25 años de democracia, estamos obligados a preguntarnos por qué no se ha podido construir una Bolivia con trabajo, con salud, con educación y con derechos para todos. La respuesta está en las calles y en las páginas de la historia: durante todos estos años la democracia ha estado sometida a los intereses de unos pocos y no a los de la mayoría. Esos pocos son los políticos de élite que desde 1985 decidieron repartirse el poder, turnándose en el gobierno, enriqueciéndose del Estado, traficando con la política y agigantando sus privilegios mientras la gente padecía la pobreza en las calles, la desocupación y el olvido de sus derechos más elementales.
Ese mismo pueblo indígena, mestizo, campesino, minero, cholo, obrero y diverso –del campo y de la ciudad, de los barrios y de las comunidades, de oriente y occidente– es el que ha resistido con dignidad y heroísmo la más brutal de las marginaciones para
rebelarse ante la política del negociado, de la humillación de la patria, de los dólares fáciles y de los gastos reservados para llevarnos, con el voto y con las urnas, a esta Revolución Democrática y Cultural que hoy empezamos a vivir plenamente.
Por eso, hoy podemos decir que –con el impulso y la valentía del pueblo– la democracia está cambiando, se transforma, se amplía, se profundiza; empieza a llegar donde nunca llegó. Este proceso histórico, pacífico, profundo e imparable, es una respuesta contundente a 20 años (1985-2005) durante los que hemos padecido el desmontaje y la destrucción del Estado, la restricción de la soberanía, la dependencia de países extranjeros, la privatización y el saqueo de nuestros recursos, el intercambio pactado del poder entre los mismos y la absoluta sumisión a las instrucciones y los intereses de los organismos y las empresas transnacionales.
Es la conciencia del pueblo la que está cambiando la democracia. Es la vivencia y la lucha de los movimientos sociales la que está haciendo que la democracia se ocupe de las cosas que realmente preocupan a la gente pobre y necesitada: de los servicios básicos, del agua y de la luz, de la alimentación, del trabajo, de la educación de los niños, de la salud, de la vivienda, de la seguridad, de la justicia, de los salarios…
La democracia no puede ser una fachada decorativa que oculte a un pueblo condenado a la pobreza perpetua. La democracia es mucho más que el voto rutinario cada cuatro años. La sangre de la democracia –su vitalidad– está en la participación, en la convivencia, en el respeto a la diferencia, en la comprensión de que nuestras raíces indígenas, nuestras culturas, lenguas, costumbres y mezclas nos enriquecen como un país con un enorme potencial y con un futuro de desarrollo que hoy, por primera vez, nos pertenece.
Para construir ese futuro que nos pertenece, los bolivianos tenemos la Asamblea Constituyente como la gran demanda y el gran desafío de nuestra democracia. En este nuevo milenio, el pueblo espera que nuestra democracia sea capaz de acabar con la mentalidad colonial, con esa cultura racista heredada que nos quiere empujar a la discriminación, a la división y al enfrentamiento entre hermanos. Todos los intentos para acabar con la Constituyente, para dividir al país y para llevarnos a la violencia proceden de los que nunca creyeron en una democracia para el pueblo porque siguen pensando que la riqueza, la tierra, el gas, la educación, la salud y el bienestar son patrimonio exclusivo de unos pocos privilegiados.
En democracia, no puede haber privilegios ni privilegiados. La democracia tiene que servir para buscar la solidaridad, la igualdad y la redistribución de la riqueza. Pasó el tiempo de la democracia “pactada” a golpe de maletines y repartijas bochornosas. La democracia tiene que ser hoy sinónimo de liberación de los recursos naturales, de vigencia de derechos, de generación de equidad. Hoy que el mundo reconoce los derechos de los que históricamente hemos sido desposeídos y condenados –con la aprobación en Naciones Unidas de la Declaración de los Derechos de los Pueblos Indígenas– nuestra democracia no puede seguir dando la espalda a todos aquellos (indígenas, mujeres, jóvenes…) que quieren contribuir a construir un país sin ciudadanos de segunda categoría.
Después de 25 años, la democracia empieza a ser patrimonio de todos. De todos es también el desafío de continuar con la lucha por la libertad, la independencia, la igualdad y la justicia en esta patria que nos acoge. Con la memoria, el sentimiento y el homenaje a todos aquellos que dejaron la vida para llevarnos hasta donde hemos llegado.
“La democracia es mucho más que el voto rutinario cada cuatro años. La sangre de la democracia está en la participación, en el respeto a la diferencia…”
El perfil
El hombre • Nació el 26 de octubre de 1959, en la región de Isallavi, Oruro.
La trayectoria • Actual Presidente de la República. Líder del MAS y principal dirigente de los cocaleros del Chapare.