Por: Carlos D. Mesa Gisbert Ex presidente de la República de Bolivia
Al atardecer del 10 de octubre de 1982, con el cielo del crepúsculo y una extraña luz azul amarilla, miraba desde el centro de la plaza principal de La Paz al Palacio de Gobierno. Allí estaba el presidente Siles con banda y medalla, el vicepresidente Jaime Paz, Toño Araníbar, Jorge Kolle y casi una multitud que copaba el largo balcón central del segundo piso. El grito de ¡UDP, UDP, UDP…! rebotaba en los cuatro costados de la plaza y en el fondo de mi corazón. Una inmensa alegría que compartíamos con varios periodistas amigos que habíamos seguido la epopeya de la reconquista de la democracia desde los aciagos días de noviembre de 1979. Era como el contraste de una foto en blanco y negro y otra en colores. Tres años antes, la sombra de los tanques delante del Palacio Legislativo, los oficiales de boina desafiantes sobre los grandes aparatos y la frustración por el tiempo de la esperanza quebrado una vez más. Y ese día la sensación de que se escribiría otra historia con el eje afincado en la nueva generación que acompañaba al Presidente. Tenía entonces 29 años y trabajaba como periodista en radio Cristal, pocos días después me haría cargo de la subdirección del periódico Última Hora, que dirigía Jorge Siles, hermano del Presidente.
El 17 de octubre del 2003 a las 10 y 25 de la noche llegué a esa misma plaza. Era noche cerrada, habían pasado 21 años y siete días desde esa jornada augural. Llegaba a jurar al cargo presidencial y otra vez me había topado con tanques resguardando las esquinas de la plaza, después de casi un mes de revueltas que parecían interminables y amenazaban con convertirse en guerra abierta contra el gobierno del presidente Sánchez de Lozada. En febrero del 2002 había dejado 23 años de periodismo y de trabajo como historiador por la política, sin soñar siquiera que llegaría a la Presidencia de la Nación y mucho menos en circunstancias tan dramáticas como las que debía encarar. Pero el caso es que estaba allí, en el centro geográfico del poder ascendiendo los pocos escalones de mármol de ingreso al Palacio del Congreso. Cuando entré al hemiciclo me pareció muy oscuro, tenebrista, como el escenario de una obra teatral que requiere de un clima denso consonante con el dolor, la violencia y la muerte que habían acompañado esos días. Nuestra democracia pasaba la peor de sus pruebas desde 1982. Era el mismo mes de octubre, pero otro octubre. Tan distinto al de un par de décadas atrás, tan aciago éste, pero a la vez tan cargado de desafíos, que me electrizó de tal modo que comprometí una agenda que debía cambiar de manera profunda el país herido que me tocaba conducir.
El balance de 21 años de democracia cuyo nuevo ciclo me tocaba abrir es tan complejo, como complejo y paradójico fue su desarrollo. En realidad no nos dimos cuenta de que los supuestos sobre los que se armó el andamiaje democrático, no tomaron en cuenta que el 52 no había llegado más allá de la superficie en algunas cuestiones esenciales, que apenas arañó y que maquilló de modo entonces aceptable, pero a todas luces insuficiente. Los viejos y profundos rencores, las cuentas no saldadas con la historia, la gigantesca brecha entre unos y otros, estaba allí, apenas tocada, presente, con una fuerza solo contenida, solo oculta, solo subterránea en los corazones de millones de compatriotas. Casi todos quienes condujeron el Gobierno y construyeron las élites de poder entre 1982 y 2003, dieron por hecho lo que no estaba hecho, por resuelto lo que estaba pendiente. La materia en que nos habíamos aplazado se dio por aprobada. El debate, tan característicamente ideologizado por la confrontación entre liberalismo y marxismo, entre economía abierta y economía planificada, entre democracia liberal y socialismo, era un debate de superestructura entre intelectuales y políticos formados en una lógica que a la vuelta de unos años demostraría su insuficiencia en la lectura correcta de nuestra compleja realidad.
La democracia boliviana pos 82 tiene cuatro momentos muy claramente definidos: 1982-1985, la construcción democrática real a costa de un descalabro económico que puso al país al borde del colapso. 1985-1997, el giro histórico, la sustitución del Estado del 52 por una visión de modernidad expresada en el 21060 y las reformas estructurales del periodo 93-97. 1997-2003, la crisis del modelo y de la propia democracia, la ruptura Estado-sociedad y el hundimiento de un mecanismo que había construido una costra dando la espalda al pueblo. 2003-2007, la nueva propuesta de democracia en pleno proceso, a partir de una nueva agenda democrática con el concepto de participación y construcción desde la base, aún en gestación y en el contexto de más incertidumbres que certezas. Esos cuatro momentos marcan sus aciertos y errores, y explican las ideas sobre las que se construyó, a la vez que permiten vislumbrar las graves debilidades que acabarían por hundir el meticuloso andamiaje que construyó el poder político, económico y social de una nación gobernada siempre por el vértice de una pirámide que interpretó la realidad, la modeló y la adaptó a su propia visión e intereses, alguna vez con éxito, las más de las veces simplemente tapando a la fuerza una gigantesca olla de presión que cuando estalla pone todo de cabeza, o por lo menos pone de cabeza a las cabezas que la idearon.
“La democracia boliviana tiene cuatro momentos claramente definidos (…) Marcan los errores y aciertos, y explican las ideas sobre las que se construyó”
El perfil
El hombre • Nació en La Paz el 12 de agosto de 1953. Estudió Ciencias Políticas y Literatura.
La trayectoria • Fue Presidente del 17 de octubre del 2003 al 9 de junio del 2005.