En el Norte de Potosí se formaron algunos de los sindicatos mineros más aguerridos y varios de los campesinos. Estos últimos, cuando tenían que redactar documentos o darlos a conocer, decían “llamen a los compañeros zapatos”, que eran los universitarios. El nombre, claro está, viene de que utilizaban otro tipo de calzados diferentes a las abarcas campesinas o las botas mineras.
Y los compañeros “zapatos” iban hacia las comunidades e interactuaban con ellas. Esta historia me llegó pocos días antes de que se cumplieran los 25 años de democracia ininterrumpida.
Llovieron los homenajes a personas que lograron con su lucha y sacrificio las libertades de las que hoy gozamos. Entre ellas se encuentran cuatro mujeres mineras cuyos maridos militaban en el Partido Obrero Revolucionario y en el PRTB (de línea guevarista) que iniciaron la más histórica de las huelgas de hambre.
Pero quizá haya que guardar un homenaje especial para los anónimos. Para las familias que protegieron en sus casas a los perseguidos, para los que llevaron mensajes poniendo en peligro su integridad, para quienes salieron a las calles a arriesgar sus vidas, para los que pintaron en las paredes el grito de ‘Libertad’ y para los “compañeros zapatos” que combinaron su estudio con el trabajo hacia las comunidades, hacia los barrios, hacia la Bolivia profunda.
Estos 25 años fueron de siembra. A veces vino la helada y dejó pocas semillas, a veces vino la sequía (sobre todo de ideas), a veces las inundaciones.
Pero aun así, nada de esto pudo detener la llegada de la primavera, para parafrasear al siempre vigente Pablo Neruda.
Y ahora hay que ver los próximos 25 años. Deseo de todo corazón que los hijos de los “compa- ñeros zapatos” sigan los pasos de sus padres y unan universidad con la Bolivia de los ninguneados.
Y claro, para eso la universidad pública actual tiene que revisar su posición actual. Una casa de estudios superiores tiene que desarrollarse en autonomía y con plenas garantías para que incluso grupos de extrema derecha (como es el caso de Santa Cruz) puedan actuar en su interior, pero también debe comprender que se debe al pueblo, que la mantiene.
Las actuales universidades públicas dejan mucho que desear en la formación de los estudiantes, pero dejan más aún a nivel de contribución a la sociedad.
La idea de una Universidad que vaya al campo y a los centros productivos sale solamente para las elecciones cuando hay que hacer proselitismo y después desaparece. Lo propio ocurre con la generación de ciencia, tecnología y cultura. Por supuesto, hay excepciones, hay docentes, estudiantes y autoridades comprometidas con una mejor universidad, pero no es la media.
Lamentablemente, para muchos la Universidad es sólo un espacio para ganar un sueldo y nada más. Y para muestra un botón: las universidades públicas han dejado de ser referente nacional y de dar respuesta al conjunto de los bolivianos. Habrá que volver a ponerse los viejos calzados y esperar que alguien diga “llamen a los compañeros zapatos”. Y así construir democracia al andar.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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