Después de intoxicarme con el guevarismo de los últimos días; de protestar porque S.E. se vaya a rendirle homenaje al Che; de ponerme agrio escuchando las declaraciones del Comandante en Jefe de las FFAA restándole importancia al jolgorio de La Higuera; de leer a tropezones las trampas que se quieren hacer con los recursos del IDH; de estar a la espera de si revive la Constituyente o si se va al tacho; de leer y escuchar loas a una democracia que está cumpliendo 25 años con una sífilis galopante; de taparme las orejas para evitar unos discursos más atravesados que eje de carretón y con una pronunciación de Churubamba, he decidido, por fin, animarme a arreglar mi biblioteca, que no tiene 25.000 volúmenes (leídos además), pero que no está tan desnutrida tampoco.
Nada debe ser más difícil que poner una biblioteca en orden. “Para eso hay bibliotecarios”, me dicen mis amigos. ¿Pero que hace uno con un bibliotecario metido en casa toda una mañana o una tarde, días de días? Y ahí viene la desgracia. El no saber por dónde empezar. ¿Por los autores bolivianos? ¡Perfecto! ¿Pero por los historiadores, los novelistas, los poetas, los internacionalistas? ¿Por abecedario? ¿Por dónde? Lo mismo sucede con los autores extranjeros. ¿Literatura? ¿Filosofía? ¿Historia? ¡Es un disparate total! ¡Es un trabajo imposible!
Tengo seis estantes de madera. Tres grandes y tres de menor tamaño. Y tengo algunos libracos en un depósito. Hace un tiempo quedé con la columna deshecha y las piernas acalambradas luego de batallar, sudando, para acomodar más o menos mis libros. No era una perfección pero por lo menos sabía dónde podía encontrar lo que buscaba, aunque me tomaba tiempo. Obviamente que yo no tengo un fichero con letritas y numeritos para conseguir lo que quiera en un minuto. Pero, en fin, las cosas estaban bien y cada día las acomodaba mejor.
Mis libros están todos en la segunda planta de mi casa. No tengo ni un solo ejemplar en la parte social. Hace poco tiempo llegué de uno de mis periódicos viajes a Santa Cruz y María Teresa, mi mujer, me dice con una amplia sonrisa de felicidad: “He cambiado todas las alfombras del segundo piso”. Me alegré y la abracé. Y de golpe sentí terror. Sudé frío. Subí a largas zancadas hasta arriba y me encontré con lo que esperaba. Mis libros estaban amontonados sobre la alfombra nueva. Claro, habían tenido que mover los estantes de madera y para retirar los libros. “Elemental, Watson”. No se me había pasado la macurca del último y heroico arreglo y ahí estaban mis libros, amontonaditos, desempolvaditos, pero mezclados: René Moreno con Ortega y Zolá; Finot con Sade y Santa Teresa; García Márquez con Zavaleta y Malaparte. Por lo menos mis colecciones de la I y II Guerra Mundial, los libros de historia antigua, y mis queridas campañas napoleónicas, estaban un tanto apartadas del montón. Eso lo podría ordenar en un día. Pero ¿y el resto? Me quedé mirando a mi mujer y a la alfombra nueva color bordó, aturdido por el olor a clefa, que después me gustó. “Creo que vas a tener trabajo”, me dijo. “¿Pero te gusta el color de la alfombra?”.
Y heme aquí. Mientras María Teresa está en Santa Cruz desde hace no sé cuántos días, yo estoy, solo, a punto de herniarme, llevando y trayendo libros de una habitación a otra. Con el espinazo hecho migas. Y con una tembladera en las piernas que ya no soporto. Y todavía mi mujer me llama y me pregunta si me estoy portando bien. “¿Ya te pasó el mal humor con lo de los libros?”, me dice. “Acuérdate que ese ejercicio te va a sentar de maravilla”.
En eso estoy: haciendo ejercicio. Debe ser el ejercicio más cruel ese de agacharse y levantarse, con peso en los brazos, y andar y volver a ponerse en cuclillas y gatear, y tropezar, para, al final, no encontrar los libros que ya estaban apartados y volver a buscarlos. Pues ahí vamos y aunque he avanzado bastante, cada vez que paso por un estante saco un libro y lo llevo a otro lugar. Creo que se me está haciendo una manía. Mejor nomás debe ser leer en las arrugas de los viejos.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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