Algunos paceños están molestos con el apoyo casi unánime que tiene en el país la causa sucrense en el debate sobre la capitalidad. Y eso les lleva a reprochar al resto de los bolivianos, que vendrían a ser unos malagradecidos con La Paz, una ciudad que se habría sacrificado en aras de la unidad nacional.
Nunca antes los sucrenses habían sido tan bien vistos por el resto del país, tan simpáticos, dice una lectura algo risueña. Y nunca La Paz había recibido semejantes muestras de rechazo.
Una probable explicación es que si bien el centralismo paceño, como todo centralismo, es antipático por ser centralismo, mezclado con pretensiones hegemónicas aymaras llega a ser insoportable. Y es capaz de producir las unanimidades mencionadas.
No es que los bolivianos estén en contra de La Paz, ni odien a los paceños; lo que ocurre es que no les gusta esta corriente de hegemonía aymara, que incluso se presenta como un propósito de imponer la supremacía racial aymara en todo el resto del país.
Por lo tanto, si la corriente mayoritaria apoyaría ahora un traslado de la sede del gobierno, no estaría inspirada en el propósito de molestar a los paceños, sino en el deseo de expresar una actitud de rechazo a las pretensiones hegemónicas. El tema de la capitalidad se ha convertido en una especie de referéndum nacional sobre si se acepta o no la hegemonía aymara.
Cuando hubo el último cambio de gabinete, el canciller David Choquehuanca dijo en su discurso que ahora, “señor Presidente, todos los bolivianos estamos esperando el retorno de Pachakuti”. En la plaza de Tarija pregunté a un amigo si sabía cuándo regresaría Pachakuti. Me dijo que no sabía, porque quizá se fue a España.
Parece que la mitología aymara, y andina en general, no alcanza a todo el país. Al fin y al cabo, dos tercios del territorio boliviano no es ni aymara ni andino.
En los 182 años de existencia del país, ninguna minoría étnica había pretendido imponer una hegemonía. Y se nota que ya es tarde para que lo hagan. Ya existe la nación boliviana.
La pretensión hegemónica aymara, que postula el Gobierno incluso en contra de muchos aymaras, esos maestros del comercio que predominan en el país, ha provocado que surjan algunas críticas que nunca se habían expresado hasta ahora. Algunas de ellas aluden a las deficiencias de las culturas andinas.
Por todo ello, y para no seguir hurgando este tema tan difícil, a los bolivianos tal vez les convenga ahora seguir avanzando en la consolidación de la nación boliviana. Pero sin hegemonías y menos supremacías raciales.
La fórmula podría ser la que ha producido la república, los mestizos que ahora representan 64 por ciento de la población.
El tema es difícil, pero es de lo que se llama una “candente actualidad”. Si se van a crear 36 naciones, o reconocerlas y fortalecerlas, sería a costa de debilitar la nación boliviana.
Una de las muestras de las contradicciones que podrían surgir se dio en estos días. Una etnia, que reclama tierra y territorio, dice que tiene derecho a talar y quemar la reserva del Choré, en Santa Cruz. La nación boliviana había declarado a ese territorio “reserva nacional”. Las leyes para el tratamiento de los bosques que tiene la nación boliviana le han dado el honor de recibir un premio internacional.
*Humberto Vacaflor G. es periodista
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