El pasado día 10 celebramos los 25 años de reimplantación de una democracia, por cierto, extremadamente agitada. Tanto, que sufrió un “golpe constitucional”, expresión que, en sí misma, ya es una aberración. Lo de “golpe” está claro porque hubo revuelta, violencia, 60 muertos y el subsiguiente derrocamiento de un Presidente legalmente elegido, aunque había perdido su legitimidad por su tolerancia con el reparto de las prebendas del Estado y otros graves desaciertos. La estocada final la dio el movimiento sedicioso capitaneado por el MAS. El otro término de “constitucional” sólo es excusable porque, derribado Sánchez de Lozada, la sucesión del Presidente se cumplió según el orden hereditario constitucional y el subsiguiente llamado a elecciones nacionales. La democracia de estos últimos años no fue pues tan paradisíaca como se dice. Y todavía nos queda mucho por ver. Tan dudosa es la vocación democrática del MAS que, justamente cuando las grandes instituciones conmemoraban las bodas de plata democráticas, el Jefe de Estado se manifestaba entusiasta partidario del zafio régimen autoritario impuesto en Venezuela por el verborrágico engolado Hugo Chávez.
Dicho esto, por poco que observemos cuáles son los fundamentos de un sistema democrático, tendremos que remitirnos, ante todo, a la observancia de un Estado de Derecho, regido por una Constitución aprobada y promulgada por consenso de los legítimos representantes del pueblo soberano. Ya dijo el segundo Presidente de los EEUU, John Adams: “No somos un gobierno de hombres sino de leyes”. Abstracción claramente referida al fiel sometimiento de los gobernantes a la ley de leyes. Habrá también que recordar la necesidad históricamente comprobada de la división y equilibrio de los tres poderes del Estado, precisamente para hacer imposible la imposición de uno de ellos sobre los otros dos. Peor aún cuando la prepotencia la ejerce una persona de modo arbitrario y grosero, como está sucediendo en Venezuela. Hacía tiempo que no veíamos cosa igual en América Latina. Aplaudir, pues, las dictaduras caribeñas, es un escarnio, tanto mayor cuanto que lo más granado de las instituciones de Bolivia celebran los 25 años de la renovada democracia. ¿Y el presidente Morales ve con gusto que su camarada Chávez tenga bajo sus pies al Parlamento, a la Justicia, al Tribunal Electoral y a todo el andamio público que entendemos como Estado, y a la prensa privada de su libertad? ¿Qué es eso? Una vez hecho este breve repaso de los cimientos de toda democracia, todavía hay que añadir otro. Y es el compromiso operante de los ciudadanos en preservar y perfeccionar el sistema. Tan importante cometido requiere de una previa condición y es lo que llamamos “sentimiento constitucional”. Obsérvese que no hablo del “cumplimiento” de la Constitución —sin duda imprescindible— sino del “sentimiento” que precede a todo acto libre del ciudadano y es la disposición del ánimo a observar el espíritu y la letra de las normas de la convivencia civilizada. Más exactamente, a una Constitución justa y consensuada por los diversos estamentos de la sociedad. Automáticamente repudio cualquier remedo de Constitución amañado por un conglomerado social inorgánico y aplastante.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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