Lacan dice que la conversación en un eterno malentendido, podríamos añadir lo evidente, que la palabra da lugar a equívocos y ambigüedades que son utilizados por quienes aplican las premisas de la propaganda, que algunos regímenes autoritarios del pasado siglo utilizaron para justificarse.
Este parece el caso. Las palabras, la retórica, las consignas, las imágenes, expresan significados que retratan la realidad cotidiana. La palabra ´cambio´ parece —como contenedor— permitirlo todo y justificarlo todo, aún el vacío de contenido de ese contenedor en un momento en el que la sociedad apuesta por un cambio, sobre la experiencia del hundimiento en octubre del 2003 de una forma de administrar la democracia y el Estado.
La asunción de Evo Morales producto del masivo voto popular, tenía mucho que ver con esa palabra, pero ésta a su vez necesitaba ser llenada de una propuesta de país que nos permitiera acompañar el proceso, no sólo por la legitimidad de la representación genuina de un indígena en la presidencia, cerrando la página de la inclusión que históricamente abrió la Revolución de 1952, sino también porque vivimos el momento de mayor bonanza económica del último medio siglo. Todo esto permitía al Gobierno el diseño de una estrategia de transformaciones que ninguno de sus antecesores tuvimos, con la posibilidad de un salto que podía colocar a Bolivia en un escenario impensable hace apenas un lustro. Triplicar o cuadruplicar el PIB nacional y las exportaciones del 2005 en una sola década, con un crecimiento promedio de entre 5 y 7% en ese periodo, no parecía en absoluto descabellado, pero sobre todo reorientar estructuralmente la idea de crecimiento y el concepto de inversión social, que diera pie a un salto especialmente a los pueblos indígenas del área rural.
Pero el Gobierno se halla enredado en problemas que no le permiten comprender la dimensión de su desafío. El primero es el de sus propias tensiones (muchas de ellas no sólo víctimas de la radicalidad, sino de la confusión). El ensamble entre indigenismo y marxismo parece cada vez más improbable, peor aún si a esto se añade la idea vacía del ´socialismo del siglo XXI´. El segundo tiene que ver con el manejo errático de la Asamblea Constituyente tutelada por el Poder Ejecutivo en la búsqueda de una hegemonía que, estéril hasta hoy, intenta negociar una salida dialogada ante el peligro de su descalabro. Las cosas están así no sólo por una mala negociación de la ley de convocatoria y un grave error al decir ´no´ a las autonomías, sino porque los bolivianos nunca conocimos el proyecto de Constitución del Gobierno, muy probablemente porque éste no lo tiene claro hasta hoy. El tercero, porque el Presidente está convencido de que él y sólo él encarna al MAS, al cambio y a los indígenas y que sólo él puede conducir este proceso en el largo plazo. Ante la inexistencia de un proyecto de país, nos ofrece un proyecto de poder personal con un peligroso culto a la personalidad. El cuarto, porque el equipo de gobierno no tiene experiencia y no ha demostrado capacidad de gestión. Un superávit fiscal del 5% el 2006, no ha sido acompañado por el diseño de una inversión pública que dé señales claras de la dirección de la nueva sociedad que se busca. El resultado inmediato es un crecimiento inferior al 4% y una inflación que amenaza superar el 10%. El quinto, porque las palabras han generado una ilusión. Una nacionalización que no nacionalizó nada, pero espantó a los inversionistas, una reforma agraria que no es otra cosa que la ley INRA de Sánchez de Lozada con maquillaje y un mar de retórica ´revolucionaria´ llena de frases hechas que una vez pasado el viento desaparecen.
Cambiar no puede basarse en bonos asistenciales copiados del Bonosol, cheques extranjeros sin fiscalización congresal ni inscripción en el presupuesto con el añadido inaceptable de que ´los corruptos son los otros´, uso discrecional de recursos y equipos de otra nación con la pretensión de que hoy no hay gastos reservados, para no hablar de la indignidad de un Primer Mandatario circulando por el mundo en aviones de una fuerza aérea extranjera y con seguridad ajena (quisiera ver al presidente Morales como opositor opinando y actuando en el caso de que otro Presidente volara en un avión con bandera de otro país, los Estados Unidos, por ejemplo. El escándalo político y mediático todavía no habría terminado).
El resultado es complejo porque nos coloca ante lo insólito, como la anunciada escasez de energéticos en el país, particularmente GLP y diesel. Todavía funciona aquello de que en menos de dos años no se puede arreglar los desaguisados de veintitrés años de ´neoliberalismo´ (otro marbete para estigmatizar el pasado democrático), pero dejará de funcionar y la demanda del pueblo exigirá respuestas de quienes eligió sin transferencias, artificiales o no, de culpas a terceros.
Terminemos con la idea de que todo se resuelve con la amenaza velada o explícita, con el adjetivo y la diatriba. Este debe ser un debate de ideas con ideas y de obras que reflejen el cambio y no un juego de palabras contaminadas por significantes que las vacían de valor en función de objetivos de espíritu mezquino. Bolivia no está dividida en quienes apoyan a Evo y quienes se le oponen desde la ´derecha´. Bolivia es una nación plural, en la que el cambio real puede llenarse de verdaderos contenidos sin mala conciencia, ni gratuitos complejos de culpa.
P.D. El Referéndum del 2004 comenzó la recuperación de nuestros recursos naturales. No leí bien la respuesta popular. Ciertamente me equivoqué en esa lectura. No promulgué la Ley de Hidrocarburos y quizás debí hacerlo, pero no esa ley del Congreso que si bien respetaba la filosofía del mandato popular, incluía entre otras aberraciones un YPFB descuartizado, un IDH mal repartido y varias incongruencias técnicas flagrantes, entre otras las referidas a políticas coherentes de industrialización.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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