Confieso que Sherlock Holmes nunca me gustó. Cuando lo leí era un mojigato y me perturbaba el que eventualmente se inyectara una ´solución al siete por ciento´ de cocaína. Pero, sobre todo, me desconcertaba su tendencia a llevar la deducción detectivesca, que consideraba una derivación práctica de la ciencia, al nivel extraordinario de la premonición y de la magia. Por los residuos de tierra de sus zapatos, Holmes averiguaba qué había hecho el sospechoso el día anterior; de su marca de cigarrillos, concluía que había vivido en la India y la profesión que tenía. Todo lo cual me parecía artificioso e inverosímil.
Años después cayó en mis manos un precioso libro titulado El signo de los tres, en el que un grupo de pensadores estudiaba el, por así decirlo, aporte de Sherlock Holmes a la filosofía de la ciencia. Aprendí allí que el creador del detective, Arthur Conan Doyle, perteneció a una generación de hombres que, en el siglo diecinueve, creyó posible esclarecer todos los fenómenos naturales y humanos por medio de un vigoroso ejercicio de la razón. Doyle incluso pensaba que se vencería la barrera de la muerte, encontrando la forma de comunicarse con los espíritus que, desde el otro lado, nos hablaban. (Fue un connotado espiritista, pero en este terreno también aplicó los parámetros de validación que observaría un físico en su trabajo, o, mejor, que emplearía Holmes en una investigación criminal).
Los resultados históricos de este optimismo positivista han sido de lo más variados. El espiritismo es una farsa, pero es posible que, pese a mi escepticismo juvenil, Doyle haya logrado describir una variante muy especial del descubrimiento científico, que mezclando reglas generales (la química de las gredas londinenses) e indicios puntuales, como la reparación de una determinada calle, consigue lo que coloquialmente llamamos ´el chispazo´.
El propio Doyle tuvo uno de estos chispazos cuando actuó como detective en la vida real, según nos cuenta una última novela de Julián Barnes, Arthur y George. Un día conoció a un inglés —descendiente de indios— que había cumplido prisión por irrumpir durante la noche en las granjas de su pueblo y mutilar el ganado con sofisticada crueldad. Al acercarse para hablar con él, en un céntrico hotel, descubrió que padecía una miopía severa (Doyle era oftalmólogo) que le haría imposible ver de noche; supo entonces, como un rayo, que el hombre era inocente. Y como no sólo creía en la ciencia, sino también en la justicia, la amistad y el honor, desde entonces se empeñó en reivindicarlo y desvelar la verdad.
Lean la novela de Barnes. Está brillantemente escrita y en ella conocerán íntimamente a Arthur Conan Doyle, a todos los efectos un tipo mucho mejor que Sherlock Holmes.
*Fernando Molina es periodista y escritor.
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