La multiculturalidad y el plurietnicismo son dos cuestiones constitucionales difíciles de digerir. Mucho más aún, si de por medio obstaculizan el discernimiento las visiones de encasillamiento, el racismo y el resentimiento social.
Actualmente, las corrientes de políticas públicas impulsadas por la desmedida migración de ciudadanos de unas y remotas partes del mundo han puesto en evidencia la necesidad de re-encontrar aquel “amor por el prójimo” que se practicaba cuando apenas vivíamos en naciones separadas que simulaban pequeñas aldeas de igualitos donde se podía encontrar el amor a la vuelta de la esquina. Es evidente que la recomposición política de “lo indígena” en estos últimos tiempos no equivale a una inmigración dentro de un nuevo país, empero, existen pautas de convivencia multicultural que deberíamos rescatar de este nuevo contexto global. La culpabilización desde la perspectiva histórica no es más que discurso rentable para populistas, ha llegado la hora de poner manos a la obra, emplear la historia y sobre todo los avances en este sentido como herramientas de comprensión para el diseño de políticas públicas.
Ese amor en el nuevo contexto, se busca conseguir a través de dos corrientes de pensamiento. Por un lado, el monoculturalismo plural, que pretende vincular al individuo con el mundo que le rodea, únicamente, a partir de su origen etno-bautismal. Por otro lado, el multiculturalismo a secas, que permite al individuo ejercer la libertad de elegir y, por ende, vincularse con el mundo que le rodea según la identidad y faceta cultural que él mismo determine.
De alguna manera el monoculturalismo plural se plantea a contra corriente con la evidencia global. En este escenario, por ejemplo, un belga estaría política, pero sobre todo, moralmente imposibilitado de contraer matrimonio con una indígena de las tierras bajas bolivianas, y hasta se vería mal, que un ciudadano japonés se asociara con un ruso para hacer negocios. Los sentimientos de afecto y las percepciones de confianza restarían confinadas y encasilladas sobre el supuesto originario, que finalmente, a nadie le tocó elegir. De forma contraria, y distintamente a lo que algunos monoculturalistas plurales consideran, lo multicultural, en este mismo escenario permitiría a cada uno de los habitantes del planeta la posibilidad de vincularse con el mundo entero según las preferencias, bagaje acumulado y tendencias culturales que ellos mismos eligieran convenientes. De ahí que una mujer de raíces indígenas hablando danés o un irlandés bailando caporales no sorprendería sino sólo al grado de libertad, apertura cultural y pacífica convivencia que los seres humanos seríamos capaces de darnos a nosotros mismos. Residiendo en Dinamarca o trabajando en Potosí.
El monoculturalismo plural equivale a pretender construir federaciones culturales donde ninguna se meta con la otra, dicho de otro modo, deje “tranquilas” a las demás. Con el monoculturalismo plural no habrían políticas de convergencia cultural ni dobles nacionalidades en la esfera internacional, no existiría la Unión Europea, tampoco cabría la posibilidad de ser ateo nacido en familia católica ni casarse con judío, estaría prohibido el beso entre cambas y collas, no podría hablar latín un anglosajón ni amar Bolivia un cubano.
En este sentido, lo pluriétnico en Bolivia ha perdido el sentido de libertad, hace referencia al monoculturalismo plural en términos puristas, más puros que la propia tentación de la naturaleza; por su lado, la confusa y beligerante utilización unívoca de la riqueza multicultural boliviana exige una interpretación en términos de libertad y convivencia. No coartaría la libertad por sí mismo, el reconocimiento de la diversidad en términos culturales, idiomáticos, costumbristas y tradicionalistas, ni tendrían que confrontarse, en razón de las diferencias, los diversos orígenes raciales y religiosos al punto de intentar germinar gobiernos en función del origen étnico, que más allá de orgullo y curiosidad para unos es condena y aburrimiento para otros. Contrariamente a lo que parece estar sucediendo, todos los bolivianos deberíamos estar al alcance de conocernos entre unos y otros por virtud no por sentimiento de superioridad ni por complejos de inferioridad. No se trata, por ejemplo, que los diplomáticos aprendan aimara para “ilustrarse”, se trata de que los quechuas como los aimaras tengan las mismas oportunidades que los mestizos para ser “ilustrados diplomáticos”, pero claro, no por aimaras sino por competentes profesionales. Convergencia y dinámica cultural iterativa en la educación sí. Dominio de la revolucionaria visión unidimensional impuesta sobre la diversa Bolivia que se dice amar, ¡no! Como nos lo recuerda Dahl en su obra Poliarquía, la democracia es antes pluralismo y libertad que condena por mayoría.
Los encasillamientos, la visión racista y resentida nada bueno contribuyen al debate de libertad, simplemente, despiertan mayores odios y encerramientos herméticos que el mundo y la Bolivia de hoy necesitan desafiar.
*William Kushner Dávalos es PhD (c) en Gobierno y Administración Pública.
La tentación de negar a Dios
El papa Benedicto XVI se interroga: ¿Quién dará los criterios para concretar esta justicia y construir la paz?
Clima Latino
Las alcaldías de Quito y Guayaquil han organizado, con la Comunidad Andina de Naciones, un evento que busca lograr la más amplia difusión de la problemática del cambio climático y sus efectos en América Latina y generar soluciones y recomendaciones a gobiernos
Respeto
El repugnante montaje de Habacuc reabre la cuestión de los límites del arte, o cómo bajo la excusa del hecho artístico se pueden cometer todo tipo de tropelías que en realidad sólo buscan llamar la atención y sólo son puro narcisismo patológico.
El apartheid de los indígenas
El presidente Evo Morales reiteradamente insiste en que los indios bolivianos han sido marginados en el pasado, época en que habrían vivido en un sistema de “apartheid” semejante al que existió en Sudáfrica hasta hace pocos años.