El presidente Evo Morales reiteradamente insiste en que los indios bolivianos han sido marginados en el pasado, época en que habrían vivido en un sistema de “apartheid” semejante al que existió en Sudáfrica hasta hace pocos años. Por ello, mucha gente del exterior cree que sólo ahora
habrían sido elegidos diputados, senadores y constitucionalistas indígenas. Pero eso es un grave error, pues desde las elecciones de 1956, donde se consagró el voto universal, hubo ministros, hasta un vicepresidente, y una presencia fuerte y permanente indígena en el Congreso.
Pero si nos retrotraemos a los inicios de nuestra historia, vemos que nunca hubo una separación racial en Bolivia. Desde la llegada de los españoles al Alto Perú, se inició una rápida mezcla de razas que dio lugar a la formación del nuevo hombre altoperuano, esencialmente mestizo. Por este motivo, por lo menos el 95% de la población nacional desciende de indígenas.
Por otra parte, cabe señalar que nunca hubo una explotación sistemática de los indios en este territorio. Quizás sólo durante el duro régimen incaico, donde se imponía a las comunidades un método de control dirigido desde el Cuzco que no permitía el ejercicio de la más mínima libertad individual. Y a causa de esta explotación, a los conquistadores españoles que vinieron al Alto Perú casi no se les puso resistencia, porque la mayoría de las comunidades indígenas, sobre todo las aimaras, que nunca aceptaron el dominio quechua, los recibieron como a libertadores.
Evidentemente, durante la Colonia, el virrey Toledo reimpuso la mita, sistema de explotación creado por los incas, pero en un estilo mejorado. Durante el incanato, todos los jóvenes varones del imperio debían prestar servicios al Inca durante siete años, ya sea en el ejército, en la construcción de caminos o en la edificación de ciudades o fortalezas. Mientras que Toledo determinó también el trabajo de siete años en las minas, pero los indios recibían en pago, terrenos para su cultivo. De esa forma se poblaron los valles de Potosí, Chuquisaca y, por último, de Cochabamba. Se podría afirmar que la mita de Potosí pobló el Alto Perú y conformó de este modo, la futura nación boliviana. Además, es importante destacar que a la mita no eran llevados los indios ya residentes en el Alto Perú, sino preferentemente los del Bajo Perú. Precisamente una de las causas del levantamiento de Túpac Amaru en la región del Cuzco se debió a un decreto virreinal para acarrear indios de esa zona hasta el Potosí.
En cuanto al régimen republicano, cabe señalar que en la segunda Constitución nacional, aprobada en 1831, durante el gobierno del Mariscal Santa Cruz, se dispuso que los analfabetos tuviesen derecho a emitir su voto. Se fundamentó para ello el importante hecho de que las comunidades indígenas tributaban y, por tanto, sus miembros deberían poseer la plena potestad de ser ciudadanos. Esta disposición duró más de treinta años, hasta que en el brutal régimen de Melgarejo se despojó a los indios de sus comunidades y, consecuentemente, de su facultad de elegir o ser elegido para los poderes Ejecutivo y Legislativo.
Pero si los indígenas perdieron sus derechos civiles, no fue por su posición social sino por su falta de educación escolar, pues bastaba que alguno aprendiese a leer y escribir para que inmediatamente recuperase su condición ciudadana. Además, desde un principio, muchos de nuestros mandatarios, hombres públicos y destacados intelectuales, fueron hijos o nietos de mujeres de pollera. Por ello, se puede afirmar categóricamente que Bolivia es el país menos racista del continente americano.
La verdad es que lo único que algo segrega a los bolivianos es la indumentaria: los que usan el traje occidental plenamente universalizado se distancian de los que continúan con el vestido popular tradicional. Por lo tanto, para superar todo vestigio de apartheid en el país, sería menester educar a nuestros campesinos sobre la conveniencia de usar el traje occidental que ahora es mundial, sobre todo si se van a avecindar en las ciudades. Esta distinción se agudiza más con la pollera, traje incómodo y costoso, que no sólo impide un buen desenvolvimiento de las mujeres en el ajetreo de las ciudades, sino que permite además, la existencia de una mínima, pero de todos modos muy injusta discriminación.
*Ramiro Prudencio Lizón es diplomático e historiador.
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