E. Jardiel Poncela, un humorista español de los años del franquismo, solía decir que Don Quijote de la Mancha era el libro más citado del mundo hispano y el menos leído. En la misma vena, un profesor universitario de San Andrés en mis años de estudiante, sostenía que El capital de Marx, un libro canónico entre la intelectualidad socialista de ayer y de hoy, no había sido leído por más de cinco personas en Bolivia, una de las cuales era él, al tiempo que pasaba un ejemplar entre los universitarios para que al menos conozcan el forro. Probablemente la situación ha cambiado ahora, aunque los pesimistas creen que ha empeorado, si bien la cantidad de gente familiarizada con el texto ha aumentado.
El viejo profesor producía con su afirmación un revuelo en el gallinero estudiantil. Más de un discípulo receloso metía en el mismo saco de farsantes al propio maestro, convencidos que en el mejor de los casos la lectura no pasó de un recorrido en cruzado. Otros, se lanzaban en una discusión, intentando mostrar su frecuentación de la obra pero con tan poca carga por atrás que más bien descubrían su desconocimiento.
Esta paradójica situación no es tan extraordinaria ni tan escandalosa como mis lectores podrán imaginar o tal vez atribuir al subdesarrollo intelectual, especialmente boliviano. Al contrario, es muy común aun en ambientes literarios sofisticados.
Un académico francés, P. Bayard, acaba de publicar una obra con el provocador título: ¿Cómo hablar de libros que uno no ha leído? Y ha puesto en epígrafe una frase de O. Wilde: “Yo no leo jamás un libro sobre el cual debo escribir una crítica, uno es tan influenciable”. Según el autor, no se necesita leer un texto para hablar con pertinencia de él. Más todavía, se puede discutirlo sin quedar escaso de argumentos y hasta presentarlo al público. El mismo Bayard reconoce que, forzado por su profesión de profesor de literatura, comenta libros frecuentemente no vistos ni por las tapas. Cierto para defender su planteamiento, se ve obligado a reelaborar el concepto de lectura y no-lectura cuya separación está lejos de ser clara y tajante. No se puede saber cuando alguien afirma haber leído algo qué es lo quiere decir, pues hay un continuo que va desde una punta: la lectura atenta y cuidada de un texto hasta la otra de quien nunca ha tenido el libro en sus manos y ni siquiera lo ha oído mencionar. Entremedio todos los grados de lectura, de comprensión y retención.
Escribir, hacer discursos, debatir sobre libros apenas leídos o lisa y llanamente ignorados, no es una ocupación inútil y menos de chantas como podría suponer el lector del artículo. Ciertos literatos entre los de mayor reputación se han entregado a este ejercicio, sin complejos. El autor del libro atribuye a P. Valéry, famoso ensayista francés, la hazaña de elaborar una crítica sobre M. Proust, habiendo realizado a lo sumo un recorrido a vuelo de pájaro de En busca del tiempo perdido. Luego de ofrecer un discurso de homenaje a A. France en la Academia francesa, sin referirse directamente una sola vez al homenajeado y, por supuesto, sin conocer la obra. Y finalmente preparado un ensayo sobre H. Bergson, un destacado filósofo, que pudo ser el de cualquier otro pensador.
No sólo los hombres de letras se refieren a libros que ignoran por completo, también lo hacen los personajes de ficción, Bayard cita a varios. Así G. de Baskerville, el monje detective de El nombre de la rosa de U. Eco, que descubre los crímenes de la abadía, ocasionados por la lectura de un libro prohibido de Aristóteles, celosamente guardado por otro monje J. de Burgos, argumentando sobre el contenido de la obra y sobre las razones que condujeron a los asesinato de los religiosos, sin haberse acercado en su vida al texto. De haberlo hecho hubiese muerto como los demás. Pero que su información general le permitió reconstituir el peligroso contenido. También danzan con las mismas habilidades personajes de G. Green, H. Balzac, O. Wilde. Señala asimismo a autores que trabajan sobre libros olvidados que equivalen a no leídos, pero que la cultura propia de los escritores y la del medio en que se mueven les permite incorporarlos en su escritura. Ese es igualmente el caso de aquellos que hablaban del Quijote o El Capital con relativa propiedad, aunque nunca entraron en el texto mismo.
Tengo una biblioteca personal de alguna importancia, soy comprador compulsivo de libros con plena conciencia que el tiempo no me permitirá leerlos, en su inmensa mayoría. Los amigos que la visitan preguntan con franca sorna si los he leído todos. Mi respuesta es siempre la misma: no, pero los he hojeado, visto las reseñas, la edición, de manera que podría dar información útil sobre el contenido de cada uno de ellos, apoyado en lo que Bayard llama la biblioteca interior. Si bien nunca he necesitado ponerla a prueba.
El provocador texto que comento, leído contra los consejos inteligentes del autor, concluye asegurando a los lectores que cuando se encuentren en la necesidad de hablar sobre libros que desconocen enfrenten la experiencia sin remordimientos, sin sentimientos de falta o pecado, confiados en que allí subyacen oportunidades creativas, enriquecedoras que no conviene desperdiciar, incluso cree que ese arte debía, al igual que el de la lectura, enseñarse en la academia. Esa fue la lección de Wilde, un lector compulsivo, hombre de amplia mirada y a la vez ´un no lector consumado”. Sostenía que seis minutos bastaban para captar la esencia de un texto, para gustar su calidad y cualidades. Un hombre culto podría construir una crítica de cualquier obra y sobre todo aprovechar la ocasión para escribir, a través de ella, algo propio, original, liberado de las palabras de los otros. Todo esto tiene un tinte paradójico pero no carente de buen sustento, si bien pasa por alto a los lectores que gozan con esa experiencia, así en algunos casos la realicen a paso de parada y en otros con la lentitud y el recogimiento de un fiel en procesión .
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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