Por todas partes se habla de globalización. Todos somos agraciados o dañados por ella. Gracias a la interacción universal adquirimos conocimientos antes reservados a seres privilegiados y nos comunicamos en tiempo real con interlocutores a miles de kilómetros de distancia. Pero también, como consecuencia de esta universalización al alcance de cualquiera, se pervierten valores tradicionalmente considerados como inconmovibles, se degradan buenas costumbres, desaparecen viejas culturas, se propagan como los incendios que han asolado California en días pasados, contravalores que van desde la banalidad del pensamiento de moda a los odios raciales irreconciliables y a su inevitable secuela que es la violencia. Ante este panorama universal los obispos latinoamericanos sintetizan su advertencia con esta afirmación: “quien excluye a Dios de su horizonte, falsifica el concepto de la realidad y sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas”.
Cuando los obispos de América Latina y el Caribe se reunieron en el santuario brasileño de Aparecida, al analizar los rasgos principales de los cambios sociales que el mundo registra, no podían dejar de concretar al fenómeno irreversible de la globalización. Según el texto final de aquella reunión, la globalización “impacta antes que cualquier otra dimensión nuestra cultura y el modo como nos insertamos y apropiamos de ella. La variedad y riqueza de nuestras culturas latinoamericanas, desde aquellas más originarias hasta aquellas que, con el paso de la historia y el mestizaje de sus pueblos se han ido sedimentando en las naciones, las familias, los grupos sociales, las instituciones educativas y la convivencia cívica, contribuyen un dato bastante evidente para nosotros y que valoramos como una singular riqueza. Lo que se echa de menos es más bien la posibilidad de que esta diversidad pueda converger en una síntesis que, envolviendo la variedad de sentidos, sea capaz de proyectarla en un destino histórico común.” Estos pensamientos me llevan a considerar los debates actuales en Bolivia sobre el cálculo numérico de la composición racial de nuestra población, sobre el peso que cada uno de los sectores y culturales han de acuñarse en una supuesta nueva legislación, sobre la sobrevivencia de un Estado-nación unido o sobre las autonomías regionales, y mucho más, sobre la disgregación parroquial en varias decenas de etnias, lenguas, usos y costumbres que se reparte el variadísimo paisaje de Bolivia. ¡Ay las engañosas esperanzas en la Asamblea Constituyente!
Volviendo al texto episcopal de Aparecida, transcribo esta sabia sentencia: “Asumir la diversidad cultural, que es un imperativo del momento, implica superar los discursos que pretenden uniformar la cultura, con enfoques basados en modelos únicos”. Eso digo yo: ¡discursos y más discursos —más algunas bofetadas callejeras y gases policiales— pero escasísima gestión administrativa para el bien común! Pero, al mismo tiempo me permito añadir que tan perniciosa es la ceguera frente a una sociedad plural que enriquece, como otra visión que convierte la realidad en un caleidoscopio que deslumbra con sus múltiples formas y colores pero que, al fin es un engaño.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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