Lo acontecido en El Alto hace unos diez días no es una acción de poca monta. Condenar a una ciudad por lo que han hecho unos cuantos es de hecho una equivocación y una injusticia, pero en estos tiempos en que se da tanta importancia a los movimientos sociales, y se cree que existe una representación callejera del sentir de las mayorías, se puede decir que El Alto ha llegado al colmo del envilecimiento.
Y es que independientemente de que los vecinos tienen derecho de organizarse para mejorar la seguridad de sus zonas, hacerlo para saquear bares, y prostíbulos y de paso escarnecer públicamente a una mujer que para colmo es posible que sea más una víctima de un sistema antes que la personificación del mal, es haber llegado demasiado lejos.
Las acciones alteñas de este segundo octubre violento fueron no sólo irracionales, sino que hipócritas, retrógradas, y misóginas. Los movimientos sociales mostraron esta vez que pueden ser espléndidos anfitriones del detestable Presidente iraní.
Tal vez su único mérito fue que permitieron poner en perspectiva a las ´heroicas´ luchas del octubre del 2003, porque la movilización de entonces fue también absolutamente irracional, retrógrada e hipócrita. Me refiero por supuesto al alboroto que se armó respecto a la venta del gas por Chile, y a cómo el rechazo a esta opción cohesionó a la gente que recibió, entre otros, el espaldarazo de don Evo, que entonces, contrariamente a hoy, también opinaba que no se debía hacer negocios con Chile.
El Alto es proclive a las histerias colectivas; ayer fue el gobierno vendepatria que negocia con el enemigo, hoy son los bares y las prostitutas. Los argumentos en ambos casos, no resistían el menor análisis, porque desde El Alto se comercia con Chile sin medida ni clemencia, de la misma manera como se bebe, lejos de cualquier límite racional. Y convengamos, antes que saquear los bares y las cantinas, se los puede hacer quebrar, basta con no consumir en ellos.
Es también importante, para poner en su justo contexto a estas movilizaciones, identificar a sus líderes y gestores, y conocer las redes de reciprocidad, o de coerción que existen en el complicado mundillo de la segunda ciudad más alta del mundo. En el 2003, las juntas vecinales obligaron a sus socios a hacer los bloqueos, a salir a las calles y hasta a tumbar las pasarelas; en este octubre, los vecinos que arrasaron con parte de su gélida vida nocturna, ¿lo hicieron por propio entusiasmo savonarolesco, o hubo tal vez una propina de por medio, o quien sabe un chantajito? ¿De dónde nos salieron tan mojigatos los vecinos?, me pegunto, pero tal vez no sean mojigatos, tal vez sólo sean oportunistas.
*Agustín Echalar es periodista independiente.
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