Cuando el gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS) ganó las elecciones con el 54 por ciento del voto electoral —una votación inédita en el fraccionado electorado boliviano— ingenuamente creyó que podía hacer lo que quería en materia política, económica y social, debido a que contaba con el apoyo de la mayoría de la población. Por otra parte, al hacer una equivocada lectura del Censo del año 2001, también creyó que los pueblos indígenas y originarios constituían el 80 por ciento de la población y que, con este apoyo, fácilmente lograría los dos tercios necesarios para elaborar una nueva Constitución Política del Estado: dos gravísimas equivocaciones.
Decimos que fueron dos gravísimas equivocaciones pues, a pesar del sorprendente porcentaje logrado, el 54 por ciento del voto es tan sólo algo más de la mitad de la población electoral; mientras que el otro 46 por ciento es también tan sólo algo menos de la mitad de la población; que, para su desgracia, no tiene un liderazgo político claro, aunque, sin lugar a ningún error, representa en su conjunto la mitad del país, a veces, geográficamente identificado con la llamada media luna.
Lo que no imaginó el MAS es que, a pesar de su mayoría, la democracia y sus instituciones se encargarían de precautelar los derechos de esa otra mitad de la población, que no está necesariamente obligada a acompañar el cambio que proponen los postulados del MAS. Naturalmente, esto explica la ira del partido gobernante en contra del Senado, la Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Constitucional, cuya labor es la de defender los derechos de ese otro 46 por ciento de la población, que no votó o no está de acuerdo con el programa del partido gobernante.
Segundo, también es una grave equivocación del MAS el haber hecho una lectura equivocada del Censo del 2001, sobre todo, cuando un estudio de la Universidad Católica ya había demostrado que los pueblos indígenas y originarios representan tan sólo el 19 por ciento de la población, mientras que la población mestiza se encontraba por encima del 60 por ciento. Como la aritmética no engaña, las aspiraciones del MAS quedaron profundamente decepcionadas, no sólo al no poder lograr los dos tercios que ambicionaba en la Asamblea Constituyente, confiado en recibir el total apoyo de los pueblos indígenas u originarios, sino también al comprobar que éstos no representaban el 80 por ciento de la población.
Lamentable para el MAS, así no más es la democracia. En otras palabras, si este movimiento no puede cambiar las leyes de la República para imponer otras, producto de su propia ideología, es porque, justamente, está ahí el Senado de la República para garantizar que no se vulneren los derechos de la otra mitad de la población, que no comulga con la ideología del MAS.
Por otra parte, si este movimiento no puede gobernar por decreto, como lo quisieran muchos de sus miembros, es porque, justamente, también está ahí el Tribunal Constitucional y la Corte Suprema de Justicia, con el propósito de que no se violenten los derechos constitucionales de esa otra mitad de la población, mediante normas de calidad inferior a las leyes y a la propia Constitución Política del Estado (CPE).
Por último, si este movimiento no puede imponer su propia versión constitucional, es porque la democracia garantiza, a través de los dos tercios (la mayoría calificada para aprobar cualquier Constitución en un Estado democrático), que las dos mitades del país puedan concertar acuerdos, a fin de que todos sus habitantes puedan vivir en paz y tranquilidad, sin tener que enfrentarse ideológica y políticamente en todos los aspectos que atañen a la vida cotidiana.
Por lo tanto, creo que los bolivianos —que permanentemente nos jactamos de ser grandes demócratas— tenemos mucho que aprender sobre la democracia. En primer lugar, tenemos que aprender que la mayoría absoluta no convierte automáticamente al partido gobernante en el ´Agente 007´, del gobierno de SM Británica, con licencia para matar. Tenemos que aprender también que el Poder Judicial, con todas sus fallas y desatinos, está ahí para limitar los excesos de los otros poderes del Estado y, finalmente, tenemos que aprender que para que los bolivianos podamos vivir en paz, tranquilidad y prosperidad, tenemos que necesariamente concertar un contrato social, la Constitución Política del Estado, no con una simple mayoría de sus asambleístas, sino con la mayoría calificada de los dos tercios. En otras palabras, tenemos mucho que aprender de la democracia … ¡no había sido así ps!
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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