A pocas horas de que la selección de fútbol sufriera una humillante derrota en Montevideo, el Coro y Orquesta de San Ignacio de Moxos (Beni) reivindicó el orgullo boliviano, ante un público entusiasta que abarrotó la Catedral Metropolitana como sólo el grupo De Profundis, un ícono local, había logrado con anterioridad. Fue el tercer lleno que conseguía el elenco beniano en este país, después de los éxitos que cosechó en Buenos Aires.
El concierto, que combina piezas de los Archivos Misionales de Moxos y Chiquitos con otras de raíces nativas, incluidas en su segundo trabajo discográfico Tras las huellas de la Loma Santa, fascinó a los argentinos y uruguayos. Su cuidada puesta en escena es el complemento perfecto a la calidad musical alcanzada por los jóvenes indígenas benianos, que dirige la paceña Raquel Maldonado. El elenco lo integran 18 músicos polivalentes, que cantan, tocan varios instru-mentos y bailan. El concierto comienza con una obra que no figura en los archivos citados ni tiene soporte escrito alguno, Señora Doña María, rescatada de la tradición oral por la directora de la Escuela de Música de San Ignacio —Raquel Maldonado— en sus expediciones de investigación por las comunidades indígenas del TIPNIS (Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure)
Un sobrio Tata guasu, aria guaraní que abre el disco del Coro y Orquesta de San Ignacio de Moxos y cuya interpretación estuvo a cargo de la soprano Nelvy Vela, con el único acompañamiento de una flauta dulce y un clavecín, deja paso al núcleo musicalmente más sólido del concierto, con dos piezas instrumentales, la Sonata XVIII del Archivo Chiquitano y el ya célebre Ychepe Flauta, además de otras dos de Domenico Zipoli para coro y orquesta, Iesu corona y Beatus vir.
La presentación entra en su recta final con una visión intimista del Volate angeli, villancico que sigue sonando en las misiones moxeñas y chiquitanas. El final es con un canto de penitencia a la luz de las velas, Dulce Jesús Mío, una de las piezas más destacadas de los archivos de Moxos y Chiquitos. Pero, cuando las llamas se extinguen sobre el escenario y la hermosa voz de la soprano Celsa Callaú canta la última estrofa, surge de las penumbras el estruendo de los tambores y la flauta de bato, para terminar mezclándose con los tontochis de los Macheteros, que aparecen desde la entrada principal, para desfilar entre el público hasta alcanzar el escenario.
La fiesta es ya total cuando entran las moperitas a escena y el público se manifiesta con palmas y baile. Atrás quedan 75 minutos de un espectáculo vibrante, que emociona y que consagra al Coro y Orquesta de San Ignacio de Moxos, desde hace unos años, como uno de los mejores embajadores de Bolivia en el mundo. Tiene en su haber más de 100 conciertos y actuado ante unos 35.000 espectadores en siete países de Europa y Latinoamérica, en los que presentó su anterior compacto, Testimonio ticháwapa jirásare (Ya volvió la canción del monte).
*Teresa Maldonado es agregada cultural de la Embajada de Uruguay.
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