Una cosa es ser bravo, es decir, valiente, feroz. Otra es ser bravucón: aparentemente bravo, intimidador. Los bolivianos somos bravucones. Nos encanta anunciar que iremos “hasta las últimas consecuencias” y a la primera de cambio nos rajamos. Éste, por ejemplo, es un gobierno de bravucones. Basta con escuchar al Presidente y, sobre todo a su Ministro de la Presidencia, para creer que estamos frente a un “fiero sicambro” y que no queda otra que echarse a temblar. Y nos echamos a temblar, pero no de miedo por lo que nos puedan hacer, sino de espanto por la irresponsabilidad con que actúan.
La mal llamada nacionalización de los hidrocarburos fue una muestra de bravuconería acabada. Lanzamos nuestros gritos de guerra al mundo, con las caras pintadas, amenazamos con echar del país a quienes no se avinieran a trabajar de acuerdo a las nuevas medidas revolucionarias, dijimos que no nos interesaba tener patrones y que las inversiones para el gas abundarían. Y cometimos un error fatal: utilizamos tropas del Ejército para ocupar los campos que explotaba Petrobras. Esa sí que fue una bravuconada que debió cortar alguna cabeza en el Gobierno. Porque así como a Brasil se le tiene una gran simpatía en Bolivia, existen “brasileño-fóbicos” sin compostura, con quienes, hoy, no vamos a discutir.
¿Qué sucedió después de las bravuconadas? Sucedió que no llegó un solo dólar para invertir en hidrocarburos y que nuestros vecinos, decepcionados, miraron hacia otros horizontes en busca de energía. Y los bolivianos estamos hoy al borde de incumplir con nuestros compromisos internacionales y necesidades internas si no vienen inversiones para explotación del gas.
Los bravucones hemos bajado la testa y hemos vuelto al lugar de donde nunca debimos salir: a Brasil. Tuvimos nomás que enviar al otro lado de la frontera al ministro de Hidrocarburos, Carlos Villegas, y al presidente de YPFB, Guillermo Aruquipa, en busca de un nuevo acuerdo, luego de reuniones calificadas de “amistosas”. Eso podría significar que el presidente Lula, pasado su malestar, venga a Bolivia y la situación se normalice, siempre y cuando el Presidente brasileño se encuentre con leyes claras, sin trampas, establecidas en la nueva Constitución, si la hay hasta entonces.
Según AFP, bravuconadas aparte, Bolivia ha ofrecido a una decena de empresas norteamericanas conformar sociedades anónimas mixtas con YPFB para exploración y explotación de reservas de gas. Hasta EEUU peregrinó el ministro Villegas y está muy bien. Habrá, también, que asegurar a los gringos que sus inversiones no van a ser escamoteadas porque tendremos una Constitución sabia.
Y santo remedio. Nos olvidamos de una vez de PDVSA, del ALBA y del Tratado de Comercio de los Pueblos, y vamos a lo serio, a lo que nos va a permitir desarrollarnos en toda nuestra capacidad.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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