El Evo de hoy no tiene competidores. No es de esperar que busque una sucesión generacional para madurar la izquierda... Si existen dos cualidades-defectos que debemos reconocer en el actual Presidente de Bolivia son su capacidad de seducción y su sentido de equidad; más por adonis de la política que por su sentida contestación ante la desequilibrada división de beneficios evidenciada en los arreglos económicos neoliberales, que hoy hasta el más calculador de los economistas lo reconoce abiertamente.
No obstante que la mea culpa neoliberal existió mucho antes de que Evo ocupara la silla presidencial; fue él mismo quien, en términos políticos, la supo capitalizar a su favor. Morales devolvió una importante parte de la autoestima perdida por los bolivianos, para luego, permitirnos sentir, antes de Chávez y de sus deseos de perpetuidad, ser los dueños de nuestro propio destino y desarrollo económico en tiempos de globalización.
Evo Morales le añadió el valor “estima” al gas que, paradójicamente, se extrajo gracias a las inversiones de corte capitalista. Si a la gas-estima le sumamos el registro histórico colonial, vinculado con la devastación foránea de los recursos naturales, y el penoso desempeño de las reformas políticas, que terminaron en un Estado tan moderno como anoréxico al desamparo de los tantos cientos de miles de pobres que habremos en Bolivia, no es extraño reconocer el porqué Evo hoy nos encanta, con su quena, como a las serpientes.
Por otro lado, el simpático líder político descrito líneas arriba no parece tener ni agudo sentido democrático ni desarrollado conocimiento económico. Las reformas impuestas y la visión de país que impone no gozan de sentido plural ni de crecimiento de banda ancha. La estabilidad y la seguridad nos la pretende vender a través de discursos y no de reformas concretas.
Estamos depositando nuestra confianza en un individuo, no en una institución ni en un sistema político, no en una administración eficiente ni políticas públicas orientadas al desarrollo.
¿Tanto poder para qué? si, contrario a lo democrático, su enceguecedora retórica puede representar una amenaza a la alternancia democrática; si su visión de encasillamiento nos plantea cada vez más la posibilidad de terminar en un enfrentamiento civil entre ciudadanos bolivianos; si su capitalismo andino no es sino una confusa y hueca rimbombante contraseña desarrollista que los emprendedores no pueden terminar de descifrar; si su plurietnicismo es una más de las pesadillas bobaliconas de Patzi, que con tal de decir que todos erramos, se cree inclusivo, convincente e intérprete único y exclusivo de la genialidad cósmica interpretada a partir de fósiles argumentos; si los encargados de negocios de las embajadas no hacen sino autografiar camisetas deportivas por los jugadores de la Liga europea para su amigo Evo. ¿Tanto poder para qué? si la corrupción solamente ha cambiado de manos; si la solidaridad inmersa en la propiedad de los pueblos indígenas es inviable para generar riqueza y empleos en términos de productividad, educación y salud por sí misma; si se está luchando con los pobres contra el desarrollo. De virtuoso a perverso, el sentido de equidad.
Con su liderazgo podríamos haber sacado pecho y dado la cara ante el mundo para mejorar los arreglos en términos de división de beneficios en el marco de los negocios a nivel global. Existe una extrema necesidad de mostrar confianza y seguridad, la que no se pudo demostrar durante los gobiernos neoliberales y que a consecuencia de ello nos miraron como inseguros, ineptos y más que posibles deudores. No obstante aquello, se trata de negociación, no de amenaza, de conseguir mejores días para los bolivianos distribuyendo oportunidades de crecimiento y de realización personal. Enganchar los retos de una izquierda y de lo indígena es cuestión de profesionalismo, no de raza; de gestionar la administración del Estado más allá de las consignas, acuerdos clientelares e imprecisiones conceptuales.
El Evo de hoy no tiene competidores. No es de esperar que busque una sucesión generacional para madurar la izquierda caduca que pretende levantar en pie, ya que en el MAS, Evo, es lo único y lo es todo. Tampoco sorprende que la derecha no plantee alternativas, puesto que siempre siguió los pasos de sus asesores y modas internacionales a los que ahora no puede recurrir ni contratar. Esta encrucijada nos provoca preguntar ¿después de Evo, quién?
El sitial que ocupa se lo ha ganado encandilando a cincuenta más uno, esperemos que finalmente desbloquee el camino hacia la democracia y el desarrollo, para que cada uno de los bolivianos podamos contribuir a la sociedad con lecciones aprendidas, autoestima y luz propia.
*William Kushner Dávalos es PhD en Gobierno y Administración Pública.
De primera dama a Presidenta
Desde niña fue líder de su vecindad. Se gradúa como abogada y poco después se afilia al justicialismo y de ahí para adelante inicia una carrera política que la condujo a ser diputada provincial por Santa Cruz y después al Congreso Nacional como diputada y senadora.
Atropello a la Academia de Ciencias
“Las Academias promueven y orienten las investigaciones individuales y colectivas... De modo que cualquier injerencia exterior es nula”.
No más bravuconadas
Una cosa es ser bravo, es decir, valiente, feroz. Otra es ser bravucón: aparentemente bravo, intimidador. Los bolivianos somos bravucones. Nos encanta anunciar que iremos “hasta las últimas consecuencias” y a la primera de cambio nos rajamos.
La independencia del Banco Central
Una de las reformas neoliberales más importantes pero que pasó desapercibida, fue la ley 1670 del 31 de octubre de 1995 (Ley del Banco Central de Bolivia) que le otorga al ente emisor un alto grado de independencia.