Ahora discutimos frenéticamente qué hacer con los recursos que el gas deja en las arcas públicas. Que si la inversión productiva, que si la redistribución directa a poblaciones vulnerables, que el desayuno escolar, que la construcción o el mejoramiento de escuelas, que las provincias.
Vaya, parece que nos faltan partidas para nombrar, y de pronto todos quieren hacer algo para ganarse un lugar en el paraíso de la legitimidad y la popularidad, últimamente tan disputado (será que los políticos huelen ya ese tufillo preelectoral que a todos nos agobia, antes de siquiera haber empezado).
Cada día se reinventan las fronteras de los argumentos y principios políticos, pues ahora no está en juego la cadencia programática y técnica para pensarlo y hacerlo, sino tu robustez política de mostrar que lo lograste, más allá de si lo pensaste o no. Y en esto último es que se construyen los espacios para ganarse clientela política, tanto en allá como acá (creo que la topología del discurso político anda tan confundida, que nos equivocamos tan fácilmente al pensar que esto es entre la media luna y un gobierno indígena que representa a occidente). Ése es el penoso escenario de la política actual, tan instrumental, tan magra en sustancia y tan pendiente de los desgastes del otro.
Francamente creo que se trata de un verdadero desperdicio. No sólo porque siempre lo haya sido, sino porque con el contexto que tenemos, la preocupación por el contrincante es apenas un detalle táctico frente al desafío de cambio que se ha planteado la sociedad boliviana.
Las épocas de bonanza hay que saber aprovecharlas, no tanto por esa parábola de los tiempos de vacas gordas y flacas —talla 6 y talla 1, debiera decirse en estos anoréxicos tiempos—, sino para sacarse el corsé mental y saber que la política ahora no está en su periodo de equilibrios con los sectores dominantes ni de revanchas con tonalidades étnicas.
La administración de los equilibrios con las clases dominantes la hacen mejor los políticos de los partidos que siempre han medrado de eso; y las revanchas simbólicas terminan frecuentemente en el límite formal y legal de la representación, sin beneficios concretos para la gente en su materialidad cotidiana.
Cuando hablo de bonanza, se habrá dado cuenta el lector, no me refiero al contexto favorable en materia de precios internacionales de nuestras materias primas y su repercusión en los ingresos fiscales, sino a la posición política de la propia sociedad boliviana que sabe que “más de lo mismo” no es una opción. La alternativa siempre es en ascenso en materia de conquistas sociales y políticas, les duela o moleste a los conservadores y fascistoides camuflados de “señores liberales modernos”.
*Gustavo Luna es comunicador y trabaja en el CEDLA.
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