El 18 de octubre el SIART inauguró la V versión de la Bienal Internacional de Arte 2007 en el sin par escenario del Museo Nacional de Arte, repleto de público en especial de jóvenes, lo que para aquellos que nos acercamos a la edad de la cual sólo se habla con eufemismos, constituye un éxito.
La V muestra recibió, para el concurso internacional y para el de Arte Joven, más de 300 nombres de artistas europeos, americanos y bolivianos, que después del trabajo de un comité de selección se redujo a 60 para el primero, 18 para el segundo y 16 en la exposición de honor. Los principales premios se los llevaron artistas mexicanos, brasileros, colombianos, con excepción de las recompensas de Arte Joven, concedidas a creadores del país. Como en otras ocasiones, parte de la muestra salió a paseos públicos, además de otras galerías y salas de exposición.
Hizo bien el V Salón Internacional de Arte de colocar el concurso bajo el signo de la heterotopía. Una palabra que todos se preguntaron qué quiere decir. Mi computadora la subrayó ofuscada cada vez que apareció. En su acepción etimológica significa: el otro lugar, que no dice mucho. Es un término volador, como muchos de los que corren ahora, de los que pueden recibir cualquier sentido. Los organizadores lo lanzaron como un desafío a los creadores que se sentían capaces de calzar el guante para revelar: “lo otro, lo distinto, que se hace presente en lo cotidiano”, marcando un territorio y un límite, que hace guiños al espectador, convertido en voyeur, deseoso de descubrir lo anticipado, pero no por eso menos sorprendente. No es pues necesario ser un experto en arte para interpretar lo extraordinario escondido en la cotidianidad.
Los títulos de las obras heterotópicas provienen, ni duda cabe, de otro lugar, difícil de circunscribir. Si el premio Holanda correspondió a Tarjeta de identidad, carta astral, bitácora de llegada de A. Vargas Colmenares, parodia de la identidad, de acuerdo al jurado, fue probablemente en parte por el nombre del cuadro, capaz de evocar la obsesión miedosa de las autoridades por la identificación detallada de las personas, tanto por sus marcas externas como por las internas y hasta por sus gustos, preferencias y manías. Ahora a muchos servicios de identificación ya no les basta el pasaporte, las fotos, las huellas del portador, es necesario pasar el scanner o una prueba de ADN. ¿Mi padre será mi padre? ¡Qué bollo!
Otro título premiado resultó: 45 cartas a los Magnusson antes de la primavera … de A. Castro. No sé qué es más sorprendente, si las cartas cuidadosas, pensadas hechas en un mundo que ya no quiere de ellas, donde los e-mail, breves, rápidos y descuidados las han desplazado o la cantidad, o la estación escogida para enviarlas. Personalmente prefiero recibir las cartas antes del invierno, los días son más cortos y las noches largas, acogedoras para refugiarse y leer al calor del fuego. Pero los jurados se inclinaron por la primavera, siempre florida. Aún más abierto, más distanciado de su referente, el cuadro, es la denominación dada por A. Márquez a sus óleos: Depende cuál elijas, barrocos a voluntad, una heterotopía en la cual las huellas fantasmagóricas de una época distinta despiertan las de hoy. Qué lejos de los ilustradores árabes evocados en Me llaman Rojo, convencidos de pasar por la tierra a fin de plasmar en el papel la belleza puesta ahí por Ala, mejor reproducida cuando los ojos ya no la ven y sólo queda la memoria. En un video de O Cibils: Sergio el mono que se dejó agarrar por Klaus Kinski, el actor que amó en la ficción y en la vida real los papeles de hombre sulfúrico, no se logra saber si atrapó a Sergio como Drácula, el marqués de Sade o la bestia con el corazón roto por la bella. Pues en un mundo de flujos, los títulos, los símbolos e íconos transitan de un lado a otro sin apegarse necesariamente a nada.
Los creadores contemporáneos recurren a vínculos inesperados que desconciertan y agarran al público. A diferencia de los artistas clásicos que tomaban personajes, símbolos, situaciones ya conocidos donde la novedad radicaba en la manera de presentarlos. El espectador identificaba la figura puesta en escena y admiraba el nuevo juego. La virgen era siempre la misma, únicamente el ropaje, los acompañantes, el paisaje cambiaban. El arte joven deja de lado las relaciones bien establecidas entre las imágenes, los significados y denominaciones, prueban nuevas técnicas y soportes para mostrar el tema, quizá ordinario, de otro lugar también corriente, pero que asociados parecen insólitos. El público entusiasmado por la presentación pone el sentido, sin ocuparse del que el autor le dio, si alguno le dio. La interpretación se libera de la faja que cerraba el talle de la bella. Los títulos sugieren, no describen.
A la entrada de la exposición topé con la primera instalación, una imagen banal, de todos los días, de toda población pobre: unas bolsas de plástico esparcidas por aquí y allá. La contaminación del indigente, porque la del rico está hecha con cajas de cartón dorado, con bolsas de elegante factura, con frascos de formas inéditas. Cómo le hubiera gustado coleccionarlos a mi tía Teresa que no dejaba pasar lata de té sin guardarla.
La pieza del lado exhibía una sábana gigantesca impresa con una vieja foto mostrando oficiales y clases de un regimiento, tal vez antes de ir al frente en el Chaco. Todos con severos uniformes de corte alemán, pero que por una extraña razón recordaban la preocupación de la oficialidad que rodeaba al almirante Yamamoto en las vísperas de Pearl Harbor. El artista decidió poner un corazón de ñandutí en rojo vivo en la mayoría de los militares retratados, dejando alguno descorazonado y a todos los civiles. ¿Una manera de separar a los que tuvieron el coraje de marchar al combate de los que se quedaron en los servicios de retaguardia? ¿Qué lugar dar en la instalación y en la memoria a ese corazón bordado? Ningún visitante habrá pasado sin intentar descifrar el propósito del expositor. Quizá el esfuerzo no valía la pena. La estética y el sentido quedan del lado del observador. Adoro las heterotopías abiertas al infinito de las lecturas, sin las restricciones del libro grande ni de los geniogramas.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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