Hace algunos días, en la consagrada tertulia, comentábamos con unos amigos (también picados por la viruela de la política), cómo era posible que el gobierno del MAS estuviera atrapado en las actuales circunstancias. Y es que resulta verdaderamente difícil de comprender cómo se puede arrasar en una elección con el cincuenta y cuatro por ciento de los votos, con una legitimidad y un mandato de dimensiones históricas, y en un abrir y cerrar de ojos, hacerse empatar con una oposición que había sido declarada muerta y enterrada. No vamos a imaginar que el Gobierno tenía al frente al MNR de Paz Estenssoro; lo que tenía, no al frente, sino debajo del pulgar, era una oposición autista sin base ideológica, sin proyecto nacional, sin sustento social, sin liderazgos, y peor aún, manchada por los peores rostros del viejo sistema de partidos.
Pero en política los errores se pagan, y se pagan caros. Pese al gran instinto político del presidente Morales, bastaron un par de chambonadas para conducir al Gobierno a un entuerto que probablemente podía haberse evitado. El primer error fue haber negociado una fórmula de convocatoria a la Asamblea Constituyente a partir de la cual era prácticamente imposible que el MAS obtuviese dos tercios de los representantes. Mareados por la aplastante victoria de diciembre y/o apremiados por la necesidad de convocar a la Constituyente, cedieron a la oposición la posibilidad de obtener una representación por minoría, bastante desproporcionada. El resultado se vio claramente reflejado en el rostro del Presidente la noche misma de la votación.
Segundo error, estratégico y garrafal: oponerse a las autonomías. Gratuitamente, y a título de quién sabe qué, el Presidente en persona se enfrasca en una pulseta que inmediatamente reaviva el único y último caballito de batalla que le quedaba a las enclenques fuerzas regionales. En vez de apropiarse del tema autonómico, darle nuevos contenidos y dirección propia, el Presidente se enfrenta a un proceso irreversible, y de paso abre las puertas a una rápida rearticulación de fuerzas en torno a un tema elementalmente fácil de explotar. Dos errores bastaron para que, de allí en adelante, se instale nuevamente la figura del empate de fuerzas en los escenarios regional, constituyente, congresal, y mediático.
La camisa de once varas y veintidós espinas en la que se ha metido el Gobierno, les obliga a hacer un alto en el camino, respirar profundo, mirar a los costados y replantearse estratégicamente, pues nada de lo que está ocurriendo actualmente huele muy bien. Sin el control del Senado y con una Constituyente que saldrá adelante sólo si les da la gana, y cómo les dé la gana a los cívicos de Santa Cruz, más vale que dejen de pensar en cuatro periodos presidenciales, y encuentren la manera de hacer lo que se les mandó hacer, de otra manera.
A estas alturas ya no suena tan descabellado abrir las compuertas para que, de una vez por todas, occidente y oriente desarrollen sus propios modelos de desarrollo, amparados en una profunda autonomía o inclusive en un modelo federal. Si es que habíamos sido tan diferentes, que cada región asuma sus discursos, pero sobre todo sus responsabilidades. Dejémonos de amenazas y midámonos en el terreno de los resultados de nuestras distintas visiones de país. Si hoy no es posible acordar un camino único para todos, que sean el tiempo y los resultados los que nos muestren y nos permitan elegir la vía más idónea, en la construcción de nuestra inconclusa nacionalidad.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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