En Quito, fines de octubre, se congregan cientistas sociales de todas las latitudes. Son las Bodas de Oro de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, conocida en el ambiente intelectual como “la Flacso”, una institución que tiene sedes en varios países, y alguna vez funcionó en nuestro país de manera tan efectiva como efímera, allá por los años noventa. Como siempre, la culpa fue nuestra en tanto comunidad académica pero no vale la pena lamentarse, ahora que es tiempo de celebración. Y se celebra como corresponde, con la presencia de más de mil participantes en la capital de Ecuador, con más de trescientas mesas de discusión y sinfín de libros, videos, conferencias, encuentros y toda la parafernalia que acompaña este tipo de acontecimientos. Parafernalia adornada con neblina, ese humo frío y líquido que convierte sus tardes en noches y sus noches en silencio. Un silencio que no tapa, no oculta ni invisibiliza los aires de cambio que recorren el continente y que son evaluados desde diversas perspectivas y con múltiples voces.
El giro a la izquierda y los desafíos que plantea a la democracia la emergencia de nuevos liderazgos y de nuevas demandas, ocupa el centro del debate. ¿Es un retroceso o un avance para la democracia? ¿Los procesos conducidos por Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales tienen el sello del populismo y conducen a desenlaces autoritarios? ¿La participación se fortalece y la legitimidad se acrecienta recuperando el valor creativo de la política? ¿La inclusión y la redistribución permiten superar las taras del neoliberalismo y de una democracia meramente electoral? Estas son preguntas que recorren los espacios de debate. Y la atención en el caso boliviano es creciente, sea con estudios de caso o con miradas comparativas que nos ponen frente al espejo de Ecuador, o de Venezuela, y a veces de México. Y el énfasis se orienta a la actuación del movimiento indígena y campesino para intentar descifrar ese enigma —para cualquier mirada externa— que representa el MAS y líder, todavía favorecido por esas miradas “políticamente correctas” que lo conciben como el pasado que vuelve en busca del futuro perdido de las utopías.
Sirven esas reflexiones para obligarnos a pensar nuestras realidades levantando la vista del ombligo, despojándonos de esa manía endogenista que se traduce en una sobrevaloración de nuestra especificidad. Por cierto, un rasgo muy común a todas las sociedades y que solemos olvidar por pereza o por miopía. Por eso estos encuentros y diálogos intra e inter latinoamericanos resultan fructíferos para nuestra mentalidad “ucuruna” porque nos obligan a ver más allá o por lo menos conocer otras facetas para relativizar nuestros asertos.
Lo cierto es que existen nuevas perspectivas de análisis que permiten superar esas dicotomías que nos paralizan: como la dicotomía entre identidad e institucionalismo, en otras palabras, entre cultura y legalidad, entre lo simbólico y lo fáctico, entre subjetividad y objetividad. Dilemas de siempre, inacabados, permanentes, que impiden abordar los
fenómenos con pertinencia metodológica y que ahora están relativizados y permiten una lectura renovada y creativa. Así, despojados de prejuicios y sin el peso de los rótulos y las etiquetas podemos aportar a la comprensión de los procesos sociopolíticos, requisito para orientar los esfuerzos de concertación hacia soluciones que mitiguen la polarización y eviten la confrontación.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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