Por cielo, tierra y agua, la aventura marca el trayecto desde la ciudad de Santa Cruz hasta los puertos de Corumbá y Puerto Suárez.
Texto y fotos: Juan Carlos Rocha Chavarría
El viento sur ensaya sus últimos golpes del año en el oriente boliviano. El frío aún se siente. Llegó por última vez como quien vuelve sólo para recoger sus pertenencias. Y está presente en todo el recorrido entre la ciudad de Santa Cruz y la frontera este de Bolivia que termina en la laguna La Gaiba y el río Paraguay, para llegar a los puertos de Corumbá y Puerto Suárez.
La ruta exige combinar el transporte entre vuelos chárter, una carretera asfaltada recién estrenada, una senda apenas transitable entre bosques secos que arden por chaqueos e incendios, una laguna y finalmente la Hidrovía Paraguay-Paraná. Junto a los aires helados y el humo amurallando el cielo, una sensación de soledad por tanta naturaleza y escasa presencia humana acompaña al grupo en esta travesía que apenas comienza.
Las piedras de San José Desde que dejara de atender vuelos de las grandes aerolíneas comerciales, El Trompillo se ha convertido en el aeropuerto de pequeños aviones que viajan a los campos petroleros o hacen vuelos chárter hacia el interior del departamento. Desde allí, una nave con periodistas, autoridades departamentales y gobernadores de Chile y Paraguay, organizados en la Zona de Integración del Centro Oeste de América del Sur (Zicosur), parte a San José de Chiquitos.
Desde el aire, el humo sólo permite adivinar la sequía en la interminable planicie cruceña, hasta que un quiebre de la naturaleza, anunciado por turbulencias, abre un literal paréntesis en el llano, y unas pequeñas colinas discretamente elevadas en algún antiguo sacudón de la corteza terrestre aparecen para abrazar el pequeño poblado de San José de Chiquitos.
Aquí, la iglesia del pueblo no pudo hacerse con troncos de los grandes árboles que caracterizan a las otras construcciones misionales de la región, y utilizó la piedra, por la enorme cantidad de piedra laja y cal existentes en este pequeño descanso de la pradera.
A lo que San José no pudo resistirse es a conformar su propia orquesta con niños, niñas y violines, que como en toda la zona de la Chiquitania, leen e interpretan magistralmente partituras del tiempo de las misiones jesuíticas así como de los grandes maestros de la música clásica.
En San José de Chiquitos comienzan a contarse los 137 kilómetros de la carretera más moderna del país, que llega hasta Roboré. La alfombra asfáltica se ha tendido con elegancia y muchas ventajas frente al resto de las carreteras del país, porque se ha tomado en cuenta hasta los mínimos detalles de orientación y de prevención, con señalizadores sonoros que evitarán que un vehículo se salga de la ruta y se accidente cuando el cansancio del conductor llame al sueño.
La vía —financiada principalmente por la Corporación Andina de Fomento (CAF)— forma parte del corredor bioceánico central que compromete a Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Perú.
La expedición retoma desde Roboré la vía aérea en dirección noreste y sobrevuela gigantescos farallones verdes y valles elevados esperando convertirse en destinos turísticos que con seguridad serían muy apreciados en estos tiempos en que el nuevo turismo prefiere lo exótico en medio de la naturaleza. Desde el aire, otra vez la sequía se pinta ahora de ceniza como el escupitajo de un volcán sobre las copas de los árboles. Así, hasta llegar a Rincón del Tigre.
Los ayoreos patriotas Nadie sabe de dónde surgió el nombre. Los que se animan a plantear una explicación comentan que durante la década de los años 1970, un grupo de avanzada del Ejército boliviano perdió la vida en las garras de los tigres que viven en la zona. Hoy, el lugar está identificado más por la presencia de una Misión Evangélica que trabaja allí desde 1946 con el pueblo Ayoreo, de nómadas y cazadores. Unas 100 familias viven en una Tierra Comunitaria de Origen (TCO) de 98.000 hectáreas.
Los jóvenes ayoreos, que gracias a la Misión estudian desde el kinder hasta el bachillerato, lucen con orgullo su pertenencia a Bolivia, pese a vivir tan alejados del mundo, arrinconados, como el nombre del lugar que los acoge. Por eso, cuando llega el momento del Himno Nacional, los estudiantes lo cantan sin dubitaciones en las cuatro partes de la letra creada en 1845 por José Ignacio de Sanjinés.
Los visitantes los acompañan en la entonación de sólo la cuarta parte del largo camino del canto patriótico de Sanjinés y Vincenti. De allí en más, sus voces callan para dar paso al rubor.
El viaje continúa. Y después del Himno, el silencio culposo y la comida, es hora de abandonar esta comunidad donde la tierra es roja. Y continuará roja durante los 75 kilómetros de recorrido en una caravana de vehículos que estrenan una angosta vía abierta en las tres semanas previas al viaje.
Más que ruta, es un respiro polvoriento en medio de bosque seco, que arde permanentemente. El chaqueo y el viento hicieron eficazmente su trabajo destructor.
A través del infierno En pleno recorrido, un par de árboles no resisten más el peso del cuerpo sobre sus troncos consumidos por el fuego y caen sobre la ruta, en medio de la caravana.
La caída de los troncos suena como una queja de la naturaleza ante el fuego. Por momentos, las llamas escoltan al grupo. A medio camino, un pequeño mono huye de la quema del monte y salta al camino; una urina bebé —pariente cercana del venado— escapa de las llamas y encuentra el camino. Pero al ver los vehículos que se acercan se introduce nuevamente al monte y en su paso encuentra cenizas aún calientes por donde el incendio ha pasado pocos minutos antes que ella. Casi no tenía opción: entre el fuego y las cenizas, no hay dónde perderse.
El destino de esta ruta ardiente es otra vez en dirección noreste. De pronto, el bosque seco se extingue ante la vecindad del agua, que se anuncia inesperada en la orilla y, de allí en más, en todo el horizonte: es la laguna La Gaiba.
Imposible deshacerse en la memoria de la primera referencia que muchos bolivianos tienen de un lugar que no conocen, pero del que han escuchado tantas veces. Aún repercuten las historias de las piedras semipreciosas explotadas ilegalmente en la última dictadura militar de 1980. Y estando aquí, aún se evidencian grandes bolsones de piedras, como la mica y el cuarzo, extraídas en condiciones desconocidas de legalidad.
La laguna luce como un mar, se admira con placer e invita a quedarse en respetuoso silencio frente a ella. De sus aguas, quienes mejor aprovechan de sus pacús, pintados, dorados, cascudos y pirañas son los pescadores brasileños, quienes vienen casi todos los días, dicen en el lugar, y se llevan a veces toneladas de exitosa pesca. Ellos tienen veda detrás de la frontera, y acá, al Estado boliviano —si así se puede llamar— lo representan 10 humildes moradores sin patria y con olvido que hablan más portugués que español.
En territorio de pirañas Muy cerca de allí, la laguna se cruza con la frontera y con las aguas del río Paraguay, en territorio brasileño. Hasta ese lugar, el grupo de viajeros se desliza en veloces como delgadas lanchas pasada la medianoche, guiados por apenas la escasa luz de la Luna. La sola idea de que los deslizadores surcan los dominios de las pirañas mantiene contenida la respiración durante las más de dos horas de navegación hasta encontrar el barco que espera aguas abajo del río Paraguay.
Las aguas del Paraguay corren hacia el sur. Por tramos marca la frontera internacional y, en su mayor parte, se mueve por territorio de Brasil. Desde el barco que transporta al grupo, se observa desde el amanecer a los lagartos que salen a las orillas para tomar sol. Se los encuentra solitarios, pero por decenas en el recorrido que al caer la noche termina en la ciudad brasileña de Corumbá y las bolivianas Puerto Suárez y Puerto Quijarro.
El largo viaje de dos días forma parte del Circuito Turístico Los Lagos y la inauguración de la carretera Transpantanal, proyectos en los que están empeñados Bolivia y Brasil. Junto al mayor comercio que moverán estas rutas, también se busca motivar el turismo en tierras bolivianas.
Tradicionalmente el mundo ha puesto su interés turístico en la extensa zona del Pantanal del Mato Grosso occidental de Brasil, y no así en la porción boliviana de humedales y bosques de igual o quizá mayor importancia biológica que la brasileña, por los extensos bosques secos no intervenidos.
Pero por hoy, desconocido, inaccesible, sin las vías necesarias para el transporte ni infraestructura hotelera o turística, el Pantanal boliviano simplemente espera.