El Cementerio alberga a diversos seres que encontraron en el camposanto refugio y sustento. Estas son sus historias.
Texto: Liliana Carrillo V. Fotos: Miguel Carrasco
Durante 25 años, el trabajo de doña Agustina Apaza viuda de Gómez no tuvo sobresaltos. Escaleras que alquilar, latas de agua que llenar y oraciones que encomendar armaban su rutina cada día; pero todo cambió el 17 de agosto de 1986, con la llegada de un nuevo huésped a sus santos dominios.
“A don Jaime, me gusta hablarle”, cuenta mientras pelea con una manguera en el intento de regar la jardinera que separa los cuarteles 76 y 77 del Cementerio General de La Paz. Acaba de poner flores a la tumba de Jaime Saenz, a quien conoció hace 21 años, en el funeral del propio poeta paceño. “Ahora lo cuido”, asegura la mujer cuya edad se perdió en los años 30 junto con su certificado de nacimiento.
Hace 46 años, Agustina Apaza instaló su alquiler de escaleras en el sector “del pino” —al norte del camposanto, donde está el árbol más viejo escoltado por 10 cuarteles— y allí sigue. “Antes venía más gente, ahora son ingratos, se olvidan de sus muertitos”, dice.
Ha visto miles de entierros y conoce a todos los difuntos de su sector —“Aquí está Gilberto Rojas, músico era”, ejemplifica—, pero el poeta es su preferido. “Le visitaban hartos jóvenes, señoras; ahora él los debe extrañar”. Por eso doña Agustina charla, largo y tendido, con la tumba de Saenz. Le cuenta que le duele la espalda, que las escaleras están cada vez más pesadas, que sus cuatro hijos se fueron... Ambos están en casa.
Silvio con guitarra Dolidos, los sones de “A tus pies madre” sacan lágrimas a un grupo de dolientes frente a un nicho. Guitarra en mano, Silvio Rodríguez Chávez se esmera en la plegaria musical. “El canto es doble oración”, opina el artista autodidacta que hace 17 años recorre el camposanto compartiendo lo que él llama “su don y su misión”.
“El precio es la voluntad de los familiares; unos pagan 20, otros cinco bolivianos; igual yo canto y doy una prédica sobre el reino del Padre en la muerte”, explica el músico de 41 años que un día quiso brillar en los escenarios, pero dejó el sueño para “difundir la Palabra”.
Boleros de caballería, canciones de alabanza y, eventualmente, rancheras son los más solicitados a los seis “músicos rezadores” que, en Todos Santos, llegan al medio centenar. “Vienen grupos enteros”, cuenta el intérprete desde “su” banca a la entrada del campo.
Con todo y su larga experiencia, Silvio Rodríguez aún se conmueve ante la muerte: “A veces me pongo en el lugar de los dolientes, lagrimeo. Yo también he perdido a mi mamá, a mi papá”, confiesa.
La guardiana del Compadre Las visitas semanales se hicieron diarias y, en dos años, Gladys Centeno Gálvez se había convertido en guardiana de la tumba de Carlos Palenque. “Siempre me dio paz visitar al Compadre; ahora no puedo vivir sin esa paz”, asegura la mujer de 53 años, que dejó de ser gremialista para dedicarse a mantener flamante el sepulcro.
Hace ocho meses, en el camposanto, Centeno sufrió una caída que le rompió la cadera. Ello no ha impedido que asista diariamente. “Necesito dinero para operarme, espero que me ayuden; pero mientras tanto sigo viniendo”, relata.
Sola y con muletas, la mujer también “cuida” el nicho del padre Luis Espinal. Mientras espera un milagro, sólo tiene un consuelo: “Esta paz me alimenta”.
Sacando brillo Su amigo, “el Wilmer”, le enseñó los secretos de “sacar brillo”. Entonces Moisés Castro Mamani tenía nueve años y “necesitaba platita”; ahora tiene 12 y se autocalifica como “capo en su oficio”.
Con cinco bolivianos la lustrada al marco de los nichos, a veces reúne hasta 45. Después del laburo va al colegio, cursa séptimo grado en el colegio nocturno Franz Tamayo.
Viviendo entre difuntos ha adquirido una certeza: “Cuando me muera, yo me voy a ir al cielo, pero mi cuerpo se va a quedar en el cementerio, así que ya estoy haciendo amigos aquí”, dice divertido. Eso sí, “ojalá que mi tumba esté siempre brillando de lustradita”.