En 1814 esta población fue el cuartel de la guerrilla de Ildefonso de las Muñecas. Sus habitantes dicen que allí nació un presidente del Perú.
Texto: Javier Badani Ruiz • Fotos: David Guzmán
Una cumbre se realiza en el local de Marta Riveros. Invadidos por los aromas del ahogado y del aceite frito, los triunfantes rostros de Evo Morales, Max Fernández y Gonzalo Sánchez de Lozada dialogan en las paredes con exuberantes féminas que habitan almanaques ya pasados. Esta peculiar forma de empapelado busca esconder las enmohecidas estructuras de esta casona construida a comienzos del siglo XX, y se puede encontrar, además, en la mayoría de las maltrechas viviendas republicanas que se alzan en la Villa de San Lorenzo de Ayata.
Habitada en gran parte por rentistas, al andar por las venas de tierra de esta población paceña es inevitable el respirar el olor de la leña calentando los hornos de barro y revivir en sus cerros verduzcos los hechos históricos que marcaron las luchas independentistas del Alto Perú durante el siglo XIX.
Un cura toma las armas Hoy, 18 de octubre, visitantes citadinos, indígenas mollo y autoridades departamentales han llegado hasta Ayata —a 305 kilómetros de la ciudad de La Paz— para celebrar los 181 años de creación de la provincia Muñecas. Para Aníbal Burgoa es inusual ver tanto movimiento en su terruño. El profesor no deja de compararlo con el ajetreo que se vivió aquí a partir de 1814, cuando el presbítero tucumano Ildefonso Escolástico de las Muñecas instaló por estas tierras el comando general de sus operaciones guerrilleras contra las fuerzas realistas.
Nacía entonces el Batallón Sagrado y la Republiqueta de Larecaja, espacio autoproclamado libre del yugo español y que abarcó las regiones de los Yungas, Apolobamba y Desaguadero. El contingente militar estaba conformado por 200 hombres regularmente armados, 1.000 indígenas auxiliares, entre quechuas y aymaras, y dos piezas de artillería. El objetivo de los insurrectos era la toma de La Paz.
“Tras varias victorias, en 1816, las fuerzas del sacerdote fueron diezmadas, Ayata recuperada por los españoles y el cura capturado por culpa de los ladridos de su perro, que delataron su escondite dentro de una gruta”, dice Burgoa.
Después de una semana, durante su traslado a Cuzco, el religioso fue ajusticiado por sus captores y 10 años después —una vez fundada la República— su nombre engalanó una de las primeras provincias de Bolivia. Como un premio al apoyo de sus habitantes, Ayata fue declarada entonces capital de la provincia Muñecas.
Sembradíos de papa, oca y maíz cubren las ruinas del que fuera el primer asentamiento de la población. En 1863, un terremoto destruyó las históricas estructuras que anidaron el sueño libertario.
Conocida ahora como Manca Llajta (pueblo viejo), en esa área se aprecian algunos vestigios de la arquitectura de adobe característico de aquella época. “Sólo se salvó este madero”, asegura Lino Larrea, mientras acaricia una cruz de gran tamaño tallada en un tronco de chima que anida polvorienta en la iglesia de la nueva población, refundada en 1893 y que ahora es habitada por tan sólo 23 familias.
Ecónomo del pueblo, Larrea lleva casi una década expidiendo los certificados de bautizo, matrimonio y defunción de los ayateños. Pero entre todas sus funciones, este hombre de 75 años destaca el resguardo de un baúl cuyos documentos —que se remontan hasta 1700— fueron mandados a destruir por un presidente del Perú, según asegura la tradición oral.
“En una de nuestras comunidades, Huairapata, nació José Rufino Echenique Benavente. Este personaje pasó sus primeros años en Ayata y luego se fue hasta Perú a estudiar. Allí se destacó en la lucha contra los españoles y desde 1851 y hasta 1855 fue presidente de ese país vecino. Sin embargo, antes de fungir en ese cargo, Echenique mandó a un grupo de emisarios hasta aquí (Ayata) con el objetivo de destruir su acta de nacimiento, porque si los peruanos descubrían que él era boliviano no lo hubieran dejado ser presidente”, asegura Flavio Iturri, director del colegio Nemesio Aliaga Benavente.
Según narran los ayateños, los enviados de Echenique lograron su propósito, lo que explicaría el rastro de hojas arrancadas que actualmente se evidencia en los archivos de la iglesia del pueblo. La historia oficial, sin embargo, señala que Echenique nació en la población de Puno en el año 1808.
Con todo, en Ayata aún se mantienen en pie algunas viviendas que se asegura pertenecieron a la familia Benavente, la mayoría de ellas están en estado de abandono.
“Ayata ha sido cuna de grandes hombres, como Elizardo Pérez Gutiérrez, fundador de la primera normal rural de Bolivia en Warisata. En Sorata dicen que nació allí, pero aquí está su acta de bautizo: nació en Sorata en 1892”, manifiesta el profesor Aníbal Burgoa, quien se queja por la falta de apoyo estatal a esta región paceña.
“Hasta ahora no tenemos alcantarillado y los caminos de acceso dejan mucho que desear. En tiempo de lluvias estamos aislados del mundo”, expresa, y sus palabras toman carne al recorrer las tres vías de tierra que conectan a este municipio con la ciudad de La Paz, distante siete horas en bus.
La fiesta del techado Muy poco queda de las casas de adobe y techo de paja tradicionales de Ayata. Años después de que el movimiento telúrico de 1863 castigara estas tierras, un incendio se ensañó con el nuevo asentamiento, destruyendo la mitad de la infraestructura del pueblo. El voraz siniestro provocó el traslado “temporal” de la capitalidad de la provincia Muñecas hasta Chuma, localidad vecina que en la actualidad mantiene ese estatus político.
El golpe final a Ayata llegó en los años 50, cuando se lanzó la Reforma Agraria. Entonces los grandes hacendados y sus familias abandonaron para siempre el municipio.
Ahora, la mayoría de las viviendas de esta población están retechadas con calaminas y las paredes de barro han dado paso a los modernos revoques de estuco. Mientras tanto, las maltrechas casonas republicanas y sus coquetos balcones están siendo sustituidos por moles de ladrillo y cemento.
“Antes se armaba toda una fiesta cuando se construía una nueva casa. Por ejemplo, para el techado todos los vecinos participábamos. Las mujeres preparábamos la paja y los hombres procedían después a techar la vivienda. Al final, se celebraba con platos típicos, como la conejada, y con chicha, que eran preparados por los dueños de la casa”, recuerda Luisa Iturri.
Esta mujer mantiene la elaboración de sus alimentos en su tradicional horno de barro. “Con la cocina a gas el sabor de la comida es distinta”, asegura, mientras acomoda en la mesa los últimos trozos de pan de maíz cocidos a leña.
Y claro, con tanta visita llegada desde las comunidades para celebrar la creación de la provincia Muñecas, hoy el preciado alimento parece esfumarse de sus manos.
Entretanto, en la Plaza de Armas, los campesinos e indígenas de origen mollo celebran la gesta libertaria de sus antepasados con danzas típicas, como la wiphalita o la kambraya. Acompañado por una especie de campana aplanada construida de metal, este baile es también interpretado por los estudiantes del colegio de Ayata, que cuenta en la actualidad con 261 estudiantes. De todos ellos, el 90 por ciento pertenece a las 32 comunidades de este municipio.
Desde uno de los balcones que adornan la plaza sobresale la figura de José Zeballos Medrano. Ataviado con un sombrero Stetson de los años 40, el anciano es el solitario habitante de la casona que perteneció a su abuelo y que atesora antigüedades como muebles y petacas de inicios del siglo XX.
En la década de los 50, mientras los hacendados abandonaban Ayata, Zeballos volvía sus pasos decidido a terminar sus días en su terruño. “Bienvenido a mi paraíso, Ayata”, espeta, mientras sus temblorosas manos acomodan un poster pasado del club The Strongest sobre las manchas de moho que han nacido en las desgastadas paredes republicanas.
EL MENÚ
El maíz amarillo y el oscuro son los elementos infaltables en el menú ayateño. Con ellos se elabora pan, lagua, api, huminta y chicha, entre otros. Además, el maíz amarillo es el complemento para todas las comida a través del mote. El plato típico, sin embargo, es el chairo de caya, ingrediente este último que se obtiene después de dejar reposando la oca por un mes para luego secarlo al sol por una semana. La sopa de papaliza y de trigo (foto) y la conejada —que se está perdiendo— conforman la oferta culinaria de la cocina ayateña. El haba, el trigo y la cebada conforman, además, la producción del área.