Niños y adolescentes excluidos por la sociedad canalizan sus capacidades alternativas a través de la pantomima con la agrupación Amuki. Esta iniciativa, que comenzó hace 10 años, se consolida en La Paz y apunta a crecer en Santa Cruz, Sucre y El Alto.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Nicolás Quinteros
Los espejos en sus pechos brillan, las castañuelas en las muñecas suenan sutiles, los ponchos guindos parecen volar. El “Saludo al sol” acaba de comenzar en el Montículo de Sopocachi, de La Paz.
Éste es el escenario que eligieron 18 niños y jóvenes de Amuki, “silencio” en aymara, la primera Compañía de Pantomima Boliviana de la Fundación Inclusión en el Mundo (FIEM), que busca la inclusión social de personas con capacidades alternativas cognitivas (síndrome de Down y retardo mental), auditivas, motrices, niños de la calle y otros menores que sufren violencia en sus hogares.
“Es un renacimiento y una puerta abierta a la vida, gracias al arte. El silencio como un arma, una fuerza nueva, un lenguaje de amor”, está escrito en uno de los boletines sobre la filosofía de la entidad que pretende producir inclusión social en todos los ámbitos del desarrollo humano.
Aquí, 50 adolescentes y niños, de ocho a 18 años, participan de un concepto escénico revolucionario que intenta transmitir un mensaje más allá de las fronteras del lenguaje. Además, otras áreas, como la deportiva, permite crear otros espacios de inclusión social.
“Tomaba y me drogaba, por eso me excluían. Ahora mi mundo cambió. Me gusta la actuación, los deportes y los talleres. Debemos aprender a no discriminar a las personas”, sostiene Melissa Villca, de 18 años y que lleva medio año en el programa donde ahora se siente “muy contenta de mostrar que puedo hacer cosas diferentes, que mi vida puede tener sentido; por eso tal vez en el futuro me gustaría ser artista”. A sus 13 años, ella huyó de su casa porque no se sentía comprendida y porque allí fue víctima de la violencia. Como Melissa, otros 49 niños y jóvenes quieren reinsertarse en la sociedad.
10 años ayudando con arte La iniciativa de buscar estos espacios comienza hace 10 años cuando surge el programa Ecosolidar, que a partir de este año toma el nombre de FIEM. “Empezamos con música, baile, pintura, coro y deportes, pues sentimos que no había una apertura a ellos y el arte se tornaba excluyente”, refiere Judith Choque, directora pedagógica.
La técnica de la pantomima fue incluida este año tras las experiencias con el mimo francés Philippe Bizot, que trabajó en Santa Cruz y La Paz. Este arte escénico, con el grupo Amuki, es ahora una de las puntas de lanza del programa.
Consultores como Wilge Arandia, sumado al trabajo de Choque, han llegado a conformar un grupo teatral que se prepara todos los sábados en el salón de ensayos de FIEM en Sopocachi. Ahí surgen indicaciones como “hay que vencer al cuerpo”, “concentración y respiración“, “de puntillas y rebotando”, de parte de Arandia, quien exhorta a sus alumnos: “Busquen siempre el punto de equilibrio”.
Descalzos, actores y actrices caminan uno tras otro en el escenario y de pronto se detienen como paralizados por un encanto. Es el instante en el que Arandia corrige los movimientos. Los chicos no sólo hacen pantomima, también practican voleibol los lunes por la noche, y natación durante una hora, de 18.00 a 19.00, en la piscina del Círculo de Oficiales del Ejército (COE). El equipo competirá en los torneos de la Asociación de Natación de La Paz en noviembre.
“Gabriela nada muy bien y ahora ya se está entrenando para el campeonato de natación”, dice optimista Elba Beltrán, madre de Gabriela, de 14 años, que tiene una capacidad cognitiva alternativa y que agradece al programa por la ayuda que recibe desde hace cuatro años. Gabriela practica además deportes ecuestres y hace dos años trajo para el programa dos títulos en el adiestramiento hípico.
Otros, como Marcelo Condori, de 13 años, era discriminado en su escuela, no pasaba Educación Física y era relegado por sus amigos. Ahora aquello empieza a cambiar.
“Comenzó a hablar y a comunicarse. Ya juega voley, practica natación, ya pasa Educación Física y va solo al bus; antes, yo tenía que acompañarle a todo lugar”, señala agradecida su madre Marina.
Los niños y jóvenes reciben además apoyo pedagógico en sus estudios durante todas las tardes. Los becarios que provienen de diferentes estratos sociales son elegidos mediante los Productores de Inclusión Social. “La exclusión se da todos los niveles, no sólo en las clases pobres”, sintetiza Choque.
Saludo al sol desde Sopocachi Con los brazos extendidos, dos grupos de 18 niños y jóvenes en dos filas de nueve avanzan 50 metros hacia la portada del Montículo. Los mimos lucen máscaras en lugar de rostros pintados. El silencio es el invitado de honor.
La danza dura 15 minutos y concluye en un emotivo abrazo que arranca aplausos del público.
La puesta en escena del Saludo al Sol fue estrenada el 21 de junio en Tiwanaku en el Retorno del Sol.
“Hace dos años que estoy aquí y me siento bien. El teatro de mimo es bueno. Hay que concentrarse bien para el Saludo al Sol”, precisa César Conde, de 18 años, que tiene una capacidad alternativa cognitiva. César fue abandonado de niño por sus padres, criado por su abuelo y excluido por la sociedad.
La jornada artística culmina con la representación de la cueca paceña, donde el ritmo envuelve a los danzarines. Las parejas muestran relucientes mantas de chola y la actuación finaliza con una venia. Finalmente, un abrazo grupal y el aplauso de la casual concurrencia premia a los artistas.
“Al hacer pantomima, me gusta moverme... hacer teatro. Ahora sé actuar, ejercitar, participar... guardo silencio”, refiere la sonrisa de Estéfano Miranda, de 16 años, con una capacidad alternativa motriz. Esa sonrisa se multiplica en Santa Cruz y apunta a Sucre y El Alto. El nuevo reto: la capacitación de Productores de Inclusión Social para ayudar a más niños y jóvenes.