A Marcelina su madre le puso el apodo de ‘escuelera’ porque de chica ella quería estudiar. Sólo pudo hacerlo hasta tercero de primaria porque para hacer sus tareas consumía demasiado tiempo de la vela, porque tenía que ayudar en las labores del campo, en fin, porque en casa no había dinero.
Desde entonces, Marcelina se dedicó a recoger papeles que los niños y niñas, que sí continuaban en la escuela, dejaban tirados por ahí. Ella escribía en la parte de atrás y los guardaba. Así se registraron los cambios climáticos: la llegada del granizo, de las lluvias, las sequías, los excesos de agua. En esos pequeños espacios de papel quedaban grabadas las enseñanzas de los mayores. “La sequía no va a durar para siempre. Por eso guardamos el trigo hasta cinco años, porque en ese tiempo volverá la buena cosecha”, le decía su mamá.
También se registraron las resoluciones de la comunidad, la elección de los candidatos, las movilizaciones y los acuerdos alcanzados. De esta manera, Marcelina se convirtió en periodista aun sin saberlo. Luego estudió para comunicadora popular y se capacitó en video.
Hace un mes estuve con ella en un festival de cine y video indígena en Chile donde presentó el trabajo que dirigió con el videasta chiquitano Nicolás Ípamo. Rebeldías y esperanzas se llama el film sobre el feliz encuentro entre dos mujeres originarias de Santa Cruz y de Potosí.
Marcelina y su video se convirtieron en el centro de la discusión de un público muy interesado en el punto de vista indígena.
El pasado lunes me volví a encontrar con ella. Esta vez fue en Sucre y Marcelina ayudó a que pudiéramos sacar mi programa “Con Sentido”. Vive en la ciudad blanca (bueno que alguna vez fue del todo blanca) porque desde ahí produce “Bolivia Constituyente”.
Pude hablar con ella, escuchar sus quejas sobre el racismo y las lamentables peleas que han devenido del tema de la capitalidad.
Pero en medio de todo, sentí una enorme alegría. La de saber que la historia de Bolivia está registrando varias miradas y esto es muy positivo. No podemos reflejar la realidad pero sí puntos de vista sobre ella y un mismo fenómeno merece más de una interpretación. Lo vemos en el fútbol y lo vemos en la política. Nuestras charlas con amigos, en el trabajo, con la familia, están cargadas de diferentes interpretaciones de un mismo fenómeno. Incluso hay días en que nosotros mismos nos levantamos optimistas y vemos el sol brillar, aunque éste sea tímido y a veces nos parece que ha oscurecido cuando todavía está presente el astro rey.
Al volver de la capital terminé de leer el trabajo de Ricardo Sanjinés sobre los 25 años de democracia ininterrumpida que vivimos. Lo suyo es una historia subjetiva (como lo son todas las historias) cargada de la ideología de alguien que piensa que el futuro de Bolivia está en la derecha liberal. Y me pareció muy bien que La Razón publicara este punto de vista, aunque no comparta la particular lectura de muchos pasajes.
Ahora le toca a Marcelina, mi amiga escuelera, y a los suyos, escribir también cómo sintieron este proceso. Será sin duda el reverso de la trama. Finalmente, la política y la vida son percepciones. Y la democracia, poder juntar todas ellas, no sólo tolerarlas sino permitirles expandirse y difundirse.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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